¿Qué fue lo que pasó cuando entré en el barrio más peligroso de Papúa Nueva Guinea?

papúa nueva guinea

Decía el otro día en el post Hanuabada, el barrio más peligroso de Papúa Nueva Guinea que me había adentrado en este barrio prohibido para todo aquel que no haya nacido en Papúa Nueva Guinea. Conté hasta el encuentro con Christine, pero ¿qué fue lo que pasó a continuación? Podría simplemente mirar las fotos y recordar aquella travesía por un territorio inhóspito, pero no lo haré.

En su lugar, recurriré a la memoria. Ahora, en frente del ordenador, mientras el mes de diciembre se ha posado un año más en mi vida para recordarme que esto de la vida va más o menos deprisilla y que por ello hay que hacer lo que uno está destinado a hacer en el periplo vital; recuerdo que me adentré con Nancy por Hanuabada.

Los nervios de los primeros momentos, la tensión, habían cedido a una sensación más placentera, fruto de las sonrisas recibidas por la mayoría de los pobladores de este barrio de Port Moresby. Era Nancy la que se desenvolvía con más naturalidad en medio de este ambiente ruidoso y seguramente imprevisible… Nancy se adentraba con una sonrisa, tomaba a los niños en peso, saludaba con la mano a los vendedores de bettle-nut (esa nuez que “coloca” a los papús y les pone la boca roja) y pedía una foto con la gente, una foto a la que yo me incorporaba cuando podía. En medio de unas casas de maderas sostenidas por unos gruesos pilotes que las mantenían en alto sobre el mar, familias enteras nos salían al paso con una media sonrisa que en realidad era entera.

Gracias a Nancy yo empezaba a saludar con confianza, a bromear, a levantar mi dedo pulgar, un gesto absurdo que siempre me ayuda a progresar, a integrarme dentro de las masas, allá donde me encuentre.

Hanuabada era ruido y fiesta. Sencillamente. Te adentrabas a través de caminos de tierra, polvorientos, ofreciéndote gente, coches desguazados. Te cruzabas con niños que te salían al paso gritando de alegría, congregándose súbitamente alrededor de mi cámara fotográfica. Era así, la posibilidad de una foto provocaba la reunión de las masas, la posibilidad del gentío, la excusa para el grito, la euforia, el uso de la adrenalina, el delirio. Nancy y yo progresábamos en medio de un concierto de voces, subiendo ahora una cuestita que nos transportó a un partido de cricket. Así, de repente, zas, en todo el alma. Un partido de cricket fabuloso. Las improvisadas y desgastadas gradas se encontraban abarrotadas, el marcador se caía a pedazos, pero aun así, uno podía enterarse de quien iba ganando, quien era el perdedor, ese perdedor que al final acaba ganando en la vida…

Todo era expectación y juego alrededor del bateador que había lanzado la pelota en algún lugar de la polvorienta tierra. De nuevo volvió a ocurrir. Saqué la cámara, la Canon G12 y el público loco se desmanteló para posarse informe y caótico en frente de mi objetivo. Tick, tack, foto aquí, foto allá. La bacanal.

Nancy y yo volvimos a bajar, volvimos a rozar las casas de madera sobre los pilotes y esta vez nos adentramos por uno de los pasillos de madera que conducen al mar, a la laguna, a la brisa. En medio de este pasillo, surgían familias, puestos de buai (que es como los locales denominan al bettle-nut) y ultramarinos pero también de todo tipo de cachivaches.

Una niña con los labios pintados de rojo bajaba la cabeza cada vez que me acercaba a ella y la apuntaba con mi cámara. Cuando me alejaba, volvía a levantar la testa, vivía, cuando me daba la vuelta para intentar de nuevo sacarle una foto, volvía a bajar la cabeza, quería que me fuera de allí, que desapareciese. Yo también quiero desaparecer, a veces.

Nancy y yo seguíamos progresando, nos llegaban los sabores del mar, de la sal, ganábamos más pasillo hasta que una mujer nos dijo que no siguiésemos avanzando. “¿Por qué?”, preguntó Nancy, o tal vez fui yo el cuestionador. “Porque más allá, hay gente, gente que os puede meter en problemas” Em tasol (que es como los locales dicen “eso es todo”)

El corazón empezó a latir con más fuerza de lo que le hubiese gustado. Aunque al corazón a veces le va esta marcha. Nancy y yo nos quedamos un poco bloqueados y decidimos volver sobre nuestros pasos. Cuando regresábamos, nos metimos sin querer en un cuarto derruido donde sobrevivía un sofá masacrado, y una mujer al lado de un anciano ausente pero con brillo. El anciano parecía que tenía agua en los ojos, unos ojos que se le dilataban.

“Es una de las personas más ancianas del barrio”, dijo la mujer. Les pedí permiso para fotografiarles, posaron con dignidad, como siempre.

Nancy y yo salimos del cuarto y volvimos a recorrer el pasillo de madera buscando ahora salir del barrio. No nos costó mucho encontrar mi coche. La gente nos escoltaba, nos pedía más fotos, nos sonreía, nos abrazaba. Dentro del coche miré a Nancy y le dije, “así que esto era Hanuabada, el barrio más pobre de Port Moresby”.

¿Y tú lector? ¿Has tenido alguna vez una experiencia parecida en un “barrio prohibido”?

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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