“Últimos días en Malasaña” (4) de (6) “Caminando hacia ninguna parte”

El peluquero me deja genial como siempre y siento como las mujeres me vuelven a mirar. Ahora, tras deambular por no sé donde en Madrid, me dirijo a la librería Tres rosas amarillas, en San Vicente Ferrer. Quiero conocer esa librería y asistir a la charla de Flavia Company. Llego de los primeros, y me pongo husmear los libros, Kafka, Julio Cortázar, Poe etc. Ya va llegando más gente.

Ahí está Flavia Company acompañada por una mujer llamada Clara que lee un texto sobre la intensidad, refiriéndose al libro de Company que lleva por título “Con la soga al cuello”. Y Flavia Company me parece una persona cercana, tierna y literariamente honesta. Y eso me agrada. Estoy disfrutando de esta presentación que habla de los aspectos técnicos del libro de relatos, de las sensaciones vividas…

Company nos lee un relato y parece que se va a abrir una charla, preguntas y todo eso; pero de pronto, uno de los moderadores dice, “muchas gracias, hasta la próxima”.

Y la gente aplaude, y yo digo, “joder, yo quería más”. Y me levanto, y no sé qué hacer. Allí no conozco a nadie, y no sé si va a haber algo más, y miro, y giro, y me miro los zapatos, toco algún libro y me voy. Bueno.

Por esta calle, San Vicente Ferrer, descubro el Café Manuela. Ohhh, claro que la recuerdo. Yo estaba enamorado de la camarera. Hace bastantes años. Tan solo la había visto una vez, esas cosas. Tan solo fui una vez a esa cafetería con una amiga, que me había dicho que a partir de ese día íbamos a ir más. La camarera nos había dicho que le gustaba nuestro acento, o algo así. Y eso fue todo. Nunca volvimos, al menos yo.

Y ahora, yo, en esa calle, seis o siete años después, frente al mismo bar, junto a la misma cafetería de paredes lacadas en rojo, impregnadas de adornos dorados, con aire de principios de siglo pero salpicados por la modernidad. Y pensé en mirar, aunque fuese por la ventana, a ver si estaba. Y me acerqué a los cristales, donde tras unas decoraciones doradas, había un espacio transparente, nítido y apoyé mi frente allí.

Y estaba. Ohhh, estaba. Seis o siete años después, estaba. Morena, con personalidad, guapa. Y ella levantó la mirada, y yo me fui rápido, sin llegar a coincidir con sus ojos.

Y mientras caminaba por la calle, me decía que todo esto es increíble, que no sé, que joder, que, que, y llego a casa o no, no recuerdo bien, ah sí, y abro el libro de Teller, La isla de Odín, y pienso que la traducción es totalmente mejorable, y que esta novela camina por una senda peligrosa, tocando lo infantil y acusando falta de ritmo… Pero estoy empezándola.

Y llega el viernes que suena a locura. Viernes, suena a todo es posible. Esta vez me dirijo a la calle Conde de Aranda, a la galería Distrito 4. Voy a ver la exposición del escultor Richard Deacon y después de observar como Deacon moldea el fresno y el cedro y darme cuenta como la madera también se transforma, y como el acero es algo caprichoso y posible, escucho a una mujer hablando con otro en la planta de abajo.

Voy hacia allí. Ella tiene cara de mecenas, gorda, huele a arte contemporáneo, a canapé. Creo que es catalana, porque habla mucho de Barcelona y tiene aire barcelonés. Lleva su pelo corto teñido de un rubio brillante, y el tipo que le acompaña fuma por encima de su chaqueta y corbata. Y los miro, y no me saludan.

Vuelvo a subir y quiero preguntar algo a la encargada de arriba, mientras escucho a la gorda catalana abajo, “es precioso”. Pero en ese momento ha llegado un “artista” que le propone algo a la encargada, le está enseñando su catálogo personal. La encargada asiente, pero ni siquiera está mirando el catálogo. Él lo da todo, pero es un tipo tímido, mal vendedor. Está hasta los cojones, intuyo. Se va sin convencerse ni a sí mismo y está pensando, lo sé, en lo fría que estará la mesa de su cuarto.

Y luego yo no pregunto nada y me piro y me meto en la galería de al lado, donde aprecio la obra de Diego Santomé, que me gusta más que la de Deacon. Y subo una planta y veo que encima de un piso de madera, hay una cámara encerrada en unas rejas que suben y bajan, proyectando unas sombras poliformes en la pared. Y me siento allí, unos segundos y luego me levanto y veo como en la habitación de al lado, hay unos espejos deformes, que se mueven y crean en la pared una especie de lluvia de meteoritos.

Y bajo de nuevo y me dice la tipa que abajo hay más cuadros y un vino, “¿un vino?”, digo yo sonriendo. Y me doy cuenta que la tipa es guiri. Y al bajar, no veo ningún vino, sino un vídeo. Claro, quiso decir vídeo y ella dijo vino. Y pienso que ya tengo algo que decirle a la guiri, y así bacilo un poco.

Y pienso que es Viernes por la mañana, que todo Madrid está currando, que todo allá afuera es una locura, una jungla, un disparate. Y yo estoy ahora en una especie de subterráneo de paredes blancas, sentado sobre un banco blanco, viendo la peli de Santomé, Castillos de Arena. Y veo como el rastrillo hace su trabajo, como los castillos van adoptando formas siniestras, y luego llueve y tengo ganas de tenderme en ese banco blanco, de quedarme allí, mientras Madrid es una locura que no me incumbe.

Acabo saliendo de allí y no le digo nada a la guiri y rechazo un almuerzo porque no lo voy a poder pagar, a pesar de tener altas probabilidades de ser invitado. Y vuelvo a comer spaguettis con bacon y le vuelvo a poner tomate frito orlando.

El autor
Carlos Battaglini

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