Recordando las elecciones presidenciales de Liberia (2) de (5). Primer asalto al poder

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“LOS SUECOS TE ESPERAN EN EL PARKING”, me dijo una voz matinal y resuelta. Bajé las escaleras a toda prisa y cuando salí me encontré con un Toyota Prado ocupado por el embajador de Suecia en Liberia y todo su equipo. Mi nariz esgrimió un leve susurro. Lo confieso, en un principio pensaba que me iba a encontrar incómodo dentro de esta expedición escandinava. Y es que al fin y al cabo me dirigía a la primera vuelta de las elecciones presidenciales liberianas con unos tripulantes pertenecientes a un planeta muy diferente al mío, y algo dentro de mí temía quedarse en claro fuera de juego.

Pero desde la séptima décima de segundo, me sentí sorprendentemente como en casa. Oye, qué maravilla estos suecos. Qué elegancia, qué educación, qué naturalidad, qué civilizados. Nada menos que el embajador al que preveía como un ente frío y distante, me miró de frente ya en la embajada sueca y me habló con una complicidad que uno sólo encuentra en los comunes de la infancia, “nuestra misión es actuar como observadores de esta primera vuelta de las elecciones, y así lo vamos a hacer”, subrayó.

Luego vino Emma aportando sencillez, dulzura y facilidad ¿Y qué me dices de Dolores? Es para enamorarse de esta señora que debe superar las seis décadas de vida, pero aún desprende una inigualable jovialidad, frescura, agilidad: la juventud rebosa por todos sus poros. Allí, en la embajada de Suecia en Monrovia, me sentía como una especie de James Bond al lado de Dolores, que tenía un toque de Moneypenny pero con más rango, un aire de rubia de peli de Hitchcock, enmarcada en esos escenarios tan pacíficos y acogedores del director británico. Y arriba como no, un retrato del rey Gustavo de Suecia ¿se puede pedir más?

Cuando ya estábamos todos reunidos, el embajador y el Chargé d’affaires (otro señor) explicaron brevemente el plan del primer asalto, de donde saldrían los dos candidatos que pelearían por la presidencia liberiana en una segunda y última votación.

Uno de los detalles del programa consistía en cambiarnos de coche con la idea de facilitar la interacción, o como dijo Emma, “para que no nos cansemos de nosotros mismos”. Tras varias pinceladas más al plan, el embajador chascó sus dedos y nos pusimos todos en marcha. Vamos.

Siguiendo indicaciones de la ONU, los coches debían circular despacio, pero nuestros Toyotas Prado no iban despacio sino pisando huevos. Armoniosamente, nos abrimos paso por UN Drive y luego Broad Street, calles que nos iban mostrando ya las maratonianas colas que se estaban formando frente a los centros de votación.

Luego, girando a la izquierda nos adentramos por Bushrod Island rumbo al condado de Bomi, donde ejerceríamos nuestra función de observadores. En Bushrod Island, empezamos a tener problemas. El embajador y yo manteníamos una interesante conversación sobre el invierno, las fiestas y el gris cuando recibimos una llamada que nos obligó a parar. Emma nos informó de que Ingrid (otra sueca miembro del grupo) se sentía indispuesta. Dimos marca atrás y a través de la luna trasera comprobamos como la mujer vomitaba en medio de Bushrod Island, sonrojándose de vergüenza y pidiendo disculpas con la mano extendida a los liberianos que la miraban con pena. Con la mano sobre el estómago cual Napoleón, la chica se metió poco después dentro del Prado que iba detrás nuestra y volvimos a arrancar.

El inicio de un verde frondoso, nos indicó que habíamos llegado a Bomi. El primer centro por visitar era el de Klay. Alrededor de varios edificios desconchados y unas carpas raídas, un gentío discurría en derredor y rebosaba las instalaciones, principalmente los cuartos donde la gente depositaba su voto, parsimonia y pacíficamente.

Era todo un proceso. Primero, el ciudadano liberiano mostraba su tarjeta de identificación, ésta se comprobaba en un ordenador, se le entregaba una papeleta y a continuación el individuo se refugiaba detrás de una cortina donde marcaba con una cruz la casilla de su preferido. El ejercicio finalizaba con el votante introduciendo su papeleta en una urna de plástico. Tardaban unos cinco minutos.

Bajo un aire húmedo y asfixiante, los observadores liberianos y de ECOWAS y otras organizaciones, vigilaban atentamente los pasos de los votantes. Nosotros preguntábamos a los voluntarios si todo iba bien y luego nos quedábamos unos minutos de pie y con expresión circunspecta observando el proceso como policías inofensivos, como los guardias de pueblo.

Cuando parecía que todo se estaba desarrollando de manera correcta, el embajador sueco afirmó con la cabeza y acto seguido dejamos Klay para dirigirnos a Sass Town. En medio de los mangos y la llanura, nos bajamos. Esta vez había mucha menos gente, por lo menos la mitad de la que había en Klay. Yo me metí en todos las cuartos.

En uno de ellos me llamó la atención la manera de “ordenar” las sillas: las habían amontonado en la esquina, sin orden ni concierto hasta formar una montaña de madera anárquica que parecía estar lista para una hoguera inmediata. Mientras tanto, la gente seguía desfilando tranquilamente, esperando y depositando el voto bajo un ambiente de concordia y no exento de sonrisas y calor.

Cada treinta y siete minutos, yo informaba a la organización con un mensaje del tipo, Bomi, Sass Town, 7659, todo bien”. Y este intercambio comunicativo me llegó a recordar a una especie de programa deportivo donde se diera cuenta de los resultados de la jornada. Sí, como un comentarista deportivo que narra el partido, informaba entusiasmado como un niño, “desde Klay sin incidentes, en Sass Town ¡un pequeño escarceo!”, “¡cada vez hay más gente!”.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir Me voy de aquí y Otras hogueras.

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