Gente con gente

Todavía no tengo claro si me gusta la gente o no. He soñado (más bien deseado) muchas veces que salía a la calle y no había nadie. Que ahí fuera se desarrollaba el carnaval de la ausencia, el ritmo de la devastación, el paseo del superviviente. Y me gustaba.

Durante un tiempo, muchas veces, no quise, no quiero, saber nada de nadie. Deseé, deseo, tener unas gafas de sol desde las cuales podría ver, pero sería imposible que nadie me viese. No quería saludar, seguía mi camino. Y me gustaba.

Y ahora, cuando el trabajo me ha permitido un descanso, he vuelto a ser curioso. Me he parado un momento a ver. He recuperado el olfato de la calle, escucho voces, me dejo disparar por el sol, necesito un ron, quiero fumar de vez en cuando, bailar, dar gritos, perderme en la noche, en la euforia del estribillo, repetirlo en alto a viva voz. Cerrando los ojos.

Y ahora, hablo con todo el mundo. En las farmacias discurro con una señora suiza que apenas sabe decir tres palabras en inglés, escucho a los demás, sabiendo que casi nadie escucha, que casi nadie recibe tu mensaje al 100%, que casi todos volamos en proyectos, facturas, citas, malas caras, instintos, una ilusión, lo mío, euros.

Y ahora, quiero hablar, quiero relacionarme, preguntar otra vez. Interesarme por el oxígeno, el hidrógeno, tan solo pidiendo que la realidad se deje emborrachar por mi adrenalina, que la realidad me haga una mueca, me acompañe, y que no me toque con su mano fría, su despertador, sus llaves, el café con leche. Quiero la fiesta, alegrías, hablar, tocar, abrazar, invitar, desahogarme.

No, sí, soy un tipo de escritor misántropo. Va por rachas. Tres ya son mayoría, demasiada gente para mí. Me gusta hablar, disfruto con cierta gente. Al parecer, la realidad la construye nuestro cerebro, todo lo demás son interpretaciones. Al parecer.

Y ahora, he vuelto a ojear las agendas. Busco gente, rechazo a gente, busco la euforia, el hedonismo, el aprovechamiento del día, la producción laboral, artística, deportiva. Salir, he vuelto a salir. He dejado las alcantarillas, he asomado la cabeza. Todo sigue igual, nada es igual.

Vivo en un sitio pequeño. Salir está bien, siempre hay que salir, supongo. Algo así. Vivo en un sitio pequeño donde encontrarse es lo normal, donde los ves a todos menos a ella. A ella es difícil verla, a mí me es casi imposible. Soy el Guadiana, aparezco, me voy, reaparezco cuando menos te lo esperas. Vivo en un sitio pequeño, donde cada vez que sales, te cruzas con un rostro mediocre, un complejo, algo infantil.

Es inevitable no cruzarse con la torpeza, el retraso, la etiqueta, los paletos. Ese es uno de los contras de salir: que siempre hay un gilipollas. El refugio protege tu sensibilidad. En casa me siento seguro, nadie me ataca.

Pero cuando pasa un tiempo, escasos días, quiero visitar el aire, pisar las calles, saludar a alguien, recordar que siempre hay algo fantástico, que siempre sucede algo, que hay gente al otro lado, que hay gente al otro lado. Es cuando me siento inseguro, sobre todo al principio, como si estuviera desfilando en una pasarela universal, como si anduviera desnudo, como si millones de ojos se posasen en mí. Así me siento a veces al salir.

Temor ante el círculo de la rutina, miedo a dar vueltas sin progresar, pánico a la parálisis, preocupación por la inadaptación, intentando adelantar, tratando de encontrar mi sitio, una vez más. Así estoy yo, más o menos.

Y quiero decir que. Cuando a uno le falta algo esencial, parece que cojea. Salud, dinero y amor. Da la impresión de que te falta algo vital, un riñón, un pulmón, unos dedos. Y recuerdas lo de disfrutar el presente, fijarte en los detalles, dar gracias por lo que tienes.

Y sin embargo a mi me falta un algo, cojeo ligeramente. La eterna utopía me ha vuelto a engañar, me ha besado otra vez y luego se ha ido corriendo, dejándome tan solo ver un halo de su rostro, una puerta llamando a la posibilidad, un veneno llamado felicidad.

Salud, dinero y amor. Algo de eso hay. De ahí que a veces uno cojee, que le falte algo, o algos. Siempre hay alguien peor, no estamos tan mal ni mucho menos. Al parecer. Me gustaría estar tranquilo, realizado, y entonces me daría miedo de que todo rodase tan bien. Sería otro tipo de cojeo probablemente. Ay…

Hace frío en mi cuarto. Discrepo con Huxley, no creo que para escribir mejor convenga un mal tiempo. Soy bastante normal, al parecer, prefiero el sol, la compañía, la quiero a ella, y aún así, seguiría cojeando. Y viejo ya, descubres que cojear no está tan mal porque te obliga a no cojear. Que la tristeza no está tan mal, porque te obliga a moverte, cambiar.

Deseo que pase algo grande de una vez. Y mientras tanto, también salgo, me mezclo, sabiendo en el fondo que no tengo remedio, que volveré a refugiarme, a buscar cobijo, a abrazarme en los brazos de la soledad, tan tierna y templada.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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