La Cuba que mata. El caso 8A

SILVIO RODRÍGUEZ ESTABA JODIDO “POR LO DE OCHOA”, DICE SABINA en Sabina en carne viva, yo también sé jugarme la vida, la biografía escrita por Javier Menéndez Flores, donde se entrevista al cantautor andaluz. Recordé entonces “lo de Ochoa”. Sí, sabía más o menos lo que había pasado allá por el año 89 en Cuba. El general Arnaldo Ochoa había sido juzgado y fusilado, acusado de traición a la patria y demás cargos peculiares.

Ayer, mientras imprimía un tocho de papeles vomitivos, busqué el juicio en Youtube. Allí estaba dividido en diez trocitos que fui visionando mientras salían papeles de la EPSON a toda velocidad. En una sala repleta de militares, con ambiente de encerrona stalinista, se sentaban varios tipos con caras miedosas, rostros cansados, despeinados, miradas vacías y oscuras. ¿Los delitos? Por lo visto, detrás de estos cuerpos se escondía una red que se estaba beneficiando del narcotráfico y el trapicheo de drogas.

En aquella sala todo era desagradable, antipático, cruel. Desde las castrenses voces de los jueces que mandaban levantarse a los acusados, hasta un fiscal fascista de nombre Juan Escalona Reguera, con la lección bien aprendida e interpretando su papel a la perfección: ametrallando a preguntas y “evidencias” para justificar un fusilamiento que ante todo, digámoslo ya, buscaba la eliminación de Arnaldo Ochoa.

Arnaldo Ochoa, quién tramaba en la sombra el derrocamiento de Fidel y la instauración de un nuevo sistema político en Cuba. Ese era el quid y nada más. El resto era todo básicamente florituras, propaganda, adornos y una emboscada a lo Stalin. Sólo que esta vez no se juzgaba a Bujarin o a Zinoviev, sino a Ochoa, Martínez… y por supuesto no se admitía que un general se hiciese con el poder de la misma manera con la que Fidel se había hecho con los mandos de Cuba en 1959: con las armas.

Mientras tanto, por supuesto, el diario oficial Granma hacía su trabajo: rellenar hojas y hojas de “pruebas” y acusaciones. Todo estaba preparado. Aquello ya se sabía como iba a acabar. Como en los juicios de la Alemania nazi.

Ochoa no era un santo, eso casi seguro, pero matarlo. Matarlo. Buf. La impresora seguía sacando papeles. Los acusados iban desfilando mientras recibían no sólo el acoso del fascista fiscal Escalona Reguera, que se dedicaba a dar lecciones “revolucionarias”, seguidas de acusaciones, insultos, girando a la vez la conversación a los terrenos que le interesaban al régimen; no dejaba hablar, se burlaba de los acusados… Y detrás, repleto de militares asustadizos y bien aleccionados siguiendo la pantomima. Poniéndose serios cuando había que ponerse serios, riéndose cuando había que reírse. Nacer para esto.

Una vez más comprobé la intolerante base de los argumentos “revolucionarios” fidelistas. La tergiversación más cainita. De nuevo, lo diré rápidamente, se justifica todo en nombre de la revolución. La revolución es la única verdad. El único mundo o sistema posible es la revolución del 59. Pero no sólo todo el mundo tiene que ser revolucionario “a la fuerza”, obligatoriamente, (no se admiten alternativas) sino que además, los únicos legitimados para interpretar este movimiento son Fidel, Raúl y sus secuaces, que leen la Revolución o ley cubana a su antojo, según sus intereses particulares. Letal. Mortal. Vergüenza. Anticomunismo.

Y no hay más. O estás con el comandante o estás muerto. Y pare usted de contar. Y olvídese de Lenin, Marx, libertad, ¿libertad para qué? Los acusados seguían desfilando, seguían siendo bombardeados por el fascista fiscal Escalona Reguera, declarando en medio de balbuceos, lloros, arrepentimientos, acusaciones a sus propios compañeros.

Es tan inmenso el lavado de coco que hay en Cuba, es tan grande el miedo que tienen los que opinan un poquito diferente del comandante que incluso en el juicio, ellos mismos, los acusados afirmaban ¡qué merecían la muerte! Decían que su comportamiento había sido lamentable, que merecían un castigo ejemplar. A aquellos hombres se les había robado el alma. No eran hombres, tan solo sombras, ojos, pelos, nada más.

