En Buchanan. Un viaje azul marino, brasileño y violeta. (2) de (6)

malaria

“NO, NO ES MALARIA, ha dicho Drazen empapado, “es otra cosa. Una cosa fría que se te mete en los huesos”. Sólo la comida que llega por fin en forma de arroz, pollo y cassava fish, interrumpe el silencio. Descubrimos que sí, que teníamos hambre y al ritmo de un gris remolacha, de la terraza desconchada y unos sabores balcánicos, vamos llevándonos los acopios a la ansiosa garganta.

Drazen es militar, no debe andar muy lejos de los dos metros de estatura y cuando te mira parece un oso bonachón, un padre que siempre saca del bolsillo un caramelo más, nunca te pasará nada con él. “Ahora para ir a Eslovenia por ejemplo, es una pesadilla, no haces más que pasar fronteras, pasaportes, papeleos, tiempo, explicaciones. Pero hay sitios donde de todas formas no quiero volver”. Anesa inclina su cabeza hacia la derecha y dice algo en esloveno o serbo croata, no sé. “Dubrovnik”, dice Drazen. “Aún no quiero volver a Dubrovnik. “¿Por qué?”, pregunto yo, con una espina bajándome por la faringe. “No sé, no lo sé”, responde Drazen.

Y cuando el soldado gira sus ojos hacia una esquina de la mesa, las tablas del suelo comienzan de repente a temblar, como si nos encontrásemos dentro de un barco zozobrando y que afronta una tempestad inesperada. Al darnos la vuelta, descubrimos de pronto un arcoíris de personas ataviadas de lazos hippies y otros trapos. Sobresale del grupo una rubia sueca que da instrucciones al resto levantando sus manos y hablándoles como una madre dirigiéndose a los niños en el cumpleaños de su hijo pequeño.

Al mirarla me hace retroceder en el tiempo esta mujer, tengo cinco, seis o siete años, el pelo un poco más largo, me siento algo mimoso. Veo globos y serpentinas, una tarta de chocolate. Es una mujer que ha salido de una fotografía desvaída de los años 60, tal vez de California, de alguna playa. Ante mi sonrisa, guiña el ojo y le pido que nos haga una foto. Nos hace dos ante la mirada circunspecta de Anesa que pierde brillo, pierde brillo la eslovena que escucha a la sueca decir, “esta noche iremos al Black and White”.

La tarde va cayendo mansa y violeta. En realidad no estamos almorzando, sino cenando. Son casi las siete y aún debemos ir al “hotel”, asegurar un techo. Víctor es genial: había reservado tres habitaciones en algún hotel de Buchanan ¡pero no se acuerda!

“Creo que estaba por aquí…”. Yo, Kevin, el hombre que a veces se cansa, recuerdo entretanto un hotelucho cercano donde vine a parar hace unos meses por esos logaritmos de la vida. Sólo pienso en ese hotel, pero no deseo dormir en ese sitio en realidad ya que aquello era una especie de puticlub enmascarado donde el problema no era la alta proliferación de damas de la noche sino el ruido de puertas, botellas y efectos colaterales de facturas sin aclarar.

Tras cinco minutos dando tumbos dentro de la furgoneta, Víctor baja la ventanilla y espera a que el Nissan Patrol de Drazen se ponga a la misma altura para revelarle, “man, estoy perdido”. Todos estamos un poco perdidos, no pasa nada. Drazen, el padre, esgrime una mueca paternalista, una sonrisa que sabe a abrazo y a continuación hace un gesto con la cabeza para que lo sigamos.

En medio de una noche clorofílica, me da por pensar en Vietnam y en la droga, la hartura, una buena ametralladora y un collar de balas que rozan mis rodillas. Avanzamos en la oscuridad y nos introducimos por fin en un compound protegido por una verja que alberga una casa con siete u ocho habitaciones color vainilla. Se trata del Teepoh o algo así.

El propietario del hostal saluda con el mentón y se hace rogar ondulando sus hombros. Parece un tío vivo. Surge la típica negociación liberiana, huele a barrio, a la calle. Llegamos a un acuerdo pecuniario gracias a una frase decisiva de Víctor, “¿qué prefieres que te demos esto o que nos vayamos y no ganes nada?”. Trascendental, el latino. El tipo que regenta el hostal asiente y luego dice que sí, pero en realidad no tiene muchas ganas de nada. Dice que no pondrá la mosquitera porque no hay mosquitos, dice que no pondrá una colcha más porque dormiremos bien, dice que no nos dará una llave porque es un sitio seguro y dice que le paguemos ahora porque mañana irá a misa. Y dice, dice.

Mientras tanto, Víctor vuelve a luchar por Anesa, a pesar de su propia auto advertencia, “está muy buena pero está casada…”. Contra viento y marea, como nos gusta, el latino consigue la mejor cama del Teepoh para Anesa, una mosquitera reluciente y una palangana rebosante de agua cristalina. Anesa no se duchará sin embargo. Se niega la eslovena a remojarse en un agua dudosa que descansa sobre una palangana oscura, algo que la supera.

Yo no tengo problemas con la palangana, no es la primera vez ni mucho menos, así que voy repasando pacientemente todo mi cuerpo con una esponja curiosa hasta llegar al culmen final: la catarata. Es decir, el agua de la palangana cayendo desde arriba sobre mi cuerpo como una catarata juguetona, llena de promesas, con ilusiones traídas de Iguazú o de Niágara. Al otro lado del pasillo, Víctor piensa que Anesa siempre luce bien y cuando la ve saliendo de su habitación tras hablar por teléfono supuestamente con su marido, permanece congelado al menos por unos segundos ante la imagen angelical y femenina, sabiendo que no hay mayor milagro posible que una mujer.

Somos seis piernas hasta que llega Drazen de nuevo al mando del Nissan Patrol y nos conduce en medio de la noche, de la tierra y de los secretos. Me pregunto de pronto por qué buscamos diversión en El bar de los brasileños que trabajan para Arcelor Mittal, en lugar de bajarnos en medio del camino y quedarnos al lado de un árbol, en medio de la oscuridad.

Al lado de un árbol, en medio de la nada. Pero al lado de un árbol en medio de la nada, no escuchas música, no encontrarás ni un canapé, ni gente con la que interactuar, te molestarán los insectos de la noche, tal vez contraigas la malaria y además te sentirás muy solo. Pero pienso que en realidad nunca sabremos lo que pasa al lado de un árbol, en medio de la oscuridad porque nunca lo hemos hecho y sospecho que nunca lo haremos.

El bar de los brasileños está cerca. Junto al Black & White, es la única motivación nocturna de Buchanan. Los brasileños ya llevan unos años aquí trabajando en la extracción de mineral de hierro al servicio de Arcelor Mittal. La noche es profunda y oceánicamente nocturna cuando nos adentramos en el compound que esconde El bar de los brasileños.

No nos creemos que ese compound albergue un bar y una terraza negra cubierta por unas redes verdes imposibles para los mosquitos hasta que lo vemos con nuestras propias pupilas. Recibimos sonrisas, música, bienvenidas, calor, sabor a secta, no sé, silencio, tristeza, supervivencia y el mineral de hierro. Quizás así se sienta la gente que viva en Plutón, quizás.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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