Bucear es vomitar en Papúa Nueva Guinea

Así como en Ámsterdam uno tiene que fumar porros, en España comer paella, en París subir la Torre Eiffel, en Papúa Nueva Guinea hay que bucear. Dicen que por estos mares del Océano Pacífico incluyendo también por supuesto a las Islas Salomón, se encuentran los mejores enclaves del mundo marino ideales para sumergirse metros y metros y contemplar la colosal belleza que se esconden debajo de estos mares.

Yo nunca había buceado en mi vida. Lo juro. Algo realmente asombroso si se tiene en cuenta que procedo de una zona completamente rodeada de mar, donde aprender a nadar es algo tan natural como beber un vaso de agua, encender la tele o extraer un moco del orificio nasal. Para más inri, en frente de mi casa de toda la vida, coexisten varios centros de submarinismo que han estado ahí desde siempre. Asimismo, durante años, muchos años, me crucé con centenares de submarinistas vestidos de negro que venían de alguna inmersión. Caminaban torpemente, se quitaban el traje de neopreno las chapaletas, el tubo… de manera aparatosa. Pero yo ni caso. Con todo, no podía escapar al pavor que me causaba la bombona de aire. La bombona de aire añadía un componente de seriedad, una tonelada de oscuridad, un salto a la edad adulta, un perfume amargo que tenía que ver con oxígenos y que en mi mente se combinaban quizás con el ácido, todos los azufres y un litio inútil.

Y todo ello a pesar de que de pequeño, tuve mi época de buceo con tubo o snorkelling que dirán ahora. Con la gente (no recuerdo llamarlo muchachos, si acaso amigos) nos hacíamos con unas aletas, una careta y un tubo y éramos las personas más felices del planeta tierra. Así es, recuerdo que tuvimos nuestra época de constantes inmersiones que nos llevaban entre otros sitios a merodear alrededor de una lancha hundida de color amarillo y llena de algas, cerca de unas rocas donde inspeccionábamos los erizos, algunos de los cuáles nos acababan pinchando de manera lacerante. Todo eso lo recuerdo vagamente, pero lo que si  recuerdo bien, fue mi desinterés total posterior a la cuestión marina.

En realidad, nunca mostré gran pasión por los deportes acuáticos. El surf me parecía  complicado ¿cómo podía ponerse uno de pie tan rápido? ¡había que estar como un roble! El windsurf me hizo feliz alguna que otra tarde, ciertas mañanas, pero me daba la sensación de que después de todo, no era capaz de avanzar más de diez metros de forma lineal, además de ser un deporte que requería demasiado esfuerzo en cuestión de tiempo y logística. Respecto a la vela, de pequeño me inscribieron en un curso y recuerdo que cuando el monitor me cedió el timón de una pequeña embarcación, el barco no se movió literalmente en unos diez minutos, “estamos en el mismo sitio”, le escuché decir al profesor, una frase que impactó más en mi de lo que creía, una sentencia que inoculó mis neuronas a posteriori, obligándome a dejar una actividad que además me aburría soberanamente.

Y eso que aprender a nadar no me resultó difícil. Nado bien, pero me da pereza nadar largas distancias, agitar demasiado los brazos. En la playa prefiero tenderme un rato, meterme en el mar de vez en cuando y luego de nuevo revolcarme en la arena o como desde hace unos años, tenderme en una hamaca, aunque de verdad lo que me gusta, es pasear por la playa, largas caminatas por la arena.

Pero hete aquí que aterrizo en Papúa Nueva Guinea y una chica italiana me dice a los pocos días, «vente conmigo mañana al curso de submarinismo».

Yo, que vengo con una mentalidad de lo más positiva al Pacífico, digo que si de manera casi automática, pensando que sería cuestión de unas horas… Al día siguiente nos plantamos en el Gateway Hotel, un hotel de Port Moresby y un señor con pelo blanco se presenta con el nombre de John Miller y nos lleva a la terraza donde nos entrega el manual de submarinismo PADI. Nos pone un video y nos comienza a explicar las técnicas submarinistas. Resulta que hay que hacer un examen, unas pruebas en la piscina y cuando uno cree que está preparado, es cuando es el momento de sumergirse en el Océano Pacífico, que dicho así de sopetón, da mucho miedo: Océaaaaano Pacíficoooo.

