“Nunca seré feliz”

feliz

De esos días malos en la oficina en los que te tiendes rendido en el sofá y escribes en google algo así como, “estoy harto de todo”, a ver qué sale. Y así descubro una web que me lleva a otra y a otra y de pronto acabo encontrándome con dos que logran encandilarme, elevarme, darme ganas de cambiar el mundo. Esos puñetazos de energía. Una de esas webs es www.viviralmaximo.net

Es ahí donde descubro la historia de Ángel, un joven español que dejó un muy buen trabajo en Estados Unidos con Microsoft para dedicarse a viajar por el mundo y contar su experiencia.

¿Había ya alguien en este mundo que había dejado su trabajo para vivir la vida, para dedicarse a lo que realmente le apasionaba? La respuesta es un rotundo sí, gracias. Ángel dejó un buen sueldo, una buena vida porque sentía la necesidad imperiosa de viajar y conocer unos sitios que su trabajo en Microsoft le iba a impedir. Entonces va y lo hace. Y yo con los ojos desorbitados.

Sí, no sé cómo era posible, pero el tiempo corría a una velocidad vertiginosa mientras devoraba post tras post de esta web. Me lanzaba como un cohete por un nuevo camino, una nueva senda llena de libertad. Al colocón contribuían también las respuestas de los lectores que contaban apasionadamente sus experiencias, y descubrías así la cantidad de gente que se encontraba en una situación ‘confusa’. La cantidad de energía desbordante, buscando ser canalizada, utilizada. Hacer algo ¡algo!

Pero lo que más me sorprendió de Ángel, no fue que hubiese dejado un pedazo de trabajo para irse a conocer el mundo, sino sobre todo la honestidad y generosidad brutal de sus palabras. Y es que Ángel no sólo había escapado del “sistema”, sino que además te contaba paso a paso cómo lo había hecho, ¡te decía hasta cómo ganaba dinero! Es decir, revelaba todos sus secretos, uno por uno. Todo ello con una calma y una confianza admirables.

Y llega el día siguiente. Llegas a la oficina, enciendes el ordenador y te observas a ti mismo y a tus compañeros en una sala atestada de ordenadores y mesas, día tras día, y entonces te preguntas si vale la pena estar aquí todos los días diez horas. Hay días así ¿verdad?

Hace poco descubrí otra web que me volvió a remover las entrañas: www.algoquerecordar.com Llegué a ellos por medio del amigo de una amiga argentina que recomendaba en Facebook visionar en youtube el video de El síndrome del eterno viajero. En dicho vídeo sale una chica en los sitios más exóticos y recónditos del mundo: en una playa paradisíaca, en un autobús en medio del caos asiático, en un tren moderno… y una voz en off que va clavando verdades tras verdades, sin piedad, puñalada a puñalada, vamos.

Lo que el video viene a decir, es que cuanto más viaja uno, más necesidad de seguir viajando tiene, entrando así en una espiral utópica donde la ‘respuesta’, nunca está en el sitio que estamos pisando en este momento, sino en otro lugar, en otro sitio que debemos conocer hasta que lo hacemos y lo desmitificamos. Hay un derrumbe, pero nace otra ilusión en otro lugar que hay que conocer. Y se sigue viajando. 

La amiga por medio de la cual había descubierto el video, había plantado en Facebook una reflexión que venía a decir más o menos que la idea, el sueño de algo, siempre era superior a la propia experiencia, lo que le producía una continua frustración. “Carlos, boludo”, me decía, “acabo de venir de Bali y me ha parecido que es un sitio completamente sobrevalorado, lleno de australianos borrachos y terrazas por todos lados. Cualquier amiga mía de Buenos Aires que me escuchase decir estas palabras, me diría que soy una pelotuda burguesa desagradecida”.

