Despiste total, o primeros días en Papúa Nueva Guinea

Con el tiempo uno se olvida, pero durante los primeros días en un sitio nuevo se suceden toda una serie de sucesos que difícilmente se repetirán más adelante. Si además este sitio nuevo resulta ser Papúa Nueva Guinea, las probabilidades de que uno progrese a través de la incertidumbre y la rareza, aumentan considerablemente.

Y no me refiero sólo a la sensación de desorientación que supone estrenar una oficina nueva, compañeros nuevos, los cuáles por cierto me han recibido muy amablemente, sino a las particulares costumbres que uno adopta las primeras semanas. Y es que durante este intervalo, la mudanza en sí aún no ha terminado ni mucho menos, lo que supone que uno ande con la misma ropa más de la cuenta, de nuevo el polo Lacoste rojo, otra vez los pantalones grises de pana… Mientras tanto, el resto de la ropa de uno, todos los bártulos, atraviesan en ese momento toda África, Asia

Uno también está sin coche, lo que le obliga a irse todos los días en el carro de algún compañero y por tanto acomodarse a su horario. Si quieres ir al supermercado, mejor que el colega tenga que ir también, si no te mirará con los ojos que se le dedican al invitado que pernocta más de cuatro días en una casa, es decir, la mirada que se le brinda a un pesado.

Siguen las novedades y entras en una casa que dicen que ahora es tu hogar, con la misma lentitud de un invitado, inspeccionando cada rincón con una mezcla de satisfacción y sospecha.

Querrás de una vez hacerte algo de comer, pero resultará que primero tendrás que comprar las sartenes, la espumadera, la cuchara de madera, el tenedor, los platos, todos los cubiertos… Y hasta que no llegue ese momento, almorzarás todos los días comida asiática en el Fuzion, algo que te gustará al principio, pero de lo que te acabarás cansando pronto.

El primer día que por fin consigues reunir todo el puzzle, ergo los cacharros y la comida (aunque se te habrá olvidado la sal y el avecrem) cocinas unos espaguetis por supuesto, con mucho cuidado, con bastante torpeza, casi sorprendiéndote de que al final, después de los vapores, el agua, el aceite, surja una pasta que en efecto se puede degustar. Los almuerzos en casa los primeros días se prolongarán más de la cuenta, pero volverás al trabajo satisfecho por haber sido capaz de prepararte un plato. Y de comértelo.

Siguiendo con la cocina, querrás innovar al principio, coquetear con el arte, cambiar tu vida. De ahí que empieces obligándote a cocinar platos novedosos, descifrando recetas que te han producido una enorme pereza toda la vida. Entonces te presentas en casa cargado de huevos, patatas y tratas de hacer una tortilla española en Port Moresby. Al contar con internet, puedes asegurarte de que cada paso está controlado, y al cabo de un rato te sale una sorprendente tortilla que devoras con placer. Después de saborear el trabajado invento, llegas inconscientemente a una conclusión que aún ignoras: no voy a cocinar este coñazo de plato nunca más. Tú aún no lo sabes, crees que en dos semanas te pondrás de nuevo a batir huevos, a cortar patatas, a mezclarlo todo, a agitar la sartén para que la tortilla no se pegue… pero no lo volverás a hacer. No. Adonde retornarás evidentemente, es a la senda de los espaguetis y del arroz, que son tus platos favoritos porque toda la vida los has podido hacer en menos de quince minutos.

No es raro tampoco que uno confunda el dinero. La moneda que circula en Papúa Nueva Guinea se llama kina. Los billetes son de color anaranjado, azulado, verdoso… y alguno de ellos como el billete de 2 kinas se puede confundir ¡con el de 100! Uno cree que ha pagado 100 kinas, y rastrea su cartera de cuero para asegurarse de que dicho papel ya no está ahí, mientras el camarero te mirará circunspectamente a la espera de 100 de los grandes sosteniendo el pírrico billete de 2 kinas delante de tus narices.

Dejar algo como un reloj en algún sitio y no encontrarlo por un tiempo, constituye también un fenómeno normal y paranormal. Uno está convencido de que ha dejado su reloj de titanio encima de la cómoda, pero resulta que el dichoso reloj, el puto reloj no está en la cómoda sino en otro lugar que ahora no sé.

Entonces das cien mil vueltas alrededor de la casa rastreando, abriendo y cerrando cajones. El hecho de que tengas que familiarizarte con los nuevos muebles, la nueva cama, la extraña mesa, produce estos despistes y facilita la multiplicación de casos extraños. Un día sin ir más lejos, entré en mi cuarto y al fijarme en la almohada, me di cuenta de que le faltaba la funda. La funda no estaba ahí. A los diez minutos volví a entrar en mi cuarto y la almohada esta vez tenía funda. ¡Eso fue así! Este hecho me volvió loco bastantes días y aún no he encontrado una clara explicación.

Otra. Vas al banco donde esperas y esperas hasta que te abres una cuenta y crees que ya no tendrás que volver, pero a los pocos días estás de nuevo por ahí porque se te olvidó un pequeño detalle… Y así como tantas otras cosas.

Mientras tanto, Papúa Nueva Guinea, Port Moresby, sigue a lo suyo, desenvolviéndose en su cotidianeidad. Dentro de esta marea diaria, imparable, descubro con gran sorpresa y una risa que en tok-pisin o pidgin, que viene a ser la lengua más hablada junto con el inglés en PNG, se dice “mi no sabe”, cuando alguien no sabe algo. No en vano, los españoles y los portugueses (como no) estuvieron por estas tierras hace unos cuantos siglos, mucho antes de que llegasen los británicos, los alemanes y los australianos. Y así es la vida, en uno de los sitios más remotos de la tierra, te encuentras con esta frase, “mi no sabe”. Que es al fin y al cabo lo que nos pasa a la mayoría.

El autor
Carlos Battaglini

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