¿Qué se puede hacer en Brisbane?

Lo voy a decir: no tengo ganas de hacer turismo en Brisbane. ¿Razones? Ponle que me estoy arrastrando como si fuera un despojo sacado de una máquina del tiempo que lo ha dejado en un sitio tan lejano como Australia. Australia siempre suena a lejos ¿verdad? Estoy a unos 17.000 kilómetros de mi casa. Tampoco es tanto ¿verdad? Pero si pudiese, si pudiese, dormiría todo el día, le daría gusto al atontamiento mezclándome con las tentadoras sábanas del hotel Grand Chancellor. Pero he de salir a la calle, hermano. Estoy en Australia, he de salir. Conmigo llevo la guía de Lonely Planet. Se trata de un tochazo. Seguramente sea una mina de información, un libro repleto de posibilidades, pero me da mucha pereza abrirla. Es tan grande. Y yo estoy tan cansado.

Camino. Sin saber muy bien lo que estoy haciendo, camino y me mezclo por las calles Elizabeth Street, Charlotte Street, Mary Street, ¿dónde voy? ¿importa? La ciudad parece sacada de una división perfecta. Nueve entre tres es igual a tres. Los bancos relucen, dando cobijo a empleados encorbatados y dispuestos en perfectas hileras. Los ordenadores están limpios, las mesas despejadas, los cristales reflejan un movimiento armónico y eficiente. La calle está de lo más animada. Un joven vendedor callejero me pregunta de dónde soy y cuando se lo digo me contesta, “yo he estado allí”. En un centro comercial acabo comiéndome una hamburguesa. No encuentro el Mc Donald’s, sino otro. Quizás sea aquí la primera vez que me encuentro con un papel en el suelo, con restos de helado de chocolate derramado sobre una mesa.

Animación. Mucho movimiento silencioso, sin alma, claras ausencias de carácter, perfecta Brisbane, sincronizada, sin carisma, sin gracia, muy cómoda.

Eso es Brisbane. Y ahora, en medio de Elizabeth Street, me digo a mi mismo que debo abrir la guía de Lonely Planet. Gran pereza, pero la ciudad obliga. Entro en una cafetería con mesas de madera y leo en la guía cosas como que Brisbane en su momento fue un importante centro de esclavitud. Con los ojos dilatados, las pestañas plomizas, paso varias páginas y concluyo que todo está en el río. Al lado del río. Las ciudades siempre florecieron junto a un río ¿verdad? verdad. Sólo entonces descubro que me estaba dirigiendo hacia la dirección equivocada (las divertidas) y rectifico para girar a la derecha buscando el agua. La noche aún no ha aparecido, pero se insinúa.

Sigo caminando en medio de gentes perfectas. En realidad, estoy siendo injusto con la bella Brisbane. Pareciera como si de repente al escribir estas líneas, no me hubiese gustado esta ciudad costera. Mire, Brisbane me gustó, pero digamos que no me la creí. Pero me gustó. Pero no me la creí. Pero me gustó. Me sigo acercando al río y me encuentro con una imponente noria dominando el ambiente. Estoy sobre un puente, con el Brisbane River circulando debajo de mí, y pienso tal vez en mi casa real, a 17.000 kilómetros de distancia, en mis vecinos, me meto en la piel de ellos para decir que en esa casa vive un chico al que nunca vemos, “creo que estuvo en África y ahora se marchó a Oceanía, no sé qué” y me pregunto qué estará pasando ahora en mi calle. A 17.000 kilómetros de distancia.

Sobre el puente me hago una foto. Es mi primera foto en Australia. No ha sido fácil. Mientras me retrataba a mi mismo, me ha dado la sensación de que todo el mundo observaba la operación, mi pose, la cámara, el clic, unos segundos no angustiosos, sino lo anterior, mucho antes. Al cruzar al río, me encuentro con la zona cultural que flanquea toda la ribera. Es el Southbank. Unas niñas que corretean por aquí, se paran para decirme, “hi!”. “Hi”, respondo. Estoy encantado, pero permanezco un tanto suspicaz, como si me encontrase dentro de un programa de televisión sin saberlo, como si millones de espectadores rubios me estuviesen observando ahora a través del principal canal de Australia.

Miro alrededor, buscando tal vez una cámara oculta, buscando un error, una mancha.

Pero lo que me encuentro es con grupos y más grupos corriendo por este paseo que se va llenando de deportistas, parejas y carritos. Es perfecto.

“Pues algo me tendré que montar”, escucho a mi izquierda. Me giro para creer a mis ojos, y me encuentro con un tipo engominado, jersey de lana y móvil en mano. No hay duda: se trata de un ciudadano del Reino de España que ha venido a Brisbane a buscarse la vida. Me sigo cruzando con deportistas y más deportistas, muchos de ellos orientales que se han convertido al “australianismo”, sin ningún rastro de sus culturas orientales milenarias en sus vestimentas, en sus rostros, en sus miradas. No quieren saber nada de Oriente, abrazan Occidente, Australia, los Estados Unidos, porque Brisbane también recuerda mucho al prototipo de ciudad norteamericana. Hace miles de años el objetivo era llegar a Roma, ahora se trata de integrarse en los Estados Unidos y quizás dentro de poco tiempo la meta se llame Beijing.

Al lado del río hay una playa artificial. La ciudad ya se ha llenado de luces, reflejos, cristales, brisa, belleza y un río que refleja el pulso de una fiesta lejana, los latidos de un Brisbane que parece ser consciente de su lejanía, como si supiese que la emoción estuviese en otro lado, como si verdad se creyese la gran mentira cardinal, esa que te susurra que algo más emocionante está pasando, está ocurriendo, pero no aquí, sino en otro lado. En Brisbane.

El autor
Carlos Battaglini

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