¡He aterrizado en Papúa Nueva Guinea!

¿Qué se piensa cuando se escucha la palabra Papúa Nueva Guinea por primera vez? En mi caso, no estoy del todo seguro, tal vez una cierta sensación de precaución, como la de aquel que abre una puerta lentamente con un cierto temor a descubrir una amenaza desconocida, un secreto incómodo, un animal de espaldas. Supongo que ya habría oído hablar antes de este país. Me sonaba seguro, había visto esa isla en mapas, pero no recuerdo haberme detenido nunca a pensar en esta tierra. Así que cuando me surgió la posibilidad de ir a trabajar a Papúa Nueva Guinea, me quedé un rato pensando. La primera reacción fue “guau”. Y unos peros. Sin duda una emocionante posibilidad se abría. “Eso está muy a tomar por culo”, fue la respuesta de las primeras fuentes consultadas. Me fui a google y me encontré con gente con las caras pintarrajeadas y llena de plumas alzando lanzas. Parecían tener muy mala leche. Parecía que de alguna manera, la suavidad africana se metamorfoseaba aquí en un ambiente más áspero, más rudo. Se seguía hablando de canibalismo, sacrificios. Vaya. Empecé a leer la historia del país. Resultaba evidente que se trataba de un país interesantísimo, una región lejana, bella, una oportunidad de empezar de nuevo.

¿Pero qué hacer? No me importaba nada irme a Asia. Papúa Nueva Guinea no era exactamente Asia, era el Pacífico y ya no tanto Oceanía, porque esta denominación  geográfica ya la utiliza muy poca gente. ¿Qué pasó con Oceanía? Seguí investigando. Esta vez me puse a leer sobre Port Moresby.

Entonces empezaron los peros. Lo primero que uno veía eran pistolas, violencia y muchos muertos. ¿De verdad había tantas movidas en esta parte del planeta? ¿Quién lo iría a decir? Luego seguías leyendo para descubrir que efectivamente esta ciudad era de las más violentas del mundo. Vale, ¿y ahora qué?

De pronto un compañero de trabajo organizó un almuerzo con alguien que había estado en Papúa Nueva Guinea. Se llamaba Pier y con una gran sonrisa me dijo que había pasado allí los mejores años de su vida. “Tienes una naturaleza impresionante, puedes bucear, caminar por unos pasajes espectaculares…”. Después de la comida, me dije a mi mismo, “bueno, quizás Papúa Nueva Guinea no esté tan mal”. Consulté a más conocidos que habían estado en PNG como todo el mundo lo llamaba. Casi todos ellos me hablaron bien de este país…”. Pero uno no sabe nada hasta que recibe un e-mail que dice, “Carlos, te hemos seleccionado para que vengas a Papúa Nueva Guinea”.

Joder, ¿y ahora qué? ¿y ahora qué? ¿en qué berenjenal me he metido? Y a los pocas semanas, sin saber muy bien cómo, aterrizo en Papúa Nueva Guinea.

Venía de Brisbane con la sensación de despedirme de una ciudad conquistada por la raza blanca que había creado una urbe eficiente e insípida. Un copia y pega de ciudadanos británicos que se hacían llamar australianos. Pero atrás ya quedaba la bella Brisbane y ahora era yo el que iba en el avión de la Air Niugini con destino a Port Moresby. El avión iba repleto de australianos, la mayoría de ellos parecían surferos o gente que estaba a punto de iniciar una caminata. Sin embargo, casi todos eran consultores u hombres de negocios. Tan sólo había dos mujeres en toda la tripulación. Una señora mayor y una rubia que vino a caer en el asiento de al lado.

Por la ventana de pronto comencé a avistar belleza. Sobrevolaba el Mar de Coral y surgían los primeros atolones que había visto en mi vida. Todo fue celeste y turquesa por un rato, profundo, largo… temiendo también caer en ese mar azul donde debían deambular un buen número tiburones. Porque esta región, el Pacífico, está plagada de tiburones. De tiburones buenos.

Al poco apareció detrás de unas cuantas nubes un trozo de tierra verde y montañoso. Es lo que mejor recuerdo, las nubes mojadas y manchadas y de pronto un trozo de tierra verde que daba paso a más montañas, a más verde, los bosques. Y así es como aterrizo en Port Moresby.

Después de recoger las maletas, me adentro por la ciudad en un Toyota Prado de la organización que progresa sobre una ciudad muy, muy ventosa. Estoy por el barrio de Waigani y a través del viento, percibo muchas grúas, construcciones, bloques, conteiners: un desorden antiestético que sin embargo rima con un cierto progreso, con una intención de movimiento productor.

El primer día en un nuevo destino es muy difícil no sonreír, respirar un perfume de optimismo y oportunidad. Pase lo que pase, vea lo que vea afuera, me da igual, yo estoy feliz de encontrarme en un nuevo destino, y por eso tengo una sonrisita de idiota con la que me desenvuelvo armónicamente. Vuelvo a mirar por la ventanas ahumadas del Toyota Prado y observo esos rostros que tanto me habían impresionado por internet. “Rostros feroces”, los había calificado un conocido que había estado por estos lares no hace tanto. La profundidad de las miradas, la rotundidad de la expresión, la contundencia de las dentaduras. Todo eso estaba ahora en frente de mí. ¿Observándome? No, era yo el que observaba, era yo el que los miraba. Y así seguí, observando hasta que llegamos al Ela Beach Hotel, donde me hospedaría unos cuantos días. Por tanto, aquí en el Ela Beach Hotel, dormí por primera vez en Papúa Nueva Guinea. Sea.

El autor
Carlos Battaglini

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