Cuando buscaba trabajo

trabajo

La llamada me la habían hecho el Jueves pasado: Una simpática voz de mujer inglesa me espetó, “Carlos Battaglini queremos verte mañana”. Bueno, seguía intentando cambiar de curro y esta podía ser una buena oportunidad. Vale, el puesto parecía muy administrativo, de oficineo y tal, pero nunca se sabe. El Onassis empezó lavando platos…

Me levanto a las 6.45 (dolor) desayuno y me afeito en un santiamén. Me pongo mi mejor traje y tiro para una entrevista de curro. One more. Esta vez va de “Financial”. Pues vale. Me bajo en un pueblo perdido de Francia, no muy lejos de París. Tuve suerte: el tipo al que le pregunté la dirección también iba para allá.  Se trataba de un inglés bastante simpático. Hablamos de la búsqueda de curro y tal.

Me presento en el edificio. Huele a empresa, a moqueta, a corporativismo, a corbata, a rapidez. Subo un par de plantas y una gordita morena me sonríe y me abre una puerta. “Espere aquí señor”. Miro el panorama: todo son mujeres menos yo. Todas tienen pinta de ser fanáticas de un programa de María Teresa Campos.

Nadie habla. Yo suelto, “¿Alguien sabe de que va esto?”. Una galesa se desmelena un poco y dice que ni idea, una rumana tampoco sabe nada. La negrita que está a mi izquierda se encoge de hombros. Por fin llega un tipo de corbata verdosa y se presenta, “Me llamo Green, Peter Green, pero podéis llamarme Pete”.

Entra más gente de corbata. Ofrecen dulces y bebidas. Todo el mundo es encantador, te sonríen, te ofrecen agua, te colocan la chaqueta.

Pete empieza a hablar. Su acento inglés es impecable. Todo un gentleman. Yo lo miro súper interesado. El resto también. Ya se sabe, dando imagen de seguridad: manos encima de la mesa, mirada fija. Pete se dirige a la pizarra y saca un rotulador negro y otro verde. Dibuja un muñeco sonriente. Todo es tan tierno. Los seis gilipollas miramos a Pete. Pete no para de escribir números, de garabatear la pizarra. Una mujer eslava que entró después mira la pizarra como si intentase interpretar un cuadro de Kandinsky, o una frase de Spinoza

Yo me cruzo de manos y sigo mirando a Pete, atento. Pete sabe donde hacer mayor hincapié. Sus inflexiones semieufóricas se elevan al hablarnos de un contrato de mierda. “That’s a lot a of money”, nos dice abriendo más los ojos. Luego nos explica un rollo genial sobre lo que cobraríamos, y al final, nos suelta la palabra mágica, “Contract”.  Pete nos dice que esta tarde, los elegidos, serán telefoneados. Dice que no exagera: muchos de vosotros vais a ganar mucho, mucho dinero.

La gorda de la entrada asiente y Pete le dice que cuente su experiencia. “Desde el principio todo fue increíble, ahora me acabo de comprar una casa. Y es muy fácil”. Empieza la ronda de presentaciones. Se ve que todas son soñadoras, de las de Otro mundo es posible. Empieza la eslava, “Quiero ganar el máximo de dinero en el menor tiempo posible”.

Sigue la rumana, “Me estoy comprando una casa y…”.  Llega mi turno. Sonrío como un niño con una pelota. “Bueno, yo…” y resumo mi CV “social”, ideal para esta empresa. Porque sin darme cuenta, mandé a esta empresa de tiburones ¡el mismo palique que había mandado a las ONGs! Acababa la carta de motivación diciendo algo así, “ustedes como yo que están comprometidos contra el sufrimiento  y las injusticias”… Puedes reírte. Es para eso. Lo gracioso es que me llamaron.

Pete vuelve a hablar, encantador. Parece que se dirige a sus hijos. Creo que ya se me está notando: le estoy llamando hijo de puta con mis ojos. Nos miramos, lenguaje visual y tal. Pete me vuelve a mirar.

Yo estoy pensando que es un puto racista que nos quiere explotar, machacar, que nos quiere sacar hasta el último riñón, que si no conseguimos clientes no sólo no nos pagará sino que nos pateará el culo…

Pero Pete es muy tierno. Cuando quiere tomar aire, mira de refilón la ventana y adopta una expresión de buenazo, de perro labrador que te encuentras en algún parque. El hijo de perra lo tiene todo estudiado. Yo le vuelvo a decir hijo de puta a él y a toda esta puta empresa, y a toda esta mierda, a esta farsa. Que yo ya trabajé en Londres cabrones, os conozco.

La negra me mira y me sonríe. Creo que pensamos lo mismo. Pete acaba la charla y sólo le falta acariciarnos. La rumana me dice que la lleve en mi coche. Yo (a pesar de que está “polvable”) le digo que vine en tren. Coche, dice. Se va con la galesa. La eslava nos lleva a la negrita y a mí a la estación, perdidos. Nos quedamos solos. Hace un frío que te cagas.

Por fin llega el tren y nos sentamos juntos. La negrita observa detenidamente mis guantes Prada, mi bufanda de pijo. Me siento rico al lado de ella, como de la Moraleja más absurda. Me cuenta. Duerme dos horas al día, trabaja en una estación de trenes de dos de la mañana a diez. Luego estudia. “I need money”, me dice casi llorando. La miro y egoístamente pienso en hace un año, o el pasado fin de semana, rodeado de la crème de Europa, de cerebritos, de ambiciosos. Ah, la vida.

Me cuenta que es nigeriana y que Movistar la estafó una vez. Me cuenta también que una vez la llamaron por teléfono y alguien le dijo que su marido y ella habían ganado un viaje a las Maldivas, que sólo había que dar el número de cuenta. Lo dio… Pero coño, ¿cómo te puedes fiar de eso, joder? Y lo de Movistar ¿Por qué no vas a la oficina del consumidor?, intervengo indignado. Ella no sabe ni lo que es eso. No ha estudiado, no sabe nada. Sólo sabe que quiere comer. Pienso en Pete y tengo ganas de romperle la cara de una patada, de explotarle los huevos y lanzarlos a la Revolución del 17. Pero no nos pongamos demasiado rojeras.

El tren llega a París. La negrita se baja en una estación anterior a la mía. Me da la mano, nos miramos a los ojos. “Suerte”, le digo. Pero como no sé si me ha escuchado, le repito, “suerte”. “Thank you”, llego a escuchar tímidamente. El tren arranca hasta que me deja cerca de casa. Por el camino suena el móvil: de nuevo la voz de mujer inglesa encantadora. “Carlos, no te hemos elegido, pero mantenemos tu CV.

Es realmente impresionante”. “Es una lástima, digo yo: lo iba a dar todo, todo, todo por esta empresa. Me habían convencido. ¿Dónde mejor iba a estar que bajo el mando de Pete”. La voz encantadora, se calla o no sé, sale un ruido un tanto extraño. Ah, como me encanta el olor a capitalismo salvaje por las mañanas.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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