Alrededores

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Todas las noches suenan las mismas canciones en el pub irlandés, donde Helen “the bitch” suele actuar, ataviada por una peluca rubia con moño, y un maquillaje corrido. Los temas se repiten: I want to break free, I hope, Love me do… Yo, desde mi cuarto escucho muchas noches el inicio del show, alrededor de las 22.00. Allí, siempre me encuentra estudiando vocabulario y cerrando la ventana para no desconcentrarme.

Pero las resonancias siguen llegando, esta vez mezcladas por risas crueles, sensación de cerveza y mucho calor. Me pregunto si el barman o cualquier tipo que trabaje en ese sótano no estará harto de Freddy Mercury o de John Lennon: todos los días la misma música. Qué valor tiene Mick Jagger.

Mi calle siempre ha sido un arco iris al que le faltan varios colores. Un crèpe sin azúcar, un arroz sin sal. Deambulan por este piso asfaltado, guiris reblanquidos, árabes con sus túnicas chillonas, brutitos del pueblo, gente de fuera que busca paz y tal vez olvidar… Nada de sal, apenas azúcar, esa es mi calle.

Nunca o casi nunca, reparé en lo que había alrededor de mi casa. Más bien lo ignoré, y quizás siempre pensé que era básicamente aburrido, que nada pasaba por aquí. Pero ahora sólo veo movimiento, posibilidades creativas, un sinfín de sinfines. Bastaría con meterse en la casa de los ingleses, los vecinos. Esta vez se trata de un matrimonio tranquilo el que habita el apartamento de al lado.

Antaño, esa casa era un hervidero de gritos, cerveza y cuatro y cinco de la mañana. Te rompían el sueño, como aquel que se bebe un vaso de agua. Por la mañana, ojeroso y cansado, me vengaba poniendo a los Sex Pistols a todo volumen. Cuando el God save the Queen empezaba también a abofetearnos a nosotros, mi madre subía corriendo tapándose los oídos y agitando su mano derecha, “¡baja eso!”.

Ahora, repito, viven unos tipos tranquilos. Siguen siendo igual de guarros que todos los ingleses que han pasado por esa casa: el jardín abandonado, las plantas secas y marchitadas, el polvo colonizador y el desorden, bueno, es algo normal para ellos.

Los gatos gatean por aquí, reptan, no te quieren.

Más allá, tenemos unos vecinos nuevos. Son alemanes, viejos, llenos de tatuajes. Son tranquilos salvo una vez al mes, donde parece que una especie de October Fest inunda sus cuatro paredes expulsando gritos caballunos, risas etílicas y demás Dionisos.

Si caminas un poco, verás el mar. Así, tan fácil, qué te parece. Sólo tengo que dar unos pasos y lo veo. O incluso, desde mi casa, por una rendijita, también alcanzo a verlo. Es increíble.

Se oyen más voces mientras estudio. Se oyen ruidos. En este barrio hay movimiento: hormigoneras dando vueltas, minitractores abriéndose paso, los guiris abren el bar y se ponen a jugar al billar. De vez en cuando siento el contacto de las bolas en mis oídos. Las rayadas contra las lisas. Aquí no ha llegado aún el snooker. A veces se oye un grito obrero, una exclamación repentina. Y yo, sigo en el cuarto, estudiando, sintiéndome cómodamente incómodo, pero más cómodo, por aquí.

Esto también se ha animado desde que el centro de deportes volvió a renacer. Hace un tiempo había mucha vidilla por aquí. Luego, no sé, llegó una crisis, la gente que es de rachas: las canchas se vaciaron, la peña empezó a desaparecer y así pasan los años.

Hace un lustro más o menos, las instalaciones se abrieron como si de una campaña electoral norteamericana se tratara: banderitas, música, discursitos, personalidades y todo eso, inauguraron el Centro.

Poco a poco, la gente empezó a venir, la gente que es de rachas. Empezaron a entrar por esa puerta de madera, nadie que querían estar cuadraditos, buenorras que se iban a poner más cachondas, señoras que querían estar en forma, jóvenes deportistas, gente tímida, gente curiosa, gente.

Raquetas, pilates, piscina, música de discoteca, ¡la vida es un milagro!. Abrió también el restaurante, las pizzas están más buenas aquí; sí aquí parecía que sí, que el arcoiris tenía todos los colores.

Y yo, como siempre, me siento de otro lugar muchas veces. O me siento invadido por estos caretos que no reconocen el derecho lugareño, a mí que me gustan los restaurantes vacíos, el silencio. “¿Dónde estoy, Dios mío?”.

Buscarle un sentido a la vida, un sitio en esta confusión, ay eso cuesta.  Tú y yo lo sabemos, hermano. Tú y yo lo sabemos. Sobre todo si te lo planteas, si un día te levantas y dices, “flotamos en el universo, sobre un planeta muy pequeñito. Estamos flotando.” Y a veces, uno no sabe de qué va esto.

Y a pesar de que siempre habrá gilipollas, (con su justificación metafísica), uno a veces comprende a la vida, pero le discute. Ya te conozco, vale, pero sigue habiendo cosas que a pesar de qué sé que siempre serán así, me siguen molestando. Y al final, siempre hay una sonrisa escondida, algo que te hace ondular los labios. Los ojos de repente te brillan.

Desde mi cuarto se oye la jodida pelota de frontón que llega desde el Centro de Deportes, suena dejando su eco de goma. Todos los días, llega ese ruido, que luego se mezcla con esas voces de bares, con el Sun, con el Times, con la música del gimnasio, con las túnicas coloridas, con ese arcoiris al que le faltan algunos colores, mucho azúcar y tal vez, un poco de sal.

El autor
Carlos Battaglini

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