Carlos Battaglini en Burkina Faso (3) de (6) Muertes, ferias y camionetas

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“En Le Verdoyant a la una”, me dijo Joana antes de colgar el teléfono y quedar en este  popular restaurante de Uagadugú. Miré el reloj: el tiempo permitía acercarse al Museo Nacional. Yo seguía a mi ritmo, tranquilo, sin prisas, dándome cuenta una vez más de los asombrosos y poderosos poderes de la relatividad del tiempo.

Idrissa me llevó hasta el museo que se perdía en el extrarradio y yo deseé que éste no fuese muy grande (“en los museos no hay que estar más de una hora y media”, me había dicho una vez un profesor) El Musée National se presentaba con un diseño que hacía pensar en una suerte de gran vasija. No era grande (bien, bien) y se dividía en varios edificios.

En el primero, una simpática mujer burkinesa que cojeaba, me explicó las técnicas artesanales, haciendo hincapié en el trabajo del algodón, “fundamental”. La mujer y yo bromeamos varias veces y luego me dirigí al otro edificio sintiendo una vez más los latigazos del sol. Caminé por la tierra y llegué a una coqueta instalación formada por columnas de un color de vainilla intenso.

“Este museo aún tiene que mejorar mucho”, pensé. Aunque uno aprendía, por ejemplo, sobre los principales sucesos de la historia del continente africano, pasando desde la islamización hasta la independencia y otros detalles destacables. Me llamó la atención (y me alegró en el fondo) lo africanista del museo, los mensajes orgullosos que destilaban las diferentes muestras, llamando a los africanos a creérselo, a luchar por su continente. Pero después por otro lado también pensaba en Compaoré…

El último pabellón se dedicaba al deporte, al fútbol, a los juegos. Di una vuelta olímpica y al rato puse mis pies de nuevo fuera, en la tierra, bajo un calor de pegada mortífera. En medio de un olor a desierto, caminé en busca de una parada de autobuses que me había señalado un joven de perilla. Unos minutos más tarde, llegó un autobús verde con sabor a oasis. Volvía al centro. De vez en cuando asomaba un letrero luminoso en las calles, promocionando una discoteca de nombre The Mask y rezando, “the show must go on”, una frase que me había repetido a mi mismo  a lo largo de viaje.

Me bajé en frente de Le Verdoyant, y recibí el asalto de un joven flacucho que iba con los ojos adormilados, como medio drogado, y que me aseguraba haber tocado con Manu Chao y Amadou en 2006. Podría ser verdad. Bajo la agradable carpa de Le Verdoyant, no me costó identificar a Joana y su larga melena negra. Joana llevaba varios años en Burkina trabajando para una ONG sanitaria.

Después de ponernos al día, le pregunté de sopetón por el espíritu de Sankara. Joana me miró en los ojos y me dijo un tanto desolada “sobrevive a duras penas”, y al poco afirmó, “aunque todo el mundo sabe lo que pasó”. Y continuó diciendo, “este gobierno corrupto trata de borrar la imagen de Sankara sutilmente, pero no lo han logrado, siempre aparece alguien que se pone a investigar los trapos sucios de Compaoré.

Llamativo fue el caso de Norbet Zongo”. Entonces Joana miró a ambos lados de la mesa y me relató la historia de este periodista que osó investigar la muerte del chófer del hermano de Blaise Compaoré,  François. Norbert Zongo fue torturado en 1998 por haber robado presuntamente 45.000 euros a la cuñada del presidente. El periodista acabó siendo asesinado junto a tres personas en medio de un clima de total impunidad.

“La especialidad de la casa son las pizzas”, me dijo Joana como si tratase de reanimar el ambiente. Logré sonreír poco después y nos pusimos a departir sobre otros asuntos más agradables. Cuando el almuerzo ya era historia, nos pusimos a caminar bajo un calor que se empeñaba en seguir siendo recordado de por vida. Acabamos levantando las manos para pedir un taxi que nos dejó en frente de la sede de la ONG de Joana. Mi amiga le dio una moneda al taxista, pero éste quería más y alegó ser miembro de los sindicatos y por ende buen conocedor de las tarifas. Los dos se enfrascaron en una discusión que resultó siendo cómica.