Pero mi amiga no tenía que justificarse en absoluto. We understand. La entiendo. Ella, como le dije por e-mail al día siguiente, sufre el mal de la ubicuidad, el deseo imposible de querer abarcarlo todo, de querer vivirlo todo, de querer atrapar todos los momentos mágicos. Y ese momento mágico nunca está por supuesto donde ella se halla, sino en otro lado…

Sí, este fin de semana estuve en la montaña, pero unos amigos estuvieron en una fiesta, y entonces el coco empieza a decirte, “tenías que haber ido a la fiesta, allí es donde estaba la acción”, y así sucesivamente.

Yo tengo algunos síntomas del síndrome del eterno viajero. Diría que lo mío es un resfriado importante, fastidioso, pero no un virus irremediable como parece ser que sufren Lucía y Rubén, autores de www.algoquerecordar.com Lo de ellos es muy heavy, demasiado para el body. Ellos dicen que no quieren tener un día igual al otro, que quieren que todos los días sean diferentes. 

Lo mío no es tan grave. 

Yo necesito mi rutinilla. Comer en casa a la misma hora, jugar ese partido de tenis todos los martes, irse a dormir en una buena cama con la serenidad de saber que mañana uno desayunará y se irá a trabajar sin más. Me gusta una cierta estabilidad. Sin embargo, padezco otros males que me incomodan la existencia y que son primos hermanos de algunas enfermedades ya comentadas.

Uno de ellos consiste precisamente en la aparición de una duda constante sobre si uno está en el sitio correcto y con la gente indicada. Estoy en una reunión hablando con alguien y me pregunto si es necesario dicho encuentro, si ese encuentro es digamos emocionante. Y si no es emocionante, especial (como suele ser) uno se dice que se está perdiendo otra vida en otro lugar, haciendo algo diferente.

Otro de los síntomas de estas terribles enfermedades, consiste en preguntarse constantemente si lo que uno hace tiene sentido, si le importa a alguien. Abro una carpeta, elijo un champú en el supermercado y me pregunto si estos actos me llevan a alguna parte, si el hecho de que yo mañana lea un informe y escriba mis recomendaciones cambiará algo el mundo, la vida de las personas.

¿Qué sentido tienen estas palabras que estoy escribiendo en estos momentos? ¿Quién las va a leer? ¿Sirve de algo? El escritor argentino Abelardo Castillo dice en su delicia de libro Ser escritor, que la literatura, el arte, no valen para nada. No estoy de acuerdo ¿verdad?

Esas cosas. Accionas el motor del coche ¿sirve de algo? Hablas con el fontanero, ¿sirve de algo? “La vida es eso”, me decía mi amigo César una vez en medio de un bar donde comíamos mariscos en medio de una rutina entretenida. La vida es eso, tiene bastante de eso, mucho de eso, la mayoría es eso, ya lo sé, pero hay algo dentro de mi que parece negarse sistemáticamente a reconocer que las preocupaciones del filipino no se diferencian en demasía a las del español, a las del escocés, a las del ruso y a las de todos los ciudadanos del mundo.

Al contrario, esa voz insiste en decirme que hay gente diferente en ese país mágico, en esa ciudad de cuentos que hay que visitar para vivir de verdad. Algo parecido al síndrome del eterno viajero, el problema grave de la ubicuidad.

Algo martirizante (ya que estamos) surge cuando esa vocecita interna que todos llevamos, me dice que todos mis vaivenes existenciales, todas mis preguntas, todas mis revelaciones han sido ya descubiertas por otras personas, en otras épocas o en esta, que esas comeduras de tarro ya están en algún libro, en algún tratado, que mis conclusiones ya las ha pronunciado alguien en otro lugar. Y así, así, así.

Y así van pasando los días, recordando las consignas de El Poder del Ahora que recomienda vivir el presente en todo momento, consignas que luchan contra viento y marea (entre meditaciones, desayunos y pasta de dientes) con una mente de lengua viperina que me susurra, “Carlos, en otro lugar, en otro sitio, otra gente”.

Entonces, al cabo de un tiempo me dirijo a ese lugar, a chutarme de vida, a seguir sobreviviendo, a descubrir una vez más que el momento mágico no respira en el presente, sino que florece con el tiempo. Sólo entonces sabré que he caído una vez más en la trampa que me salva la vida.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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