Viaje absurdo a Canary Wharf

EN CUANTO A LOS VIAJES ABSURDOS, RECUERDO UNOS CUANTOS. Hablemos hoy de Canary Wharf. Allá por el año 2000 y pico, me dirigí con un amigo a Canary Wharf, un barrio situado al Este de Londres. Londres. No sé, había visto ese nombre, Canary Wharf en el plano del metro, a donde se llegaba a través de la línea gris si no me equivoco.

Y me dio por ahí. Era uno de esos mediodías en Londres donde sale el sol, te sentías latino a pesar de todo (aún no lo tenía claro por aquel entonces) y aspirabas a reconciliarte con una ciudad que no paraba de darte codazos y alguna que otra patada, y una sonrisa que valía un mundo. Me encontraba en una tienda de un indio, comprando un twist y pensé que tal vez me podía perder por ahí.

Ese día no trabajaba, supongo. Así que envié un mensaje a mi amigo polaco, pensando que tal vez. Su contestación fue eufórica, “sí, ¡vamos!”. Y entonces me convencí que aquel absurdo plan tenía que llevarse a cabo.

No recuerdo bien los detalles, pero sé que cogimos el metro y al llegar a la estación de Canary Wharf, todavía hacía sol. Ellos seguían con esas caras blancas, incoloras, inodoras e insípidas pero había sol, tío. Estábamos allí, en una estación donde el sol podía entrar ¡iluminar, iluminar! Y me las di de listo.

Ya que íbamos de hippies, de generación perdida, la bohemia y todo eso, pasé de pagar el billete de metro por pereza, desesperación seguramente, y algo de pobreza. No sé si fue el billete, pero lo cierto es que pasé de pagar algo que había que pagar, seguramente porque también estaba harto.

Pero me sentía tan liviano, tan Dos Passos, que cuando el revisor de gorra o lo que fuese aquel individuo salido del Ártico (como me gusta el frío, hermano) me espetó que no había pagado con ese tono tranquilizador de los policías británicos, ops, me dejé llevar por la interpretación más espontánea, por el mimetismo, por lo ridículo del momento y le dije, “ah, disculpe, no lo sabía” con una cara de lo más inocente (mi amigo polaco me miraba preocupado) y a continuación compré algo que había que comprar, probablemente el billete de metro.

Subí las escaleras automáticas con mi amigo, los dos dejándonos llevar, extraños entre la marabunta londinense que subía y bajaba las escaleras a ese ritmo tan frío, tan cruel, y toda la distancia del mundo y de tres planetas: Saturno, Júpiter y Plutón.

Subimos las escaleras automáticas insisto, y enseguida nos embistieron más gilipollas rubiancos que iban y venían en un espacio plagado de edificios altísimos y más rascacielos. “Así debe ser New York”, dije yo, sintiéndome insuperablemente estúpido.

“Sí”, contestó mi amigo polaco, colaborando. Muchos edificios, algunos ni siquiera estaban terminados (supongo que hoy en día aquello estará minado de torres altísimas) y un bar. Joder, un bar de esos de ladrillo rojo, con un letrero negro, como carbonizado y letras amarillentas. Un bar sacado del Londres del siglo XIX: un repeluz atrayente que te cagas.

El bar estaba ahí, en frente de la calle. Porque había una calle. Cruzamos la calle para dirigirnos al bar tal vez, pero el bar debía estar cerrado, porque no recuerdo haber entrado en él sino quedarnos a lo mejor justo en frente, mirando por las ventanas como buenos catetos.

De pronto, nos dimos media vuelta, volvimos a dar otra media vuelta, y nada, no sabíamos que hacer. Era curioso: pasabas una hilera de rascacielos, no muy larga y de pronto te encontrabas en un espacio inhabitado, sin aristas, sin centro. Algo fantástico, naturalmente. Debía haber un río, (¿era el Támesis?, no lo creo) porque sé que después de quedarnos torpemente estáticos, en frente de ese bar sacado de una novela de Dickens, volvimos a cruzar la calle y nos sentamos en el banco de un puerto o algo por el estilo. No sé si delante de nosotros descansaba uno de esos armatostes barcos de carga que parecen siempre oxidados, tal vez.

El agua debía estar sucia. No recuerdo ni siquiera que hubiese agua, tal vez pululaba un líquido ácido, amarillo. Algo fantástico, naturalmente. Estiramos las piernas mi amigo y yo, y no escuchamos nada, lejos ya del ir y venir del área de los rascacielos. Venirse a Canary Wharf.

Sólo mi amigo polaco y unos pocos más, podrían acompañarme en este tipo de viajes con un sentido. Creo que nos miramos en medio de la nada y nos reímos. El escenario. Por los alrededores pasaba poca gente, alguien arrastrando un carrito, una mujer con un bolso verde, un japonés enfadado.

Era imposible conocer a toda esa gente, es sabido. La propia estructura urbana que crea oferta y por ende atrae a millones de personas, aísla al mismo tiempo a la mayoría de paseantes que caminan por Londres. Es así. Y yo lo sabía. Un solitario con necesidades, un misántropo cariñoso. Yo lo sabía. Sólo eso, tan solo eso.

Así que después de hablar de algo, posiblemente un tema existencial, un anhelo, una esperanza, incapaces una vez más de vivir el momento, incapaces una vez más de apreciar toda esa belleza que sólo una constante fuerza de voluntad puede activar, incapaces una vez más de ser felices, incapaces una vez más de disfrutar el instante, incapaces de querernos a nosotros mismos, incapaces de reírnos a carcajadas, incapaces de todo eso, procedimos a levantarnos al poco, con un cierto aire burlesco por aquello de la aventura vacua y tan enriquecedora por cierto.

Recuerdo que el viaje de vuelta en metro fue un poco triste por lo mismo. Por esperar a ese algo. Ese algo que tanto engaña, que tanta fuerza tiene si se la damos. Mi amigo me decía “chulo”, yo estaba cansado, quizás con ganas de parar a todos los que estaban dentro del metro y hablarles de lo mío. Joder. Pero ya sabes que cuando hablas de lo tuyo, cuando crees que alguien tendrá las claves de la vida, sólo te encuentras con más abstracción, el universo, la confusión, y todo lo demás también.

Entonces regresé a casa absurdamente, a una hora no tan absurda porque anochecía, diciéndome que para hacer más absurdo este viaje, tendríamos que haber salido a las tres de la mañana, cuando ya no había metro y por tanto, estaríamos obligados a coger un puto taxi que nos engañaría y nos dejaría sin blanca y estúpidos en medio de Canary Wharf.

Nos plantaríamos en Canary Wharf sin haber cenado, para estar con hambre, y rezaríamos para que lloviese, para estar más jodidos. Y ahí, en ese momento, tal vez me abalanzaría sobre la primera persona que pasase y lo agarraría por la cintura, para decirle completamente empapado y desesperado, “déjame que ocurra, por favor”.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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