¿Qué se siente al llegar a Liberia, a África?

Liberia

Los azulejos de granito del aeropuerto de Zaventem de Bruselas son cada vez de un color más extraño. El mármol que voy descubriendo adopta una expresión cada vez más indescifrable. Sobrepaso puertas y más puertas, la 3, la 24, la 55, la 77, la 91… Cada vez hay menos gente por aquí. Y sólo cuando a lo lejos me encuentro con una enorme puerta acristalada flanqueada por dos hombres de uniforme me doy cuenta que me iré a un sitio muy lejano. Que me marcharé a Liberia. Que me marcharé a África.

Las puertas de cristal se han abierto definitivas tras mostrar mi pasaporte y sólo puedo caminar. Al llegar a la puerta de embarque y verme a los pasajeros africanos rezumando un aire nuevo para mí, me pregunto que es lo que hago yo aquí. Me quiero ir. De pronto me quiero ir. Una vez más me lanzaré sobre una sombra desconocida, secreta y en ese instante pienso que tal vez he ido demasiado lejos. Y sin embargo. Camino. Avanzo de manera insegura hacia el mostrador, bacilo ligeramente; hasta que la azafata de Brussels Airlines no me da ninguna opción y me dice suavemente, “buen viaje caballero”.

Camino por un pasillo negro. Y la veo. Esa es la puerta del avión. Entrar en el avión. Entrar en un avión inmenso. Y comenzar a volar. Durante muchas horas. Y saber que te estás marchando para encontrar. Y saber que ese desierto enorme que ahora se extiende allí abajo es el Sáhara.

Y saber que Burkina Faso debe andar por ahí. Al rato descubro una Costa de Marfil verde, frondosa, amenazante. Y sigo bajando hacia Liberia. Respeto, hermano. Respeto. Un código de sentimientos.

Frío. Frío es lo que siento al salir del avión y poner mis pies en el diminuto aeropuerto de Robertsfield. Me habían dicho que iba a ser tanto calor aquí, me habían advertido reiteradamente que rompería a sudar nada más aterrizar en este continente, que sólo siento frío. Caliente es la noche. La noche es fosca, oscura, y al mirar atrás, compruebo la enormidad del avión que me ha traído hasta aquí. Hasta Liberia. Hasta África. Ese avión se marchará. Y yo. Estoy aquí tío, estoy aquí.

Se escuchan voces, gritos, órdenes, ruidos metálicos, fardos, cajas desplazándose… toda una armonía logística. Una obra jamás interpretada. Una obra que se estrena esta noche. Los pasajeros. Van rápido. Todos van rápido. Todos menos yo que muestro una torpeza evidente en este aeropuerto que parece casi de pueblo. Camino a trompicones con mi portátil, creyendo que llevo más de siete maletas encima. Se me cae el pasaporte y de cuclillas envidio la ligereza que muestran mis compañeros de viaje que sonríen.

Mary, una compañera de la organización me dice que por aquí y por fin muestro mis papeles identificativos y se abre una puerta que me presenta a Comfort, una nueva compañera liberiana, encargada de recibir a los nuevos. Comfort me da la mano. Pero me da más que la mano. Es un contacto, un roce diferente al que estoy acostumbrado. Es como si su mano estuviese cubierta de una crema que te impregna calor, cercanía.

Después de recoger mis maletas en una cinta tan minúscula como veloz, salimos afuera y siento frío. Sí, estoy ya totalmente transpirado en sudor. Frío. Voy dentro de un traje, una corbata y una camisa de algodón gris que parecen sacados de una piscina.

Me acerco con Mary al Toyota Prado que nos llevará a Monrovia. Por fin logro deshacerme de mis bártulos con la ayuda de Roland, el chófer. Varios locales tratan de vendernos cigarrillos, chicles, algún pescado hasta que alguien viene derecho hacia mi y me dice en alto, “¡Carlos, fresquita!” y coloca una cerveza Club Beer entre mis dedos. Yo arqueo un tanto mis cejas y luego sonrío para beber la cerveza que purifica mi sedienta garganta. Joao vuelve a reír y me dice que es hora de marcharse con un tono y movimientos de torbellino imparable. Mary, Comfort , Roland y Joao, mis nuevos compañeros.

La noche cada vez es más cerrada y tan solo podemos ver lo que nos permite la luz tímida de los faros delanteros. Por los bordes de la carretera descubro de vez en cuando a gente sin camisa caminando de manera autómata, rozando unos matorrales, una vegetación que intuyo frondosa y que ahora se disfraza de azul marino. A veces también aparece alguna mujer transportando un cubo sobre su cabeza, niños corriendo…

Y yo pienso en la malaria. Pienso en ellas. En las únicas que pueden transmitirte la enfermedad: las mosquitos hembras y enfermas  que ha salido de caza una noche más en busca de sangre. Me aseguro que mis mangas tapan mis muñecas, y no puedo dejar de observar a un mosquito que se ha quedado atrapado en el parabrisas y que trata de meterse en el coche a través del cristal delantero que quizá esté agrietado. Mientras, otros mosquitos se suicidan uno tras de otro, estrompándose frente al cristal y yo pienso que me va a dar la malaria, la malaria colega.

Detrás mía, Joao se lo está pasando en grande con Mary. Aquello es un duelo de carcajadas en la noche. Y de pronto siento que esto no tiene nada que ver con nada, que esto huele sencillamente a perfume de libertad. Fragancia número 0. Y de pronto siento que ahora estoy aquí lejos. En movimiento.

Algunos edificios nos indican al cabo de un rato que hemos llegado a Monrovia. Dos guardas nos abren la puerta del compound de Mary y Joao, situado en el barrio de Sinkor y allí me despido de ellos. Me quedo solo con el Roland y le digo que supongo que sabrá donde vamos, porque lo que es yo… Él sonríe y le da por hablar del coche.

“Está conmigo desde antes de la guerra”, afirma orgulloso.

Avanzamos por Tubman Boulevard, pasamos varios barrios en dirección a Mamba Point; algunos grupos calientan un poco de comida en las esquinas. Diferentes sombras se nos cruzan casi de manera imperceptible. Más adelante paramos en una esquina y se sube un nuevo compañero, Josep que me da la mano. Al rato estoy en su casa, una casa grande frente a Waterside donde vienen a romper las olas. Josep está en frente mía, me ha ofrecido una Club Beer y yo pienso que todo esto no puede ser verdad. ¿Qué hago en este caserón en medio de África? Aquí, cubriéndome de silencio y respirando un olor. Un olor.

Josep se levanta para abrir la puerta de la terraza y yo grito en mi interior ¡No! ¡los mosquitos! Y Josep apoya su barbilla sobre su brazo para observar una vez más el mar. Ahí debe estar West Point, el Atlántico. Tardo un poco en incorporarme. Compruebo mis mangas, me alargo el traje. Josep se retira y me dice al poco, “Ya”. Es cuando considera que mi cuarto está lo suficientemente frío para ahuyentar a los mosquitos. Al cabo de unos minutos estoy tendido sobre una cama escuchando las olas revueltas bajo la brisa de un sutil aire acondicionado. Esta noche. Duermo en Liberia. Duermo en África.

El autor
Carlos Battaglini

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