Todos somos un poco pesados

Steve-Jobs

Hay una palabrita mágica en la lengua castellana. Una palabrita que tiene difícil traducción en otras lenguas, como la inglesa, la francesa o el serbo-croata. Sí, me refiero a la palabra “pesado” o “pesada”. Ese adjetivo que tanto fastidia en España y Latinoamérica a los que lo reciben. “Eres un pesado”, frase lacerante ésta. A nadie le gusta que le llamen pesado y menos plasta.

Pero mucho ojo querido lector pesado: ser pesado tiene mucha más miga de lo que puedas pensar. Porque basta preguntarse ¿Qué es ser pesado? para entrar en el resbaladizo mundo de relatividad y el crimen. Y es que ser pesado es un ‘delito’ que no está tipificado en ningún código civil (aunque tal vez algún que otro caso debería estar registrado en el penal). En suma, no hay una clara descripción del mismo.

Esto lo convierte en un delito peligrosísimo porque depende de la subjetividad de la gente. Y la gente es maravillosa, como todos sabemos. De manera que cualquiera puede acusarte de pesado sin ningún tipo de justificante legal, y quedarse tan pancho. Así de sencillo.  En cualquier caso, tipificado o no, el imponderable e inescrutable mundo de la subjetividad, hace que convivamos con decenas, centenares, miles, millones de pesados en el planeta tierra, cuando no estamos ejerciendo nosotros mismos el acto de la pesadez.

Pesado es el político, pesada es la vecina del cuarto, pesada es la suegra, pesado es el jefe, pesada es la que protesta en el cajero, la administración es pesada, los papeles del coche son pesados, un baño ocupado es muy pesado, Salva Diez era muy pesado, Tom Hanks es un plasta, Billy Crystal es otro plasta, Hugo Chávez era pesadísimo. Y tantos y tantos otros… 

Pero veamos una cosa, ¿es tan malo ser pesado? Pues depende. Parece que cuando la pesadez persigue un objetivo y va acompañada de un esfuerzo constante, se convierte en tesón, tenacidad, ergo: éxito. Entonces la pesadez se convierte en buena. Rafa Nadal, por ejemplo, es un pesado en el buen sentido de la palabra.

Uno puede tirarle bolas una tras de otra, que no sólo te las va a contestar, sino que además te va a hacer muchos puntos y por supuesto es muy probable que te gane el partido y te levante el puño encima de tus narices.

Posiblemente, el problema (el agravante) se produce cuando la pesadez salpica a un tercero, a más gente, cuando interrumpes su libertad y el libre derecho a decidir. Siguiendo con el deporte, ¿había alguien más pesado que Drazen Petrovic? Petrovic no sólo agotaba a sus rivales (como puede ser el caso de Nadal) sino también a sus propios compañeros, a su propio club. Si no que se lo pregunten al bueno de Clifford Luyk que tenía que quedarse todos los días después de los entrenamientos con el genio de Sibenik, horas y horas pasándole bolas y bolas para que éste lanzase miles de veces a canasta, mientras los compañeros del croata habían dejado las instalaciones hacía ya una buenas horas.

Steve Jobs era otro pesado. El creador de Apple exigía al máximo, hasta al paroxismo a todos los que le rodeaban. La mayoría estaban hartos de él. Hoy en día sabemos que sin la pesadez de Jobs no existirían los iphones o los Mac y tantas otras innovaciones tecnológicas. Por tanto cuando la pesadez confluye con el tesón, se producen resultados sorprendentes.

Hay miles, millones de ejemplos de tesón, de constancia, de esfuerzo que han conducido al éxito. Ser un escritor con mayúsculas, no es más que otro ejemplo al respecto: para llegar hay que atravesar una larga y espinosa senda, un abismo como dice Seth Godin. En realidad, la conclusión es tan sencilla como milenaria: o te esfuerzas mucho o no llegarás a triunfar de verdad. Así vemos, que la pesadez combinada con el esfuerzo, da lugar al tesón y por tanto a unas consecuencias positivas (aunque pueda tener unos efectos colaterales negativos).

Como estamos viendo, la pesadez constituye un vasto mundo, repleto de variantes y posibilidades, a veces positivas, a veces negativas. Centrémonos ahora en una pesadez más negativa. A la hora de ligar por ejemplo. Aquí cada maestrillo tiene su librillo. Unos prefieren hacerse los interesantes, dar caña, pero otros muchos son más de insistir e insistir. La famosa frase de “el que la sigue la consigue”, ha ayudado a mucha gente a no decaer en la búsqueda de sus sueños, pero por otro lado, también ha arrojado a millones de personas a perseguir metas  definitivamente erróneas.

¿Cuál sería el punto medio? Los ligones advierten del peligro de convertirse en un pesado, literalmente: en un plasta. En el caso del hombre. Uno puede empezar a llamar y enviar mensajitos a la fémina, que cumpliendo su papel (de hueso duro de roer) se hace muchas veces de rogar y da largas, unas largas que a veces esconden algunas esperanzas y otras no.

¿Qué hacer en estas situaciones? Muchos dirán que hay que dejarlo, a otra cosa mariposa, otros dirán que no abandones, que no te rindas, que el que la sigue la consigue. Lo cierto es que hay centenares, miles, millones de ejemplos de pesados que se han llevado el gato el agua a base de dar el coñazo. Desde fuera, uno ve al “pesado” de turno, insistiendo e insistiendo y diciéndose a sí mismo, “pero qué pesado, ¿pero es que no ve que la tía pasa?”. Y luego, al cabo de unos meses observamos al pesado en cuestión de manos con la chica y compartiendo un helado.

Entonces, ¿ser plasta es bueno o malo? Son los misterios sin resolver del infinito mundo de la pesadez.

¿Y tú lector, lectora? ¿te han llamado pesado, pesada alguna vez?

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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