Incluso Ochoa, al principio manifestó que todo lo que se había dicho contra él era cierto. Que él mismo había perdido el norte. Quizás con esa actitud pretendía salvar la vida. Cuando se dio cuenta de que lo iban a borrar del mapa dijese lo que dijese, se sumergió en una especie de actitud pasota, irónica, algo así como el extranjero de Camus.

Fue la única vez que el fascista fiscal Escalona Reguera tembló. Cuando Arnaldo Ochoa salió a la palestra y declaró. Fue la única vez en todo el juicio que se habló de Fidel como uno más, sin medias tintas. La única vez que se decían las cosas, “los jóvenes contra los viejos”, “las purgas de Fidel”… desglosaba Ochoa. El fascista fiscal Escalona Reguera había perdido carrerilla, fuelle. Más de una vez no acertó a encontrar las palabras, la munición, mientras Arnaldo Ochoa, estirado, lo miraba detrás de sus gafas gruesas mezclando una expresión de arrogancia y desprecio. No tenía miedo. Era el único que no tenía miedo en aquella sala. Y eso da miedo.

Luego, el fiscal se volvió a llenar de “valor”, de “valentía” y comenzó a acribillar a Ochoa, al que por supuesto apenas dejó pronunciar palabra tras haberlo metido en una senda laberíntica bañada de demagogia. Remató la “defensa de los acusados”. Una defensa que lo único que hizo fue ¡apoyar las acusaciones del fiscal! Una defensa por cierto que contaba con una mujer muy atractiva, soltando lecciones estalinistas bien aprendidas por la boca, más acusaciones contra sus defendidos.

Algo asqueroso, vergonzoso, desagradable. Algo muy triste, para alguien como yo, que ha estado en Cuba. Triste para alguien como yo que leyó afanado las biografías del Che, La historia me absolverá del propio Fidel y otros tratados rojos. Triste para alguien que miró y mira a Cuba con una especie de simpatía extraña dado su carácter de reducto especial y tal vez rebelde. Sí, lo que hay alrededor: la comunidad cubana intolerante de Miami, la gestión republicana de la administración norteamericana de la cuestión cubana y todo eso sólo me causa desprecio. Sin embargo, es difícil. O simple. Pero juicios como éste, deslegitiman a cualquiera. No hay credibilidad. No creo en los líderes de esta Revolución Cubana.

En medio de las encerronas, por cierto, Raúl Castro se lanzaba sus discursitos ante todos los atemorizados y aduladores del partido. En una sus manifestaciones, Raúl se reía de aquellos que decían que en Cuba no había libertad de expresión. “Yo estoy hablando”, decía Raúl Castro, luego “hay libertad de expresión”. Sin comentarios. A continuación, envalentonado refrendaba su opinión ante los pobres militares asustadizos y bien aleccionados, “¿Hay libertad de expresión en Cuba?”, preguntaba (“¿Cómo están ustedes? De Gabi, Fofo y Miliki) y todos gritaban, “¡¡Sí!!”. Pero Raúl, para demostrar la libertad que hay en Cuba, volvía a espetar, “¿no dirán eso porque lo digo yo, verdad?” Y los militares contestaban, “¡¡Nooo!!” (“¿Cómo están ustedes?). “Ahora soy yo quien les aplaude a ustedes”, remataba el hermano de Fidel en medio de aplausos y vítores mecanizados.

Al final, Fidel, la estrella, remató. Apareció Castro ante el Consejo de Estado, ratificando la pena capital para los acusados (algunos se salvaron) que había dictado el propio Consejo de Estado que por supuesto seguía las directrices del comandante. Una gran farsa rematada, ya digo con una declaración final de Fidel que me pareció diabólica, con ese halo de carisma y enganche que puede tener el mal en ciertos momentos. Como esa amor fatal que te atrapa. Era asqueroso. La impresora ya había dejado de escupir papeles. El video había acabado. Me iba a cenar. Algo negro rondaba en mi estómago cuando me acosté. Algo negro que enturbió mi sueño durante unas cuantas horas.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

No hay comentarios

Anímate a comentar

Tu email no será publicado.

Información básica sobre protección de datos:

  • Responsable: Carlos Battaglini
  • Finalidad: Moderación y publicación de comentarios
  • Destinatarios: No se comunican datos a terceros
  • Derechos: Tiene derecho a acceder, rectificar y suprimir los datos

Contenidos relacionados