Reseña literaria. “La arboleda perdida”, de Rafael Alberti

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SUENA CURSI PERO LO VOY A DECIR: La Arboleda Perdida de Rafael Alberti es un libro muy bonito. Cargado de lirismo, emoción, el poeta Alberti nos va autobiografiando su vida desde la infancia en un colegio jesuita del Puerto de Santa María hasta la proclamación de la República y el olor a sangre.

Rafael, desde chico fue un niño que iba a su aire, que escapaba de clase para recostarse sobre las dunas gaditanas y mirar el mar, un niño que prefería pasear a estudiar. Nos cuenta el poeta así su periplo en varios centros religiosos, aprendiendo poco desde el punto de vista académico y centrándose cada vez más en la calle, en lo que pasaba por ahí. Alberti nos habla sobre su familia de aire burgués y vitivinícola venida a menos. Su padre siempre andaba fuera, por el norte, vendiendo vino. Quedaba su madre en casa, resignada, buena. Mientras tanto, dominaba en el Puerto, y en toda la región un desatado fervor religioso que llegaba hasta el último rincón de cada casa. Alberti nos revela también como Jerez y los pueblos colindantes se va poblando paulatinamente de familias de origen inglés y francés que con el tiempo se convertirían en millonarios productores de vino.

De chico, al poeta le interesaba sobre todo la pintura, que descubre por medio de su tía Lola. Al desplazarse la familia a Madrid, aprovecha Alberti para acudir a diario al Casón del Buen Retiro donde pinta durante todo el día. Allí hace sus primeras amistades madrileñas, sus primeros contactos artísticos. Durante un tiempo considerable, Rafael siguió empeñado en ser pintor, pero poco a poco, gracias a la amistad con Gil Cala y Celestino Espinosa entra en contacto con la poesía y ésta se le va metiendo por las entrañas, como esos venenos.

Comienza así Alberti a escribir casi sin darse cuenta, hasta encontrarse de pronto metido totalmente de lleno en el mundo de la poesía y con un sorprendente libro bajo el brazo: Marinero en Tierra. Animado por Claudio de la Torre se presenta al Premio Nacional de Literatura y gana.

Su vida cambia. Descartados ya los fútiles estudios, se dedica por entero a la poesía. Empieza también a entrar en contacto con las élites literarias, con los talentos. Es así como conoce a Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Eugenio D’ors, Gerardo Diego, Altolaguirre, Dámaso Alonso, Bergamín y claro, Federico García Lorca, con el que congenió desde el primer momento, recibiendo por parte del poeta granadino el reconocimiento de “mi primo”.

Se pasa mucho Rafael por la Residencia de Estudiantes donde también conoce a Buñuel, Dalí y otros virtuosos. Allí aprende, se divierte, nocturna por Toledo… El poeta no para de escribir mientras su vida se va convirtiendo en un torrente de acontecimientos. Llegan nuevas publicaciones, inmersiones en otros géneros, se refuerza el contacto con los poetas coetáneos. Así que lo que tenía que llegar, llegó. En honor a Góngora, se celebra un encuentro de poetas para conmemorar el tercer centenario del nacimiento del escritor andaluz. La participación es masiva (con notables declinaciones también) y el acontecimiento se convierte en histórico por casualidad. Corría el año 1927 y nace la Generación del 27.

Alberti irá conociendo a nuevos poetas como Neruda, nuevos escritores, pensadores como Unamuno y más mundo. Asistirá también al ataque de celos y lanzamiento de cizaña del mundo literario, capitaneado por Juan Ramón Jiménez: maniático, solitario, enfrentado al mundo desde su azotea madrileña.

Alberti, ya plenamente convencido de haber nacido para la poesía pasa también por momentos difíciles, crisis de identidad, que lo llevan a refugiarse en Tudanca en casa de José María de Cossío. Allí va recuperando el brío y se inspira en las cuevas cantábricas para germinar una de sus obras más celebradas: Sobre los Ángeles. De vuelta en Madrid, conoce al amor de su vida, María Teresa León. Con ella tendrá a su única hija, Aitana.

Pero el ambiente político se va enrareciendo. En España ya suenan las campanas de la segunda República. La dictadura de Primo de Rivera empieza a ser aguas, los intelectuales se rebelan, se caldea el ambiente. Alberti, totalmente involucrado en los aconteceres políticos, empieza a escribir su obra poética – política, también denominada por los críticos como poesía social, su teatro contestatario: se convierte en un poeta del pueblo. Y es que el escritor del Puerto se alza no sólo contra la dictadura de Primo de Rivera y Berenguer, sino que no duda también en atacar a la oligarquía literaria e intelectual de la época comandada por Benavente, Arniches, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán y otros próceres. Histórica es ya la charla incendiaria de Alberti en el Liceo de señoras, donde acompañado por una paloma y un galápago arremete un buen día contra todos los jerarcas literatos y eruditos, con gran escándalo posterior.

El ambiente sigue tenso y el poeta tendrá que exiliarse en un momento dado a Francia, Argentina… Precisamente aquí, en los albores de la Segunda República, finaliza la autobiografía de Alberti, que por otro lado no fue concluida hasta 1959.

La Arboleda Perdida es toda una obra de precisión. Más constatable si cabe, si tenemos en consideración las palabras de Isaac Bashevis Singer quien dijo una vez: “La verdadera historia de la vida de una persona no puede escribirse nunca. Va más allá del poder de la literatura. El relato completo de cualquier vida sería absolutamente aburrido a la vez que absolutamente increíble”.

Y es que cuando se escribe una biografía o autobiografía, resulta necesario proveerse de unas buenas tijeras y recortar la vida de uno, y seleccionar los aspectos relevantes. Alberti, selecciona, fija y acierta bajo una estructura flexible y eufónica. Las palabras adoptan una musicalidad y un lirismo constante, llevando a cabo a su vez una función lumínica y un canto a la aurora.

El vasto armazón del poeta gaditano lo provee además de innumerables recursos imaginativos, melódicos a la hora de componer sus frases. Por ello también, hay que decirlo, lo llevaban a veces por el camino del sobre ritmo, del poemismo, una senda que el escritor del Puerto logra esquivar casi siempre con habilidad y tacto para volver a embarcarse en la vereda de la prosa donde recoge el rasgo poético exacto, refirmando la hegemonía prosística.

Con todo, las posibilidades que Alberti infiere a las palabras, las disfrutamos también en varios poemas puros que el autor introduce en el libro: sustancia repleta de imágenes, azules constantes de la bahía de Cádiz, del Puerto de Santa María y más luces y oscuridades…

Creo que también influye en el éxito de esta autobiografía la historia que se cuenta. Alberti tuvo una vida intensa, muy interesante, repleta de situaciones diversas y de personajes de lo más variopintos. Todo ello, va componiendo unas memorias tiernas, plagada de anécdotas, cotilleos, belicismo… que van dotando al libro de un retal cargado de acción, intriga y una generosidad encomiable que atrapa al lector desde el primer momento. También ¡muy importante! Se nota que Alberti escribía estas memorias cuando le apetecía. Cuando la Arboleda quería enredarlo. La Arboleda tenía su ritmo, sus momentos. Alberti los respetó y le salió esta obra de arte.

Salud, maestro.

El autor
Carlos Battaglini

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