Lo que yo pensaba iba a ser una cuestión rápida, se acaba convirtiendo en un proceso un tanto pesado consistente en meterse en una piscina todos los fines de semana, donde llevo a cabo todas las actividades pertinentes, con muchas risas y algún que otro susto mediante con mi compañera de submarinismo italiana.

Al cabo de unos meses me presento en el hotel y apruebo el examen teórico de submarinismo después de hacer un examen tipo test que al igual que el examen de conducir, tenía más miga de lo que la gente suele decir. Ese mismo día me meto en la piscina para repasar todos los conceptos. Cometo errores cómicos, como intentar sacar el agua de la máscara soplando en lugar de expulsar el aire fuertemente con la nariz. Los instructores me dicen que tal vez sea conveniente que practique más en la piscina. Eso hago al siguiente fin de semana y por fin el profe me dice que el próximo sábado es el momento de meterse en el Océaaaaano Pacíficoooo.

El sábado a las siete de la mañana me presento en el Ela Beach Hotel. Nos metemos varios en una furgoneta que conduce John Miller y que nos acaba dejando en Loloata, un resort muy conocido en Port Moresby. Allí nos esperan como una decena más de submarinistas en un barco que en principio parece consistente. Da la impresión de que todo va bien. Mi compañera de submarinismo italiana no ha podido venir, pero me encuentro con una amiga que parece estar bastante más tranquila que yo. Nos metemos en el barco y nos vamos alejando paulatinamente de Port Moresby, dejando atrás los parejos edificios, las casas de pilotes del barrio de Hanuabada, el Yatch Club

Me siento al lado de un australiano que trabaja en la aduana del puerto, departimos amigablemente, «cuanto tiempo llevas en Papúa Nueva Guinea» y todas esas cosas nos decimos. Yo sonrío absurdamente. A los pocos minutos creo que me encuentro un poco mal y a continuación quiero vomitar todo.

Me retiro a una esquina del barco. Comienzo a vomitar. Siento una vergüenza y soledad absoluta. La gente me mira, pero nadie quiere hacerse cargo, nadie se acerca. En esos momentos pienso que tal vez estaría bien estar casado, tener alguien a tu lado. El barco sigue su camino, dentro de poco llegará el momento de sumergirse, lo que faltaba. Una instructora japonesa, pareja de John Miller, es la única que parece sentir piedad por mí y de vez en cuando me alcanza un poco de agua, aunque me recuerda que vomite fuera del barco. Gracias, muchas gracias. Me da hasta por pensar en la muerte, que horribles sensaciones estoy teniendo. Alguien me dice me sentiré mejor cuando me meta dentro del agua, hay que joderse.

Me meto por fin en el agua completamente aturdido, deseando estar en mi casa, en mi camita, tranquilo, descansado. Pero resulta que estoy sumergido cerca de algún coral perdido del Océaaaaano Pacíficoooo al que llaman algo así como Sussie Bommy. La instructora japonesa me ayuda a bucear o lo que es lo mismo: a sobrevivir. Con nosotros viene una pareja que se dedica a sacar fotos, mientras yo lo único que quiero es salir de aquí y estar tranquilo en mi casa. Me resulta casi imposible ser consciente de toda esta maravilla acuática que está pasando ante mis ojos: peces amarillos, celestes, azules desfilan bellos e indiferentes ante mi rostro desencajado.

Al cabo de una media hora, salgo del mar, entre contento y desfallecido. Vuelvo a montarme en el barco. La instructora japonesa me recomienda que me siente en la parte baja del barco para evitar el mareo, a ras del mar, donde vamos superando bellas islas dispersas. Poco a poco me voy reconciliando con el mar, con la vida, e incluso con el submarinismo. Al llegar a puerto, John Miller me pregunta, «¿cómo ha ido?». «Ha sido fantástico», respondo yo.

El autor
Carlos Battaglini

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