Soy liberiana y yo también quiero volar

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¿PUEDO DECIR UNA COSA? Imagínate un aeropuerto. ¿Puedes pensar en un aeropuerto y sentir lo que es? Es un aeropuerto (estornudo ahora) un espacio caleidoscópico, una multiplicación mental, un trampolín neurológico. Y mientras, la escucho. Y mientras facturo, la veo. Veo a Roseline moviéndose rítmicamente, al son de un deseo. Un deseo que viene quizás del fondo de un bosque frondoso, ese que se ve tras los cristales, o un deseo que viene de un corazón, no sé. Porque hace tiempo que ya no entiendo nada. Una vez más.

El aeropuerto. Cuando yo era pequeño y llegaba el verano solía ir con frecuencia al aeropuerto. Allí me bajaba del Honda Civic con mis padres y nos dirigíamos a la sala de llegadas para recibir a los amigos y familiares que llegaban de todos lados dispuestos a disfrutar de las vacaciones. Siempre en la sala de llegadas. Luego se acababa el verano (el verano se acababa) venía Septiembre (venía Septiembre) y las nubes y volvía a subirme en el Honda Civic para acompañar a mis padres y despedir a los mismos amigos o a los mismos familiares que se lo habían pasado bomba en la playa y bajo el sol. Siempre en la sala de llegadas. Escúchame ahora de nuevo: yo, nosotros, no cogíamos tantos aviones.

Los aviones eran para otros, y la mayoría de las visitas al aeropuerto eran para recibir o despedir a alguien que no era yo. Que no era yo. De modo que cuando volvíamos a casa, me inundaba una cierta desazón mezclada con dos cucharadas de sal y una frustración que escarbaba entre los intestinos.

Dentro del Honda Civic, mirando a través de los cristales el mismo paisaje de montañas marrones, mi cabeza (siempre ella) bajaba un telón para presentarme lugares mágicos, misteriosos y desconocidos a los que se dirigían otros. Otros. Pensaba a la noche junto al póster de Cocoon que colgaba en mi habitación y deseaba con todas mis ganas poder sumergirme dentro de ese póster y tener una vida que pudiese contar. Sabes tío, todo eso me pasaba. Todas esas cosas quería hacer.

Desde Cocoon al aeropuerto. El inalcanzable aeropuerto era el lugar de partida, el origen de un código que había que descifrar. No me importaba esperar en el aeropuerto. Me encantaba tomar algo en el aeropuerto. Quería estar en el aeropuerto. Quería estar todo el día en el aeropuerto. Por eso supongo (porque vuelvo a no entender nada) que empecé a decirme a mi mismo, que algún día sería yo el que me dirigiese con asiduidad al aeropuerto y cogería ese avión. Me entiendes, esta vez sería yo el que me marchase a recorrer el mundo y visitase todos los lugares y espacios recónditos que mi mente imaginase. Algún día sería yo el que se marchase y cogería el avión y nadie me lo impediría. Nadie.

En Robertsfield, el aeropuerto de Liberia de cuyo nombre quiero acordarme, Roseline una mujer liberiana y encargada de protocolo está diciendo algo con ritmo y con swing, I tell you, man, that girl is on fire. Roseline, mujer africana que va todos los días al aeropuerto a recibir o a despedir a diplomáticos o personal de las organizaciones internacionales, habla rítmicamente, moviéndose bajo unos ojos entre iluminados y cercenados, posiblemente algo llorosos, un brillo que no acaba de brillar. Y repite, “algún día seré yo la que suba a ese avión y me vaya a Europa, Francia, Finlandia, Bali o donde sea. Veré las pirámides, la Torre Eiffel, New York”.

A mi me acaban de poner el billete en la mano, y mi hombro derecho que ha observado a Roseline un tanto, ¿un tanto qué? ¿apenado? ¿fríamente? ¿falsamente? provoca a mi cerebro y luego a mi boca a decir el, “puedes venirte a España cuando quieras, ya lo sabes”, le digo sin mucho convencimiento, rezumando tópicos y frases hechas, promesas un tanto gaseosas y borrosas. Porque no sé yo si. Ella vendría. Pero en el fondo, ya lo sabes, creo que sí vendría. Porque hace tiempo que entiendo pocas cosas. Y por eso lo creo.

Los deseos venían de antes, de mucho antes. En Navidades (calurosas en Monrovia) ya había sentido (sentir) como Roseline miraba dilatadamente el gesto que consistía en ponerme una chaqueta de cuero negro y una bufanda, listo para el invierno, una vestimenta e indumentaria de otro mundo que ella no podía ver, que aún no podía ver (el Honda Civic) pero que se le insinuaba a diario, que le provocaba todos los días como un caramelo amargo que aparecía y volvía a desaparecer delante de sus ojos. Ya sabes lo que pasaba todos los días. Roseline se bajaba del Nissan Pathfinder con nosotros, Roseline arrastraba alguna maleta como nosotros, Roseline facturaba con nosotros, Roseline entregaba al personal de la compañía aérea nuestros pasaportes por nosotros, Roseline contestaba a las preguntas burocráticas por nosotros, Roseline bromeaba por nosotros y Roseline volvía a sonreír por nosotros.

A continuación nos ayudaba a rellenar los cuestionarios de inmigración y luego seguía caminando rápido, rápido y luego despacio, cada vez más lentamente, hasta que en un momento dado se paraba. Aquí se paraba el mundo. El sueño que duda. Roseline no podía seguir avanzando. Un policía con placa. Era el momento de la cinta transportadora, de las maletas que circulaban lentamente y con ellas nosotros que escoltábamos los bártulos, quitándonos el reloj, el portátil, el cinturón.

Entonces miraba para atrás y veía a Roseline que saludaba tímidamente con la mano, sonriendo desde el límite. Sabes, era una sonrisa buena, amable pero inevitablemente comparativa, porque todos nos comparamos a diario y Roseline sabía que en el avión nos iríamos todos menos ella que volvería a casa en el Nissan Pathfinder, el Honda Civic. Y así, todos los días.

Lo sorprendente era que el rostro de Roseline no transmitiese ni una chispa de frustración, ni una gota de envidia, ni una mota de rabia, sino todo lo contrario. Roseline, la encargada de protocolo nos despedía con el rostro con el que una madre despide a sus hijos. Y ese gesto era sencillamente grande, inalcanzable para tantos. Y luego nosotros despegábamos, nosotros volábamos. Y a mi derecha, en pleno vuelo, no veía a Roseline, pero la imaginaba sentada en los sillones de cuero de la compañía, apretando con curiosidad y un cierto asombro todos los botones del respaldo del asiento delantero en busca de una película, una canción o lo que le apareciese por ahí. Y luego aterrizaríamos en un lugar con sabor a nuevo y Roseline bajaría a tierra, como bajamos todos nosotros. Y luego vería el sol, como lo vemos todos nosotros.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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