Viaje a Madrid (4) de (7) “Después de la tormenta”

madrid

Sólo los locos. Sí, lógicamente, el camino hasta el pueblo es una comedura de tarro constante. Me rodean los árboles, el petróleo y los pájaros. Me llega el piar de los pájaros. Qué bonito es todo esto, mi hermano. No quiero regresar a Madrid.

Llego al pueblo. Todo el mundo me mira. Pero no llevo una pistola. Lo que porto es una carpeta amarilla. Pregunto donde está el Internet. Me llama mucha gente. No sé qué decir, “sí, más o menos bien”. Llego al Interné y empiezo a comprobar varias preguntas, la mayoría están bien.

Me voy y me siento en un parque vacío. La gente me sigue mirando. Hago alguna llamada. No quiero irme de este pueblo. Aquí hay silencio, tranquilidad, paz. . Sigo sentado, mirando mis zapatos, a un perro, a la llanta de un camión. Después de un buen rato, me subo al autobús que me deja de nuevo en Madrid. Primera prueba.

Una vez en Madrid, localizo la clave para hacer un segundo examen mejor: descansar. Así es. No necesito estudiar más (eso no, no, no, no es así, como decía Teresa Rabal) Veo, veo. Lo que necesito es descansar. Descansar. Eso, a un tipo medio obsesionado con la híper productividad le puede sentar mal. Descanse usted. Sienta un poco raro. Uno siempre cree que debe estar estudiando, trabajando, produciendo. Y ahora resulta que descansar es la mejor fórmula para afrontar el examen del próximo miércoles.

Así, que escuché las consignas de Guy Debord: a la deriva. Caminar a la deriva por ahí. Sé que a veces paseaba a los perros por la plaza 2 de Mayo, donde ahora, ya sabía quienes eran Daoíz y Velarde.

Paseaba a los perros. Éstos defecaban por todos lados (yo miraba para otro lado) se orinaban por todos los sitios, se mordían, se tiraban encima, se peleaban, no me hacían ni puto caso, claro está.

Algunas hippies, acariciaban a los perros, yo no les sonreía, porque no sé, no me salía. Los perros cada vez se encariñaban más conmigo. Sobre todo el pequeño, que se me tiraba todos los días, me lamía, me despertaba y luego se echaba a mi vera, mientras yo volvía a darle uso a la pantalla gigante que tenía el apartamento.

Una noche me metí en el cine. Visioné el programa de Documenta Madrid y elegí lo más raro que encontré: un documental ruso, otro iraní y el último, polaco. De cómo ser puta, iba el ruso. Me encantó. Sí, sí, trata de una academia de putas. Lástima que la directora se equivocase al final, eligiendo un final incoherente con el documental, sorpresivo, que no sorprendente. El documental polaco narraba un adulterio en pleno Afganistán rural, uf. Por último, la peli iraní nos hablaba de la vida de los maniquíes en Irán, como apología del ultranconservadurismo islamista. Me gustó todo lo que vi.

Cuando acabaron las sesiones, pregunté por la charla que en teoría iba a dar la directora del film iraní. Vino una chica rubia y me dijo, “la directora está a tu derecha”. Ella se dio la vuelta. Tenía pelo corto, rostro tímido. Le hablé en español, pero no caía. Llego un tipa resuelta, la traductora, “a ver” dijo. Pero yo proseguí, “hablo inglés”. “Ah” respondió la traductora y se marchó. A la pobre no la dejé traducir.

Hablé con la iraní y le dije que nos perdiésemos esa noche en Madrid. Ella me dio el teléfono y… que no, que no pasó eso. Lo que me dijo fue, “la charla será mañana al medio día, en la librería 8 ½” Es sabido, la realidad.

Seguí caminando por las inmediaciones de la Plaza de los Cubos. Sin saber cómo, me metí en un casino, donde varios paletillos le daban a una ruleta, mientras la bola blanca como en Casablanca, caía en la casilla 22. Luego llegó un amigo y su mujer y hablamos utilizando la lengua. Lo más sorprendente es que cuando hablábamos, ellos me escuchaban. Yo les escuchaba a ellos por medio de mis oídos. Y yo también podía hablar y verlos, y utilizaba mi lengua, usaba los ojos, y las manos, y la garganta para ingerir un Ron Santa Teresa. La vida es un milagro decía Kusturica.

Esa noche, u otra cualquiera, me encontré a Rossy de Palma por Fuencarral. Es la segunda vez que veo a Rossy, la primera, fue en Arco. Y ahora, allí estaba De Palma, a las 2 y 34 de la mañana, al volante de un todo terreno. La piel muy blanca, el pelo recogido y muy negro. Detrás, varios niños pequeños mulatos. Rosi sacó el coche por fin. Aquello iba más allá de Almodóvar. Aquello era Madrid. Madrid por la noche. Aquello era fiesta, adrenalina, un todo es posible.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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