Descubriendo el hotel Dukor en Monrovia

Monrovia

Corro. Corro al lado de una irlandesa y un liberiano. Aguanto bien porque suelo hacer footing unas dos veces por semana alrededor de UN Drive. El liberiano también da zancadas largas e impone un buen ritmo. No sabemos por donde ir, ¿importa? Sí, debe importar. Tengo ganas de seguir corriendo por Monrovia, de empaparme, de liberarme de algo invisible pero pegajoso. Deseo seguir avanzando, buscar una salida por medio de las zapatillas, el asfalto, sorteando los charcos de grasa que se desparraman por la carretera, los puntos de aceite que aspiran al anonimato, a lo eterno.

Busco sin querer una respuesta en la visión  que me ofrecen mis ojos: sombrillas polvorientas que escoltan mi carrera, carteles de hierro oxidados que no me miran, palmeras que siguen secándose sin que pase nada, la gasolinera de Total, aún vacía (tan solo un todoterreno gris repostando diésel). En todo eso busco algo aunque me repito a mi mismo, que me centre en el presente, en el momento.

Miro atrás. La irlandesa no puede seguirnos a mí y al liberiano. Hace unos minutos que su cara parece una loncha de mortadela. Se ha puesto tan rosada que  el liberiano y yo nos paramos para que la muchacha de Limerick pueda recuperarse. En realidad, no íbamos tan rápido. Nos paramos en frente de las embajadas. Estamos desesperados. Nadie lo dice, pero estamos desesperados.

Ahora caminamos y nos cuenta la chica irlandesa que está escribiendo una tesis medioambiental sobre Liberia.

Estamos desesperados. “A veces encuentras elefantes en los pueblos y los liberianos no le dan la más mínima importancia. Lo que para nosotros sería un hallazgo espectacular, para ellos es una parte más del paisaje. Tienes que decirles que los elefantes nos parecen increíbles a los blancos para que a la próxima te peguen un silbido y te avisen”, dice la irlandesa.

Hemos vuelto a correr. La irlandesa se ha puesto en marcha por aquello de la dictadura indirecta que siempre ejerce todo grupo. Agacha su cabeza, la introduce entre los hombros. Sufre. Volvemos a parar. El liberiano y yo suspiramos por dentro. Aspiramos a seguir corriendo, a seguir buscando por Monrovia. Pero la buena educación tiene estas cosas. Así que volvemos caminando plácidamente hacia la  colina sobre la que se posa el Ducor hotel desde donde se ve gran parte de Monrovia. ¿Importa? Sí, importa. ¿Te importa lo que estoy viendo desde este loma? ¿Y si no te lo cuento?

Veo algo en Monrovia que no te voy a contar. Y me giro. Y al girarme me encuentro con el hotel Ducor en ruinas. Un hotel muy conocido en toda Monrovia desde hace años, por haber albergado en su momento (ay esos “en su momento”) a ínclitos huéspedes que pernoctaban en sus lujosas habitaciones en frente de botellas de champagne y corchos volando. Imagínate la cantidad, ¿la cantidad de qué? ¿debería contarlo?

No lo voy a contar. Paso a otra cosa: al mediodía los huéspedes del Ducor irían a la piscina, se tirarían de cabeza, mientras en lo salones interiores de sillones mullidos se cerrarían negocios, se acordaría alguna entrega de un cargamento de armas, listo para desembarcar en Liberia con toda la eficiencia, nada de engorrosas burocracias. Se brindaría en el Ducor, se haría el amor (cursi composición, “hacer el amor”) se pondrían malas caras de vez en cuando, se gritaría a los camareros para que se diesen prisa en traer la cuenta, se soñaría, se imaginaría. Habría carcajadas.

Estamos desesperados. Por todo. Y ahora, el hotel Ducor no es más que un esqueleto con una piscina desconchada, rellena de piedras informes y paredes despintadas que permiten divisar unos cables rotos que recuerdan a los tentáculos de un pulpo atrapado. Cerca, el ascensor permanece paralizado en la primera planta. “¿A qué hora es el desayuno mañana?”, le digo a un guarda con una gorra y un cigarro que se le cae por una esquina de su boca. Voy de gracioso respetuoso, la irlandesa se anima, “¿habrá croissants?”.

El guarda agacha la cabeza, nos mira como siguiendo el juego pero sin estar seguro del todo. “Bien, mi mujer y yo vamos a dar una vuelta, y luego cenaremos en el restaurante”, digo yo. A los desesperados siempre nos sorprende una luz que siempre acaba por encenderse. Y te animas. Ya sabes, al final, todo sale bien.

Nos adentramos por el hotel esquelético del Ducor porque a los seres humanos les atrae estos pasados. Encima de nuestras cabezas, de nuestros pensamientos, se levanta algo que no te voy a contar ¿por qué debería contártelo? Eh, ¿por qué? Bordeamos ahora la piscina, la dejamos atrás y seguimos por un pasillo que nos presenta el puerto de Monrovia y dos diques en forma de brazos que dan la bienvenida al mar, o lo golpean, o lo abrazan, que el lector decida.

Al final del pasillo hay una pareja que ha dejado de besarse desde que la irlandesa y yo nos hemos plantado aquí con nuestros caretazos rellenos de carne. Los desesperados también podemos cortar el rollo. Desde aquí se ve toda Monrovia, un todo que como sabes, no te voy a contar.

La irlandesa y yo nos metemos en otro cuarto donde la caca expulsa un aroma distinto, un olor que no sueles oler, una fragancia que alguien decidió una vez que apestaba y que no era buena. ¿Por qué? Salimos de ahí con caras descompuestas, progresamos quitándonos varias piedras por el camino, y en la salida nos encontramos con otro guarda al que le digo, “he dejado la llave en la recepción. Vamos a dar una vuelta por los jardines.

Pensamos cenar en el restaurante del hotel esta noche”. Adopto la expresión de Iván Drago en Rocky IV para que vea que voy en serio. El guarda me mira con la boca un poco abierta, y luego me dice, “hey, feliz año nuevo”. “Feliz año nuevo para ti, también”, le contesto. Ya sabes, al final… Acaba tú la frase, lector. Anímate.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir. Más sobre mí

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