Uno nunca quiere irse a dormir (1) de (2)

dormir

Por lo visto estamos en 2015. No tenía ni idea. O sí, seguramente sí lo sabía. Alguien ha tocado la puerta de mi cuarto para decirme que me vaya a acostar ya, que mañana nos vamos de excursión y tenemos que estar frescos. “Descansa esa cabecita”, ha añadido cuando me he despedido de ella y se ha ido a leer El Túnel, la soberbia novela de Sábato.

Por supuesto que es lo que me apetece, irme a dormir, estirar las piernas, apagar la luz y pensar por ejemplo en la mujer del banco que hoy me iba a cambiar los dólares. Me apetece todo eso, y sin embargo, un día más estoy escribiendo.

He pensando en Faulkner, en Nietzsche y sé que ellos en mi lugar se hubieran sentado y se hubiesen puesto a escribir.

Lo sé porque ya los conozco bien, reconozco su inquebrantable voluntad. Unos segundos después, cuando preparaba el cronómetro he pensado una vez más en Stevenson, no sé por qué, bueno sí sé por qué: porque Stevenson nunca escribió una sola línea sin sufrimiento, aquejado continuamente de molestas enfermedades. Todos ellos, los grandes, los mejores, siempre acababan sentándose, seguían. Por eso estoy ahora tecleando estas letras. 

He pensado también en el próximo viernes. La manía de pensar todo el rato en el futuro, de disfrutar del presente cuando ya ha pasado… Todo eso. He pensado que quizá podría llorar el próximo viernes, o más bien el sábado que es cuando me voy a Bruselas y luego a Monrovia.

He pensado que podría derrumbarme, víctima de una aplastante tristeza, de una sensación de despegue familiar forzado, como cuando a uno lo dejan por primera vez en la guardería. Todo eso. Todo eso es normal, ya lo sé, sé que me voy para seguir escalando, descubriendo, pero eso no quita que eche de menos a los seres que me dan más calor, incluyendo a mi perrita. Mi maravillosa perrita.

Me ha llamado un amigo y le he dicho que el exotismo viene después, que uno no se da cuenta en el momento. Y ahora que lo pienso, ha sido maravilloso que me haya llamado desde un teléfono fijo a nuestro teléfono fijo.

Es maravilloso, lo prefiero al móvil. Creo que acabo de descubrir eso, que lo prefiero al móvil. Al puto móvil. Decía eso, que el exotismo viene después. Me explico.

Cuando uno está en un país digamos ‘exótico’ (desde una perspectiva europea, claro) bajo los influjos y sí, la presión de la literatura y cine de aventuras, cree que tiene que vivir algo espectacular en estas tierras. Sin embargo, el sabor del directo, el gusto del día a día está lleno de componentes rutinarios, estáticos, que obligan a uno por ejemplo a atarse los cordones, a ir al baño, a rascarse la espalda, a volver a casa porque se ha olvidado el móvil…etc. cayendo en una sospechosa normalidad reconocible. Al estar en el sitio, uno no aprecia del todo (se puede estar en la selva sin sentir nada) lo que está viviendo, o puede que lo infravalore o no lo acabe de captar.

Tiene truco. Y ahí es donde quiero llegar. Veamos, cuando lo escribes (y creo que a los fotógrafos les pasa algo parecido…) digamos en directo, cuando lo estás viviendo, no parece que la cosa sea para tanto. Pero luego viene el misterio.

Es decir, pasan los meses, los años y al volver sobre esas líneas que uno escribió tiempo ha, comprueba perplejo como el texto ha fermentado gustosamente como el buen vino hasta convertirse en un testimonio valioso, peculiar, y ahora sí, especial y diferente. Es después cuando nos damos (o al menos yo) cuenta de lo que realmente hemos vivido.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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