Viaje a Ghana (3) de (7). La esclavitud empieza en Cape Coast

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EN GHANA TAMBIÉN TIENEN GRAN PREDICAMENTO LAS CONCENTRACIONES RELIGIOSAS, los “empowerment” que llaman, con los rostros de varios sacerdotes aparecen pegados en muchas paredes anunciando el próximo encuentro y alentando a unirse al movimiento, a la causa.

Cerca de la Plaza de la Independencia, unos niños juegan al fútbol en un trozo de terreno donde apenas crece la hierba. Por la banda corre como un travelling de cine un niño que luego descubro que es el entrenador de uno de los equipos. El niño lo vive y no para de gritar, de vociferar, de gesticular, se va a quedar ronco. Y al rato todo el mundo empieza a gritar también y el campo entero corre a agarrarse a una reja que protege una ventana desde donde se puede atisbar un minúsculo televisor al fondo de un cuarto oscuro.

Algún equipo ghanés ha marcado un gol, y todo el mundo lo está celebrando. Yo también me acerco a ver que pasa por ahí, y de pronto, todos los niños me piden que les haga fotos y cuando se las muestro, se apelotonan a mi alrededor, me tiran de la cámara, como si quisieran arrancarme un brazo.

Sigo caminando y me encuentro con el arco que entroniza la Plaza de la Independencia. Una plaza de importante tamaño y a la que flanquea también otra escultura enorme en doble arco, más bien un doble semicírculo, formando como una M gigante. Testigo de semejante obra es la Estatua del Soldado Desconocido. Pero a pesar de tanta grandiosidad, la plaza de la independencia aparece desolada, sin trabajo, aburrida, y tan solo puedo observar a varios ghaneses desparramados entre sus asientos. La siesta llama.

Porque hay un momento del día en que el ghanés, el africano cierra los ojos, se acurruca, refugia su cabeza entre sus brazos, estira las piernas y duerme, duerme, desconecta, desaparece de la faz de la tierra. Le da igual donde y quién esté delante.

Ocurre en todos lados: dentro de un taxi, en una heladería, en un Ministerio… les pasa a todos: a los hombres, a las mujeres, a los niños… todos caen hipnotizados por el encuentro con uno mismo, el reposo. El sol.

Yo también me duermo al cabo de unas horas…

Pero la tranquilidad sólo duró hasta la mañana del día siguiente cuando se aproximó por la entrada del hotel una mujer fuerte llamada Clara que me abrazó en lugar de estrechar la mano que yo le ofrecía. Nos sentamos en la salita de la recepción y Clara me informa sobre las diferentes excursiones que organiza su empresa. La decisión está clara: me voy a Cape Coast y Elmina. Esclavitud y pescadores.

Afuera me espera un Toyota Land Cruiser dorado, con Francis el conductor al mando. Después de saludarnos, hecho el asiento para atrás, y nos adentramos por una Accra caótica atestada de coches, tráfico y follón. Cada vez que paramos, salen por todos lados mujeres, hombres, niños, con todo tipo de productos sobre sus cabezas para vender.

Conseguimos salir de Accra con gran esfuerzo y nos dirigimos rumbo al Oeste, a los símbolos de la esclavitud, a Cape Coast. Por el camino se despliega un paisaje repleto de plataneras, plantains, combinados con plantaciones de ñame, mangos, más palmeras… Los pueblos están todos electrificados, las carreteras se encuentran en buenas condiciones y las ‘chabolas’ también son más sólidas y grandes que las que he visto en Liberia. Mucho verde. Y a medida que avanzamos, vamos dejando a un lado pueblos como Kokrobite, Winneba, Apam, Saltpond, Anomabu y llegamos por fin a Cape Coast.

Me bajo del coche y frente a mí se erige un poderoso castillo. Aprovechándome del descuido del personal que ni siquiera vela por la entrada de los turistas en ese momento, me meto dentro de esta fortaleza de gruesas paredes blancas.

A los pocos segundos, me encuentro con todo el Océano Atlántico en frente de mí, y toda una línea de cañones y munición en forma de decenas de bolas. Me subo a una especie de primer piso de la fortaleza, y desde ahí observo lo que ha sido uno de los principales bastiones del esclavismo.

En efecto, Cape Coast, como otras fortalezas de la costa ghanesa, fue construida en el siglo XVI por varias potencias europeas tales como los británicos, los daneses, los holandeses, (algunos hablan también de presencia francesa, pero el guía dijo que los franceses no tenían nada por aquí…) alemanes, portugueses y suecos. Sinceramente me sorprendió ver en la lista negra a los daneses y sobre todo a los suecos. Así que los escandinavos también. Ajá.

Pero fueron los ingleses los que tuvieron el papel más destacado en la construcción de la fortaleza de Cape Coast, la cual utilizaron para defenderse de sus enemigos europeos, así como para tener una infraestructura sólida que les permitiese comerciar con esclavos. El objetivo principal era dominar la Gold Coast y el golfo de Guinea. Al principio, las fortalezas (en el siglo XVIII ya habían treinta y siete en toda la costa) se construyeron como almacenes de diamantes u oro. Más tarde, el comercio de esclavos se reveló como el negocio más lucrativo, y las fortalezas o castillos se utilizaron principalmente como prisiones para encerrar a los esclavos que serían llevados principalmente a América.

El guía, que adopta un tono de voz dramático cada vez que narra una brutalidad de la época, nos va enseñando con un gesto de sufrimiento los diferentes cuartos o fosas donde se encerraban a los prisioneros negros. A unos pocos metros, se encuentra la Puerta de No Retorno, lugar donde se apiñaban los esclavos negros que marcharían como sardinas en lata hacia el otro lado del Atlántico. Curiosamente, se abre la Puerta de No Retorno y descubro un espectáculo colorido protagonizado por toda una serie de barcos y banderas, que le dan a la escena hasta un aire carnavalesco. Hace unos siglos, el ambiente era otro.

El autor
Carlos Battaglini

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