Viaje a Ghana (4) de (7). Elmina y los gritos de rata

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AQUÍ EN CAPE COAST, JUNTO A LOS CAÑONES, CON EL MAR ROMPIENDO EN FRENTE DE MÍ, me doy varias vueltas pensando que precisamente en este mismo lugar se han cometido uno de los mayores crímenes de la humanidad. No sé por qué, pienso en el Conde de Montecristo. Bueno, supongo que pienso en él porque el héroe de Dumas fue apresado en una fortaleza de similares características de la que logra escapar para vengarse. En efecto, el Castillo de If se parece a la fortaleza de Cape Coast.

En el almuerzo le pregunto a Francis que donde va a comer. El chófer me dice que “no problem”, pero en un momento dado sonríe con un ojo cerrado, pensándoselo, y luego añade que bueno, que eso, que ya comería algo por ahí. Aunque no dudo que a muchísimos conductores africanos les gustaría comer más, he descubierto que muchos de ellos, muchos africanos de hecho, pueden estar todo el día sin comer y sin beber y estar en perfectas condiciones. Al menos aparentemente.

Me acerco al restaurante que está justo al lado de Cape Coast. Bajo unas escaleras de piedra con el mar de testigo a mi izquierda, y sigo por un pasillo que te conduce a un restaurante de madera. Al principio intento disfrutar de la brisa y por ello me poso en el asiento que más se pega a la ventana, pero ante el violento azote del viento, tengo que sentarme en unas cuantas filas más atrasadas.

Mientras, detrás mía, un chico con camiseta azul y una bolsa llena de hilos me grita, “Sir, sir, sir”. Yo estoy ya bastante hambriento y no le hago mucho caso, pero cuando me siento en una fila incluso más atrás, puedo escuchar como el tipo insiste, ahora desde la playa. El chaval me pide insistentemente que le deletree mi nombre, y ya cansado le digo, “C-A-R-L-O-S”.

Pruebo a continuación unas papas de ñame, y un jollof rice, que viene a ser como una especie de arroz rojo, parecido (aunque con mucha diferencia) a la paella española. No muy lejos de mí, me fijo en los camareros que no le quitan ojo a la telenovela. El protagonista del culebrón por cierto, es un guaperitas mulato con perilla y barbita.

Cuando salgo del restaurante, el chaval de camiseta azul me vuelve a abordar y me enseña una pulsera con mi nombre bordado con los colores de Ghana. La verdad es que me gusta como ha quedado la pulsera y se la compro antes de irme a toda prisa a Elmina, un pueblo cerca de Cape Coast, donde se encuentra otra importante fortaleza. A medida que vamos entrando en este pueblo pesquero, voy descubriendo una maravillosa ciudad con un mercado abarrotado, los niños juegan al fútbol, y de fondo, el mar, las palmeras y de nuevo el colorido. Definitivamente, dan ganas de perderse por Elmina.

Nada más aparcar, noto como varios pícaros se miran entre ellos, se hablan y se preparan para rodearme desde que ponga un pie en el suelo. Ya estoy un poco cansado de tanto acoso, pero no pude evitar reírme cuando uno con cara de golfo me dice que se llama Michael Jackson. Por fin logro entrar en el castillo de Elmina, una enorme fortaleza de color blanco que fue construido por los portugueses en 1482, nada menos. Posteriormente, los holandeses se la apropiarían y más tarde pasaría a manos de los británicos.

Ya dentro del castillo, nos metemos en varias cárceles. En una de ellas, se encerraba antiguamente a los europeos cuando se emborrachaban o faltaban a la disciplina militar. Había una ventana desde donde se les alcanzaba la comida y el agua de manera regular. Pero en la celda de al lado, no había ni siquiera una mísera ventana ni un resquicio de luz. Aquí era donde se metía a los esclavos negros, que tampoco tenían derecho ni a comida ni a agua, y si morían, daba absolutamente igual.

Doy varias vueltas por el castillo. Resulta curioso el contraste entre el religioso estilo portugués, y el práctico toque holandés. Me meto en otro ‘zulo’ de estos, le digo al guía que toda esta historia del esclavismo no se conoce del todo bien en Europa. “No interesa”, me contesta. “Todos los años, todos los días, se recuerdan otras atrocidades en el mundo, pero de la esclavitud en África no se dice nunca nada”, sentencia.

Mientras tanto, la noche va haciendo acto de presencia, y decido regresar a Accra. Durante el camino, oscurece completamente de repente. Sin transiciones. Noche profunda. Cuesta llegar a Accra, y una vez allí, decido ir al Moonson para cenar. Como suele pasar en África, los sitios guays están repletos de blancos. Y yo estoy ahí ahora, en la terraza del Moonson frente a Oxford Street. Lejos quedan ya las paranoias de la malaria y me siento relajado al aire libre. Bromeo con una de las camareras y les pregunto por el teppanyaki o algo así. Una de ellas me dice que al igual que el sushi, también se trata de comida japonesa y que me acerque a verla. Así que me pongo en pie y al llegar allí me encuentro con un cocinero enrollándose con su novia sobre sus muslos.

Al verme, el tipo salta como una rana, se arregla el delantal y hace como si estuviese currando intensamente. Le digo que me recomiende algo y el tipo desliza su dedo sobre la carta para pararse en un plato que se llama Yaki Udon, que vienen a ser una especie de tallarines con carne y verdura.

Cuando me lo traen, lo devoro con ganas al lado de unos alemanes y descubro que el teppanyaki es comida japonesa pero cocinada, a diferencia del sushi. Japonesa también podría ser la mujer de blanco inmaculada que acaba de salir de un coche en medio de Oxford Street.

La bella dama que ha salido del vehículo, es un ángel que ostenta dos pechos generosos y un andar decidido. De repente la rodean tres tipos y ella les empieza a recriminar algo. Chilla, chilla como una rata, chilla tanto que acaba atrayendo a una de las camareras del Moonson que exclama, “Helen está aquí”, y todo el personal se abalanza para acomodarse sobre la terraza y observar el espectáculo. A la fiesta se une un coche rojo que se acerca rozando los muslos de la maravillosa Helen que vuelve a gritar una vez más, antes de perderse por alguna calle adyacente. Es la noche. Era el teppanyaki.

El autor
Carlos Battaglini

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