Viaje a Madrid (6) de (7) “Marchas que no acaban de salir bien”

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Pronto, Josu, se puso a hablar con la polaca. Yo me quedé dentro con mi amiga y la francesa. Mi amiga estaba cansada y estaba cortando un poco el rollo. Yo tampoco estaba muy animado que digamos. Probablemente un tanto bajo de forma, nocturnamente hablando. Recordé que en Madrid, sí, vale, hay una oferta nocturna impresionante. Pero tiene truco: el 90% es una oferta basura. Una marcha de música chabacana, garrafón y gentío ensardinado. Eso es el 90%. El otro 10%, locales de jazz, rincones ocultos y todo eso, hay que descubrirlos y llegar con tiempo, otherwise, te quedas de pie, ves poco, y es un coñazo. No sé.

Pocas cosas me dan más tristeza que las inmediaciones de la Plaza Santa Ana, en medio de la marcha, cuando todas las calles están atestadas de niñatos bebidos, gritando por las calles, haciendo el burro, y todos bailando al son de la marcha basura.

No sé por qué, cuando veo esto, me da una sensación de frío, de lejanía, de invierno frío, de desamor, de distancia, de lloro. No sé por qué.

La marcha con las pibas no fue para tirar cohetes. Mi amiga volvió a cortar el rollo, diciendo que estaba cansada, cuando el resto comenzábamos a entrar en un proceso erótico, lascivo y cósmico. Al día siguiente, salí de mi casa, de nuevo a la deriva y sin ganas de ver a mucha gente. Me acerqué a una tienda de cómics, cerca de la Plaza del 2 de Mayo. Buscaba a Frank Miller, Robert Crumb, Harvey Pekar, Hernán Migoya. Los encontré a todos, menos a Migoya y su “Arsesino: de terrorista a Rey de España”.

Sabes, a veces, paseando por Madrid, me apetecía volver a casa. Regresar a las comodidades, la camita hecha, la comida calentita, la comodidad, el confort, pero ahora que quedaba poco para mi marcha, me entraba una pena crónica. De pronto pensé en pasados amores  frustrados. Una brasileña, una checa… No sé por qué, a veces pienso en alguien y aparece a los pocos minutos u horas. Cuando pienso en ellas, no aparecen nunca.

Me llevé los cómics a casa. Esa misma noche, todos los cómics, además del libro de Teller y los libros de la oposición, sufrieron un ataque canino. El mayor de los perros, se había quedado fuera de la jaula y se había dirigido a mi cuarto a destrozar todo lo que encontraba a su paso. Cuál Atila, mordisqueó todo lo que pudo.

Al llegar a casa, como dirían los cursis, una sensación de amargura, me inundó. Era una impotencia que te cagas: verte los libros recién comprados, despedazados. Sin embargo, fue asombroso: el libro de Teller estaba herido, fue el más damnificado, pero sobrevivió: el texto intacto. Los cómics, con algunos rasguños, habían ido a parar milagrosamente debajo del sillón, incansable para el devorador canino. Los libros de la oposición intactos. La vida es un milagro.

Volví a quedar con las chicas. Esta vez, la polaca no se vino. Algo olía mal en Dinamarca. Mi amiga me lo dijo el último día, “no nos llevamos muy bien.

Ella es triste, muy triste. Y siempre quiere bailar. Y siempre quiere que vayamos con ella. Y siempre quiere que bailemos las tres, todo el rato”. Todo empezó bien. Nos fuimos a un bar con un gracioso nombre, buen bar. Mi amiga siguió cortando el rollo como la noche anterior: justo cuando me acababa de pedir un ron, me soltó, “no hemos comido”. No te jode. Al principio me jodió, pero luego, teniendo en cuenta que la puta copa me había costado ocho euros, decidí recostarme en los sillones y ponerme a hablar con la francesa a la vez que ingería el ron a cámara lenta. A mi izquierda, mi amiga tenía cara de culo, una mirada boicoteadora total. Yo seguí hablando con la francesa. Todo iba bien.

Por fin me acabé la copa y las acompañé a comer. Una tortilla española y calamares. Vale. Allí íbamos bien: la cerveza entraba, había una cierta chispa en el ambiente. La francesa de pronto dice, “hay una fiesta en esta calle, podemos ir”. “Bien, conozco esa calle, digo, vamos”. Fuera, hacía un frío que te cagas, y yo con pantalones de lino. Así que les dije a las chicas que por favor, caminásemos rápido. Pero ellas iban a paso de tortuga. Por tanto, decidí adelantarme.

Iba como una bala. De vez en cuando miraba para atrás, pero cada vez las veía más lejos. Me estaba cabreando mucho. Cuando me alcanzaron, al cabo de un buen rato, les recriminé. Fui borde, lo sé, soy un pésimo anfitrión. Tocamos la puerta donde se suponía que había una fiesta, pero nadie respondió. Era evidente que allí no había nada. Ahí se acabó la noche. La caminata nocturna a ras del frío, más la ausencia de fiesta, fastidiaron la noche.

Lo intentamos en el Cats, por Moncloa. Pero yo llegué tan cabreado por la lentitud de mis amigas, que cuando me acerqué a los porteros, sólo destilaba mal rollo. Ellos lo percibieron y nos quisieron cobrar 10 euros. Y una mierda. Media vuelta, taxi y buenas noches. Joder, lo sentía por mi amiga sobre todo. Yo había estado un poco borde y pedí disculpas al día siguiente, sms mediante.

El autor
Carlos Battaglini

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