Y un día me fui al terreno liberiano (6) de (9) El riachuelo escupe aguas marrones y grises

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Clic, clic. Nos hacemos varias fotos con la gente de la organización y todo el pueblo. Esas fotos inmortalizan un gran momento. Luego nos ponemos en marcha para ver las plantaciones de casava a las afueras de Bounaldine. Caminamos y caminamos. Caminamos y caminamos en medio de árboles frondosos que de vez en cuando tratan de introducirte un trozo de rama en el ojo, arañarte los muslos, sacarte sangre.

Caminamos, caminamos, en medio del verde y verde y a veces sobre un camino de tierra. Y en un momento dado, nos plantamos frente a un riachuelo que divide la tierra. La tierra se parte aquí en dos. La única forma de atravesar el riachuelo es pasando sobre un tronco inconsistente.

“Ahora estoy pensando en mi madre”, dice André. La gente del pueblo nos alcanzan varios palos muy delgados que nos sirven a modo de pértigas para mantener el equilibrio. Abajo, uno de los africanos se ha tirado al riachuelo que escupe aguas marrones y grises, ocultando probablemente una curiosa fauna acuática en su interior. El africano se ha tirado para ayudarnos a pasar, y su asistencia es decisiva. Sin él, más de uno caería.

No me resulta fácil, pero acabo pasando al otro lado. Seguimos caminando, caminando y siento una vez más que estoy dirigido por una especie de euforia que me impide parar, frenarme, camino lleno de entusiasmo, vamos otra vez, sigamos. Los de la organización me ponen caras para que pare ya, pero yo quiero ver una plantación más de casava, otra. Y toda la marabunta se vuelve a poner en marcha. Cuando llegamos a una nueva plantación, me adentro en una especie de vericueto. Sólo me sigue el malo, un poco pesao ya, que vuelve a insistirme con un negocio y otras historias.

Sólo descubro que estoy destrozado cuando regresamos en el coche, en el Hilux marrón. Bromeo con André mientras vamos regresando a Gbarnga en medio del barro, del rojo, del yo qué sé. El coche se nos ha calado varias veces ya, claro.

En medio de la lluvia, no es la primera vez que el chófer (un auténtico mecánico) se ha bajado y no sé lo que ha hecho aquí y allá con una dudosa llave inglesa, pero el Hilux ha vuelto a ponerse en marcha. A pesar de los percances y de la vida, el regreso es plácido, sumergido en un agotamiento armonioso.

En realidad no quiero regresar a Gbarnga. En realidad no quiero volver nunca a ningún sitio. En realidad sólo quiero estar dentro de este coche todo el rato, todo el día, toda la vida. André se revela como un auténtico devorador de libros y me habla del escritor marfileño, Ahmadou Kourouma. “Escribió pocos libros, pero los que escribió…” Todo es tranquilidad en el regreso. No quiero volver.

A la noche en Hilltop hotel, me siento “europeo” y “blanquito” en todo el viaje por primera vez. Ocurre cuando me presento a la hora de cenar. Mi pelo, mi ropa, no pertenecen de pronto a este ambiente. Algo así. Ceno solo y no puedo evitar fijarme en la gente del restaurante y en concreto en el grupo de blancos que está a mi izquierda.

Hay ahí una mujer enérgica, entusiasmada, contando algo, una idea, un proyecto, levantando las manos ¡YES, WE CAN!. Luego hay un tipo de pelo blanco que tiene la cara de la antipatía. También hay dos chicas jóvenes. Chicas jóvenes.

Una de ellas sigue el rollo de la jefa, se emociona al unísono y la otra bueno, de vez en cuando apoya pero con una cierta moderación.

Y luego hay un quinto, el único liberiano de la mesa que está despatarrado en una silla consultando el móvil. Amigo de la desorientación. Porque cuando la gente está muy perdida, le da por ver el móvil obsesivamente. Y a darle a los botoncitos.

Este liberiano, en resumidas cuentas, no tiene ni idea de lo que están hablando el resto de los comensales, y además se la trae al pairo. Y vuelve a leer un mensajito que le enviaron hace unos días, y que tanta ilusión le hace.  Y luego lee otro y otro. ¡Eso es! vuelve a gritar la mujer blanca a los pocos minutos.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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