“Al SIAO”, le dije a Idrissa, que ya se había presentado con su tembloroso Mercedes, justo después de haberme despedido de Joana. El SIAO venía a ser la tan reputada feria de artesanía, ropa y demás que se celebra en Uagadugú cada dos años. Idrissa se introdujo por todos lados y me dejó en la puerta.

Se respiraba un marcado acento a feria, con el gentío, las banderitas, los conciertos, letreros coloridos. Se erigían unos cuantos pabellones climatizados y de pago, y luego sobrevivían otros más modestos. Así que la feria combinaba un cierto estilo elegante, con otra onda de fritanga y chiringuito. Lo que en principio concebía como un relajado paseo por una feria repleta de artesanía, telas y todo tipo de detalles, acabó convirtiéndose en un agobiante paseo protagonizado por el acoso de los vendedores que te asaltaban despiadadamente, impidiéndote la tranquila contemplación. Mirar de reojo y correr, se convirtió pronto en el mejor plan.

En medio del recinto se levantaba un escenario por donde desfilaban grupos de música tradicional ataviados de vestimentas chillonas. Cerca del escenario se encontraba el pabellón de Japón, país que tenía un papel importante en la feria y por ello presentaba un gran pabellón blanco, limpio, pero quizás un tanto insulso.

Fuera de los pabellones, recibías un choque de músicas y unos olores a pescado y carne imparables, sombrillas, muchas sombrillas. Estuve paseando un buen rato, de un lado para otro mientras la temperatura se empeñaba en seguir infligiendo cansancio, fiebre. Paseé y paseé, sintiendo el acoso de los vendedores, tropezándome con el gentío, intentando entrar en todos sitios y de pronto salí afuera y ya era de noche.

¿Qué hacer? Quería volver al hotel evidentemente, pero ¿cómo? Idrissa tenía el móvil apagado y ponerse en contacto con el hotel suponía adentrarse en un laberinto de incertidumbres. Después de mirar alrededor varias veces, me puse a caminar de manera autómata. El recinto del SIAO a mis espaldas se iba haciendo pequeño, los ecos se disipaban. Seguí andando, atravesé la carretera principal y me encontré de repente con una calle de tierra donde el nocturno trajín africano me envolvió, exigiéndome un nuevo código de comprensión para entender la lógica que se desarrollaba frente a mis ojos.

Muchos hubiesen exclamado que encontrarse allí, a estas horas era una locura, algo muy inseguro. Cuando mi cerebro empezó también a pensar lo mismo, apareció como de la nada un niño con expresión un tanto aburrida, que acabó escuchando mis ruegos y dio un grito seco que obligó a frenar a una especie de camioneta tambaleante.

Aquel vehículo debía dedicarse durante el día al reparto de fruta y actividades por el estilo, pero ahora el niño y yo lo habíamos convertido en un improvisado taxi nocturno. Le di unos billetes al niño y le asentí a un tipo con palillo que llevaba el volante y me senté atrás, donde mañana posarían tal vez un kilo de plátanos.

Seguro que la escena resultaba cómica. Sobre todo para los risueños burkineses que no podían imaginarse a un blanquito en este tipo de vehículos. Yo iba detrás, a gusto, saludando al personal entre las risas, pero también dando saltos incómodos ante tanto bache y agujero. Por suerte logramos meternos por fin en una carretera decente, hasta que llegamos al hotel y me bajé de la camioneta de un salto ante la mirada incrédula de los recepcionistas.

Tras visitar la feria del SIAO, ya sólo podía pensar en el próximo destino, Bobo-Dioulasso, “no dejes de ir”, me había insistido Joana. Así que apreté las teclas de mi móvil y llamé a Gaston, un amigo taxista de Idrissa que me llevaría mañana a una ciudad que me haría conocer el Oeste de Burkina Faso.

El autor
Carlos Battaglini

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