Tú y yo vamos a hacer grandes negocios en Monrovia

monrovia

Caminar. Desde entonces caminar. Son los frenos. Me informa una voz de acero que algo pasa con el líquido de los frenos. Mi coche no está a punto, tal vez sea melancolía. Y desde entonces, camino por Monrovia. Ahora soy un blanco que posa su suela a diario sobre el asfalto y que llega transpirando al trabajo. Caminar, y cuando camino los chicos del barrio saludan, “Hey Carlos, what’s up man?”.

“Yeah” suelo responder. “Not bad man”, suelo responder. Suelo responder.

Sigo subiendo por la cuesta de la antigua embajada norteamericana y él está agitando la mano y llamando con una voz seca e imperativa como si avisase o saludase a otra persona. Sigo caminando, pero es a mí, veo que ese tipo me está mirando a mí, y de pronto compruebo como mi dedo índice viaja desde la cintura hasta pincharme en el pecho provocándome un “¿yo?”. Y el tipo que lleva una camiseta naranja y un enorme crucifijo plateado colgándole del pecho, asiente como un martillo pilón frenético confirmando, “yeah, you, you, come here, ven aquí”.

“Joder”, he dicho por dentro.

No sé si alguien me ha oído pero yo he pronunciado la palabra “joder” y he seguido caminando resignadamente porque no hay manera de esquivar al “empresario” que ya está en frente de mí con un móvil negro y varios papeles humedecidos.

Es un tipo bajito, rápido, que hace pensar en un cantante de rap intentando salir de una vez de Detroit. Triunfar.

“Dime”, digo empezando a dar pasitos rápidos (vamos que nos vamos) mientras el rapero empieza a seguir mi ritmo acrescente como si fuese un periodista rosa que entrevista a un actor que no quiere hablar de su vida privada. “Tú y yo vamos a hacer grandes negocios en Liberia, man”, consigue decir el empresario con una voz que le sale un tanto entrecortada por las carreras. “Tengo planes, proyectos, ideas”, sigue diciendo mientras me fijo como su crucifijo va revoloteando como una mariposa acorralada. “Me das tú número y empezamos. Tengo unos conteiner, unas cajas, unos papeles, la firma…” y comienza a presionar los botones de su móvil buscando el apartado de contactos…

Un hombre de traje beige.

Ese mismo martes bajaba por la cuesta de Mamba Point cuando surgió suavemente por la izquierda otro hombre luciendo un traje beige y una camisa color vainilla. Era la segunda vez que lo veía. Conocía ya esa cara que propagaba un cierto aire a resquemor de trompetista de jazz que ha sido expulsado del grupo y ahora quiere montar uno nuevo para vengarse. Y ser él el Rey.

La primera vez iba peor vestido, con una vulgar camiseta marrón y un pantalón rojo polvoreado. Esa tarde me dijo que ya lo tenía todo “preparado”. Y ahora, ay el ahora, ha salido por no sé donde y me ha dado una mano de grasa, pegajosa, y cuando ha empezado a hablar sobre “el avión, los permisos…” me he desembarazado de él caminando rápido y negando con mi cabeza, y detrás, tal vez en mi cuello, he podido escuchar que ha soltado un “ok” que no sé a qué sonaba. Que no sé a qué sonaba, tío.

Y al mirar hacia atrás porque siempre se quiere mirar atrás, aquel tipo ya no estaba. Es imposible. Era imposible: esta calle es nítida, vigilada, y sin embargo el hombre de traje beige y camiseta color vainilla se ha evaporado como un suspiro de invierno al lado de un tren que se marcha. Ya no estaba. Es imposible.

Y al seguir bajando por la calle, los chicos del barrio que lavan los coches, me han dicho una vez más que teníamos que hablar. “Wanna talk with ya, man”, me ha dicho el jefe, zarandeando su índice desde su pecho hacia mi repetidas veces. Es alguien que existe. Se trata de un tipo calvo, no muy alto pero atlético, de músculos prominentes y de caminar recto y seguro. “Carlos, antes del sábado”, me ha dicho el otro, el alto. “Di ya see the black girls here this morning, man”, me ha dicho el más bajo de todos, el tipo con pinta de boxeador, ese Frazier que aguantó la embestida de Mohamed Ali en Manila. Creo en Frazier.

Y ahora sé que es por culpa del estómago. La dictadura más vieja. Los muchachos saludan casi siempre, pero cuando el estómago recuerda que es un ente totalitario que no admite negociación, el hambre aprieta y entonces los chicos del barrio quieren hablar con Carlos de cosas serias. Como el hombre de traje beige o el tipo del crucifijo plateado. Los negocios en Monrovia.

Y ahora sé que es por culpa del estómago. La dictadura más vieja. Los muchachos saludan casi siempre, pero cuando el estómago recuerda que es un ente totalitario que no admite negociación, el hambre aprieta y los chicos del barrio quieren hablar con Carlos Battaglini de cosas serias.

No es lo mismo que con el hombre de traje beige o con el tipo del crucifijo plateado. Es algo más. Es un más. A veces sí.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

2 comentarios
  1. “Ese martes bajaba por la cuesta del olvido y surgió suave por la izquierda un hombre de traje beige y camisa color vainilla. Era la segunda vez que lo veía. Conocía ya esa cara que propagaba un cierto aire a resquemor de trompetista de jazz que ha sido expulsado del grupo y ahora quiere montar uno nuevo para vengarse. Y ser él el Rey. ”
    “se ha evaporado como un suspiro de invierno al lado de un tren que se marcha”
    SENCILLAMENTE – MAGNÍFICO.

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