‘Cambio de guardia’, de Juan Ramón Ribeyro

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BAJARSE DE UN TREN EN AMBERES. Refugiarse en un hotel de una estrella. Escribir, escribir y escribir. Pasar desapercibido hasta donde nunca pasa nada. Marcharse sin dejar rastro. Apartar los focos, huir de las fotografías, esconderse de la gloria, escupir a la fama, estar sin estar, hacerse de una maldita vez, invisible. Es Julio Ramón Ribeyro, autor de Cambio de Guardia.

Todo empezó en Madrid, una tarde en el Círculo de Bellas Artes. En frente de mí, tres escritores peruanos debatían sobre la literatura actual de ese país. Que Mario Vargas Llosa es un gigante de las letras, nadie lo discutió. Que Vargas ocupará el pasado, presente y futuro de la novela peruana y mundial durante siglos, nadie lo discutió.

Pero había más gente. Los ocultos, los que nunca hablan. Siempre me interesó el laberinto. De ahí Ribeyro. El escritor del centro, el más joven, destacó divertido la prosa directa de Ribeyro. Su mirada levantó un telón desconocido, un escenario de oportunidades. El resto afirmó al unísono con la cabeza. Me bastó.

Y todo siguió en Madrid. Concretamente en la Gran Vía, ese intento de New York, tras derribar 17 calles. De modo que entré en La Casa del Libro y me hice con la primera novela de Ribeyro que encontré, Cambio de Guardia.

Y todo continuó en una isla, un verano. Allí fue donde me sumergí en esta obra coral que descubría las historias, los avatares de diferentes seres de distinta condición social de Perú. Todos respirando bajo la sombra de un golpe de estado: desde unos jóvenes izquierdistas, pasando por un cura sospechoso, y siguiendo con unos militares megalómanos, un ingenuo director de periódico, una chilena a sueldo, un segurita que habla con los niños, un negro acusado de asesinato, torturadores, un juez vicioso, un rico tratando de seducir a una modesta chiquilla…

Era la magia negra. Pronunciar la palabra Perú en los años 60 o 70, era como agitar una varita mágica que al instante hacía aparecer al fantasma de la corrupción, al chantaje, al tráfico de influencias, a la mentira, a la amistad, al compromiso, a la revolución, al racismo, a la prostitución, al sexo, a la frivolidad, a la traición, a los sueños. Agitar esa misma varita hoy en día en Perú… Estamos de acuerdo.

Cambio de Guardia es el espejo que refleja esa sociedad tan agitada como conformista. Una exploración anatómica que pronostica el factor humano como principal impulsor de las acciones diarias. Algo posiblemente inexplicable. Más allá de ser militar, izquierdista, policía, o estudiante, hay un cerebro, hay un sentimiento, hay un corazón, hay unas intenciones, hay un ser humano. Es cuando surgen los matices, el gris que se expande. La asimetría de los bípedos, la coherencia de la incoherencia; la contradicción es nuestro vaso de agua.

Y en medio de todo esto, ¡varias risas, unas carcajadas! Me pasó. Dejar de leer, apartar la novela y reírse con ganas durante unos segundos, unos buenos segundos antes de retomar Cambio de Guardia. Ocurrió por ejemplo mientras me dejaba arrastrar por el encanto cobardín del general Chaparro: vale la pena aplazar un golpe de Estado por una prostituta, por dormir un poco más. Cosas de esas.

Ribeyro lo descubre todo a través de una precisión casi perfecta, nos salpica de dinamismo, combina descripciones tan minimalistas como luminosas.

Ribeyro también agarra por las solapas a la originalidad y la saca de su acostumbrado letargo para ofrecernos una estructura plural, una red de pequeños cuentos, microrelatos, que vienen a demostrar que todos estamos conectados, metidos en la misma telaraña, que una cajera de Taiwán puede cambiar tu vida.

Sí, el golpe, como casi siempre, viene del lado derecho, la intolerancia también se proyecta desde el lado izquierdoso. Ya se ha dicho: humanidad. Pero en medio de tanto despropósito, siempre hay un sofá. Un sofá. Teresa, tras el golpe de Estado invita a Carlos a sentarse en el sofá de su apartamento. Adáptate, que más da, para que tantas vueltas a las cosas, parece susurrar ese sofá. Pero Carlos, tras unos segundos de reflexión, decide abrir una puerta, ay, abrir una puerta…

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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