Últimos días en Malasaña. (5) de (6) “Siempre hay alguien que te salva”

Más tarde viene la chica a limpiar y yo, sabes, estoy cansado. Y la chica me interroga, “¿Hasta cuándo está en Madrid?” Y yo no tengo ganas de hablar, que no me gustan esas confianzas, y me refugio en la tele, relajado, viendo a Megan Mc Cormick adentrándose en el Líbano en 2006 y diciendo que Beirut es una ciudad tranquila, justo antes de que estalle la guerra con Israel.

Y viene mi amiga y me dice que le ayude a hacer la mudanza. El corazón que sigue rompiéndose, los perros me lamen, todo se está acabando. Y dejo a Megan y me pongo a cargar bártulos, y me planto en una calle de la glorieta de Bilbao. Y luego llega mi amiga, subimos las cosas y me enseña su nuevo piso, donde tarde o temprano acabaré quedándome. Y me gustan las paredes celestes, color cielo. El blanco coqueto y elegante. Es un sitio pequeño pero acogedor. Pero yo me voy, cojo el metro y me planto en el Círculo de Bellas Artes, mi segunda casa.

Y me meto en la exposición de un tal Sudek o algo así, que era tan tímido que ni siquiera iba a sus propias exposiciones, que pasó de su obra y se murió sin más. Pero una tal Anna Faros o algo así, se interesó por sus fotografías, investigó en su casa y descubrió un arsenal de buenas fotos. Y pienso que el buen arte, las buenas obras están condenadas a salir a la luz pública, a conocerse, hagas lo que haga.

Lo bueno siempre tiene a su Anna Faros particular. Aunque algunos dicen que quieren quemar su obra, en realidad nunca lo hacen.

Siempre aparecen Anna Faros, Max Brod y te salvan. Afortunadamente. 

Las fotografías de Sudek me las esperaba tristes, y eran tristes, me las esperaba con acento checo, y tenían acento checo. La lluvia que se pegaba a los cristales. Y luego quería ir a la Casa América, pero acabé metiéndome en otra exposición dedicada a Zaj: un grupo de italoespañoles, enganchados al surrealismo, un sacarse fotos con un paraguas al revés y cosas así. Y me meto en otra exposición, una de Picasso, sobre una obra de teatro que quería hacer. Allí estaban retratados SartreCamusBeauvoir; y veo como Sartre quiere aparecer en la foto con cara de que es más listo que Camus; y veo que Camus quiere aparecer en la foto con cara de líder. Y yo me voy de allí y por la calle, me veo a una chica que hacía cuatro años que no veía. Y me doy cuenta que su mirada dice que sigue haciendo exactamente lo mismo, que nada ha cambiado.

Y me meto en una exposición de urbanismo y me tumbo en unos sillones de esos llamados pufos, o algo así, y escucho las entrevistas y un arquitecto dice que el diseña pensando en sí mismo, en sus ideas, y no en la gente. Y luego otra habla de que todo es ecológico. Y vale.

Salgo de allí en busca de la Casa de América. Al llegar me encuentro una cola que llega a la calle. Todo el mundo viene a escuchar los poemas del nicaragüense Cardenal, pero yo quiero ver unos cortos. Y me viene una señora pintada diciéndome, “Cardenal, Cardenal”, y yo me encojo de hombros y finalmente me salto la cola y la chica que se esconde tras la vitrina me dice que hay una errata, que hoy no hay cortos. Y como se me está haciendo tarde, me largo.

Y tras pasar por casa, voy para el Hard Rock Café, donde me espera Antonio. Allí, en la entrada, la tipa me dice que esto es “for drinks”, “I have an appointment”, le respondo, “Ohhh, go head, go head”, me dice ella.

Y veo a Antonio, y me cuenta que le han robado el coche y que a un amigo suyo le han pegado un tiro y lo han matado.

Y yo creo que eso no puede ser verdad, que eso me suena a película, y una especie de rata negra corre por mis tripas.

Y poco a poco vamos sonriendo y me fijo en la camarera de pelo corto, que al acercarse a mí un poco, me demuestra que debe ser mejicana. Le está contando a su compañero de gorra que el otro día había ido a la casa de no sé quién y que no sé qué, pero su compañero no escucha la segunda parte porque está sirviendo un kas naranja. Y luego Antonio y yo nos metemos en un Vips donde nos atiende una camarera de vértigo. Y Antonio me dice que soy un Peter Pan, y que él también lo es. Me quedo pensando y me doy cuenta de que tiene razón. De que no quiero crecer y que todavía planifico como si fuese inmortal.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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