Y Dios se sentó a escribir, “Rayuela”’, de Julio Cortázar

Rayuela narra la historia de un intelectual argentino llamado Horacio Olivera en París y más tarde en Buenos Aires. En la capital de Francia, Oliveira se reúne periódicamente con un grupo de eruditos que se hacen llamar El Club de la Serpiente. Discuten todo tipo de temas, haciendo hincapié en la obra de Morelli: un escritor desconocido que pretende renovar la literatura o crear una nueva. A las reuniones, también asiste la Maga, la novia de Oliveira; sin el bagaje cultural de los demás, pero con un halo innato de misterio, una inconsciente sabiduría y una atracción que la hacen única.

Un día, Oliveira decide volver a Buenos Aires. Y es que el argentino anda metido en una especie de búsqueda de un centro, una alucinación existencialista (a falta de mejor nombre como diría Cortázar) buscando no se sabe muy qué. Ni siquiera trata de encontrarse a sí mismo, puesto que ya lo hizo, a pesar de haber sido un encuentro, de dos personas que se caen mal.

En la capital argentina lo recibe su amigo Traveler (un intelectual dolido porque no ha viajado) y su mujer Talita, farmacéutica, de la que Oliveira sentirá una especial atracción, al ver a veces en ella a la Maga. También se reúne con Gekrepten, la mujer incondicional ignorada por Oliveira.

En Buenos Aires, Oliveira, después de vender trajes, comienza a trabajar en el circo con Traveler y Talita. Poco a poco, su presencia va siendo cada vez más molesta, sobre todo para Traveler, que ve como aparecen las primeras dudas en su matrimonio. Pero Traveler y Oliveira se quieren como hermanos. Y Talita y Traveler se quieren de verdad ¿Y Oliveira y Talita? La Maga.

Del circo pasarán a trabajar en un manicomio, donde al final, parece que no se distingue a Oliveira de un paciente más. Quizás loco por no encontrar a la Maga, Oliveira se posará sobre la ventana del segundo piso manteniendo en vilo a todos.

Esa es una forma de leer el libro: desde el principio hasta el final, “como toda la vida”. Pero Cortázar también nos propone ir leyendo el libro dando saltos entre los capítulos. De esta manera, entran en liza bastantes episodios más, donde Morelli acapara la atención. Morelli, como ya se dijo antes, es un escritor que trata de cambiar la literatura por completo, destrozarla, acabar con el rol que hasta ahora ha desempeñado.

Otros capítulos nos conducen a citas poéticas, propuestas para cambiar el mundo, historias de Gardel en París, párrafos que hablan de jardines… y toda una serie apartados que el lector debe interpretar y conectar a su manera. Si puede.

¿Y después de esto qué? ¿Se puede seguir escribiendo con cierta autoestima después de leer Rayuela? Ejem, empecemos. Cortázar le da una patada a la estructura tradicional de la novela. Como un cuadro de Kandinski, en Rayuela no hay centro, no hay soportes, no hay referencias, todo es un navegar y tal vez encontrar.

Sin trama aparente, con diálogos tan eruditos como triviales, escenas que narran con una precisión absoluta ¡una entrega de mate de ventana a ventana! Y todo eso, bum, mezclado con poesía, con metáforas de una imaginación extraterrestre, frases sabias, física, derecho, política, filosofía…y mucho más. Lea Rayuela y obtendrá la mejor bibliografía que siempre quiso tener. O discografía. Lo que quiera.

Volviendo a la Filosofía, Cortázar “dialoguiza” un Mundo de Sofía. Y es que las conversaciones de Oliveira, Etienne, Ronald, Traveler y compañía, son Aristóteles, Platón, Popper, Wittgenstein, Sartre, Kuhn… disfrazados de intelectuales afrancesados. Y de fondo, el Jazz. Siempre el Jazz. Y París.

¿Y qué hacemos con las palabras? Son sólo una parte de Rayuela. El lenguaje, las palabras, las letras forman parte de una estructura ya consolidada y sobre todo nada cuestionada. Cortázar se niega a aceptar este dogma y golpea. Analiza frases comunes que decimos todos los días y nos las desnuda, nos las ridiculiza y nos muestra que más que con palabras o lenguaje nos comunicamos con… “es otra cosa” como diría Don Julio, tal vez un pellizco debajo de la piel. Quizás sea por ahí.

Y es que a veces, leyendo Rayuela, más que leer una novela, uno parece que está viendo gestos, percibiendo imágenes, viviendo otra realidad. El espacio, el tiempo, el rojo, el azul…todo da vueltas, todo ya es dudable. ¡Dios mío, una mesa! ¿De dónde viene? ¿Qué es? me – sa, sa – me…centro, espacio, kibbutz, en la rayuela la primera casilla se llama “Tierra” y la última “Cielo”. “Hijo, ¿estás bien?” se oyó de fondo.

Revolución es una palabra que podría encajar con Rayuela, o más bien Rebelión, un negarse a las cosas dadas, un empezar de nuevo, como había defendido Hume. Porque quizás, lo que hace Cortázar es llevar un poco de Hume a la literatura: volver a la percepción inmediata del mundo de los hombres. Ya había defendido el empirista inglés aquello de “volvamos a la percepción infantil del mundo, antes de que todos los pensamientos y reflexiones hayan ocupado sitio en la conciencia”. 

Y hay que decirlo. Rayuela también tiene defectos o errores y no todo el monte es orégano. Esas cosas ¿Cómo es que el francés Etienne por ejemplo hable a veces con deje argentino? ¿En qué se diferencian los razonamientos de Gregorovius de los de Oliveira? ¿Cómo es que casi todos los que participan en esta novela desarrollan un potencial intelectual tan alto, independientemente de sus estudios o clase social?

¿No está Perico Romero demasiado caracterizado como un español castizo que abusa del “coño” y de los toros? ¿No es por ejemplo la descripción que hace Ceferino Piriz de sus corporaciones alternativas un tanto insoportables? ¿No se pasa a veces Oliveira de surrealista, de existencialista, de Cocteau, Sartre, Breton y todos juntos, bing, bang, fuego?

No importa. No importa nada. Porque eso es lo que quería hacer Don Julio: escribir un libro dirigido a todos menos al lector. Dirigido al intérprete, al actor, al guerrero. La técnica, los conceptos, la voz del narrador, los diálogos precisos y todas esas cosas, tururú. Venga, “hacé un flan para mañana, che”. 

Ya saben, sólo los grandes violan las reglas, porque ellos crean jurisprudencia literaria. “Es tan fácil escribir bien” decía ya Cortázar por aquella época. Y es que digámoslo ya, aquí estamos hablando de destruir la literatura. Pero amigos, acabemos con una ilusión: a partir de ahora todo es posible.

El autor
Carlos Battaglini

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