Las cenas pueden acabar muy mal en Monrovia

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DADO QUE LOS SERES HUMANOS SON ANIMALES que suelen cenar por las noches, asistí coherentemente a la colación que tendría lugar en el coreano de Bushrod Island. Y todo era normal. Subí unas escaleras y allí ya se encontraba un grupo de unas doce o catorce personas que hablaban por la boca, miraban por los ojos y olían con la nariz. Todo era muy normal.

Pedimos. Creo recordar que el sustento consistió básicamente en cerdo, ternera, arroz y algas. Durante la cena hablaba con Lorena, me interrumpía Mary, yo la interrumpía a ella y no oíamos a Louise en la esquina que nos decía algo y luego se volvía hacia las dos chicas que se sentaban en frente suya y que parecían japonesas. A veces nos reíamos, otras veces las risas venían de la esquina de la mesa. De vez en cuando venía un camarero serio. Y todo esto pasaba en medio de un restaurante vacío. Sólo nosotros. En medio del espacio. Si te pones a pensar.

Cuando el último grano de arroz desapareció del plato, la gente se puso en pie con una determinación mecánica, formal y un tanto molesta (por aquello de lo robótico). Salimos afuera y casi todos se fueron marchando en sus respectivos coches, “trabajo loco en la oficina mañana”. Un grupo de seis personas nos quedamos hablando bajo una luz extraña e incapaz de borrar una masa negra de oscuridad que se iba expandiendo por Bushrod Island. La noche en Monrovia. Nuestras bromas probablemente eran malas, triviales, presumibles. Todo era normal. Se fueron dos más. Quedamos cuatro, y decidimos irnos en el Toyota Land Cruiser de Louise que llegó a decir, “no me gusta conducir por las noches”. Vamos.

Me monto delante, al lado de Louise que va conduciendo. Vemos el puente sobre el Mesurado river que nos debe ayudar a pasar al mainland. Debemos atravesar este puente pero ya no se ve casi nada. Una voz habla a mis espaldas. Miro. Detrás vienen dos mujeres. Son las dos japonesas. Una no abre la boca, tan solo insinúa una sonrisa mimética, contemporizadora.

La otra está en la ciudad de paso, pero ya parece saber mucho sobre Monrovia y no duda en decirle a Louise, “sigue recto, sé donde vamos”. Louise mira hacia detrás y hacia delante varias veces.

“Sigue, sigue adelante, hacia el mar, es siempre lo mismo”, dice la japonesa parlanchina, casi poniéndose de pie, extendiendo un dedo a modo de espada firme y perentoria. Y Louise sigue hacia delante en medio de la oscuridad. Pasamos el río, flanqueamos las chabolas, el zinc, nos cruzamos con las motos, creo que hemos dejado atrás los flamboyanes de Broad street… “sigue, sigue, es siempre lo mismo, vamos hacia el mar”.

Nos seguimos adentrando y adentrando y repentinamente, todo es de un color más oscuro aún, un color de sombras profundas. Louise va muy despacio ahora. No puede ir más rápido, hay gente por la calle que cruza, que habla, que nos mira. La japonesa habladora se ha quedado muda y se ha encogido como un caracol. Seguimos yendo hacia delante, pero no parece que el mar esté cerca. Además, el mar ahora da miedo. Sabes, el mar ahora da miedo.

“Carlos, ¿qué hacemos?”, pregunta Louise mientras el coche sigue avanzando a duras penas. Joder. “¿Damos la vuelta?”, vuelve a preguntar Louise. Y cuando surge un mini debate de murmullos en la que participamos todos menos la japonesa que no habla, y en el que sólo se oyen palabras como, “sí, no, eh”, cuando surge ese mini debate es cuando ¡PUM!, sentimos como la parte inferior del coche se raspa ruidosamente con algo que debe ser hormigón, y automáticamente el Toyota Land Cruiser se queda suspendido sobre una pendiente de cemento que nos eleva y nos deja a un metro de la carretera. No podemos avanzar.

Como un cucaracha a la que han dado la vuelta, el coche se siente impotente. No sabemos si acelerar o retroceder. La japonesa que no habla sigue igual, el resto tenemos cara de tontos. En medio de un silencio y otros ruidos, decido bajarme en plena noche cerrada. Miro. Guau, el coche está muy empinado. Marcha atrás es imposible darle, nos cargaríamos toda la parte baja del coche que ya está por cierto bastante castigada. Acelerar tampoco es una decisión de lo más grata ya que tendríamos que dar un salto de un metro mínimo… el coche se iba a dar otra vez por debajo y es posible que todo su mecanismo se atrofiase y nos quedásemos ahí…

Empieza a venir gente.

Me subo dentro del coche y notamos como se va acercando el barrio, como los tiburones que huelen la sangre. Las japonesas ahora son idénticas: mudas. “Ne da hand?”, dicen afuera, “¿necesitáis una mano?”. Yo no contesto nada, no sé nada. Piensa joder, piensa. Va viniendo más gente. Son todo hombres, muchachos, ni una chica.

“Ne da hand?”, repiten. Entre Louise y yo convenimos finalmente que sí, que necesitamos una mano y algo más. Afirmo con la cabeza, hago gestos con las manos y acto seguido hay unos quince tipos tratando de empujar el coche por la parte delantera para dar marcha atrás. Porque eso es lo que se ha decidido ¡dar marcha atrás! Pero el carro no se mueve, amigo. No se mueve ni para atrás.

Da apuro ver a tanto tipo empujando, mientras nosotros cuatro ahí dentro esperamos con nuestras caritas blancas. Pero el carro no se mueve, tío. Va viniendo más gente. “Carlos, ¿qué hacemos? ¿qué hacemos?”, grita Louise. “Mira, acelera hacia delante todo lo que puedas y vámonos, que pase lo que tenga que pasar”. “¿Acelerar?, me dice Yure presa del pánico, “¿pero es que no has visto el agujero ese o qué?”. Yo que sé, pienso. “Sí, si lo he visto, pero es que para atrás si que es imposible”, digo desesperado. “Carlos, Carlos, ¿qué hacemos?”.

Afuera he escuchado que alguien ha dicho 100 dólares. “Dadnos 100 dólares”. Otros se van uniendo a las demandas, “money, money, we want money, queremos dinero”. “¡Carlos, Carlos!”. “¡¡Acelera y ya está!!”. Hago un gesto brusco con la mano para que se aparten los que aún seguían empujando.

“Ahora, dale, dale”. Pero Louise no lo ve claro. “Carlos, ¿qué hacemos?”. “¡¡¡Dale!!!”. Y Louise le pisó por fin, y el coche se rozó como debe rozarse un masa de acero gigantesca creada por el hombre con una montaña de hormigón, pero el carro milagrosamente salió adelante, no sin antes recibir un fuerte puñetazo en la luna trasera por algunos energúmenos de afuera.

Lo aliviador es que estamos de nuevo en la carretera, podemos seguir recto hasta que reconozcamos las calles. Pero Louise se para de pronto. ¡Qué coño!. “Tenemos que darles algo de propina, nos han ayudado”, dice agarrando el volante tensamente. La japonesa que no habla sigue sin hablar. La japonesa habladora se va animando, “Louise, arranca”. “No es el momento, Louise, no es el momento”, digo yo. Pero Louise insiste, “saca algo de tu cartera”. Por el espejo retrovisor veo como las pandillas se reorganizan y renovados de esperanza se van acercando de nuevo al coche. Yo he sacado mi cartera y ha brillado tanto que ha hecho despertar al barrio entero que se pone en pie como una ola definitiva. Ya no puedo más, “¡¡¡¡¡acelera!!!!!”.

El coche recibe otro gancho de izquierda, pero a los pocos minutos estamos en Broad Street, flanqueados por flamboyanes. La japonesa habladora propone girar a la derecha.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir Me voy de aquí.

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