Ser un Don Nadie es mucho más divertido

escritor

Hacía tiempo que no me ponía a escribir tan tarde, de noche. Quizás por eso iba a hablar ahora de la música que llegaba de fuera, una voz femenina entre cursi y necesaria. Pero voy a decir otra cosa. Voy a decir lo que pensé, creo que ayer, sí, seguramente fuese ayer.

Quiero decir finalmente que he llegado a la conclusión de que casi todo ser artístico y destinado a triunfar, a dejar un legado eterno, trascendente, lleva o ha llevado una vida probablemente aburrida. Antes de nada, sabemos que nosotros los bípedos designamos arbitrariamente lo que es divertido y aburrido.

Nadie tiene derecho probablemente a designar de una manera absoluta lo que es divertido y aburrido, pero normalmente se considera divertido, lo sabemos, pues todo lo que tiene que ver con la fiesta, la marcha, el chiste, salir por ahí, hacer deporte, el fornicio, reír, carcajear y un largo etcétera subjetivo. 

Por el contrario, la mayoría relaciona lo aburrido con lo casero, los espacios cerrados, la soledad, las lágrimas, el estudio, las gafas de ver, Schopenhauer, el telediario, la seriedad, quedarse en casa, abrir un libro y un largo etcétera subjetivo. 

Dicho esto y basándome pues en la clasificación más o menos aceptada de lo divertido y aburrido, he llegado a la conclusión, de que la mayoría de los artistas y creadores llevan una vida aburrida. Sobre todo los escritores, que son los que me interesan.

No tanto ellos (gremio arrogante en su mayoría) como lo que escriben. Digo sobre todo los escritores porque pienso que los músicos se lo pasan mejor. ¿No? Al menos los rockeros y todo eso, esos que queman las sábanas de los hoteles, orinan en los pasillos, escupen a las cámaras, se pasan por la piedra a todo lo que ven… Luego, claro, los hay más profesionales, hotel casa, casa hotel y así.

Pero el que quiere dejar huella, el que quiere hacer algo de verdad, y de esto no hay casi duda, tiene que trabajar como una bestia. Al menos durante unos años locos (The Doors, Sex Pistols…). Y he aquí el problema: el trabajo artístico, especialmente el escrito, es aburrido, parido en la más absoluta soledad, casi siempre ajeno a los placeres diarios que la vida ofrece. El artista, el bueno, el que quiere hacer algo de verdad, debe renunciar a casi todo. Lo principal es la obra, el libro, la novela, el cuadro, y toda su vida debe girar en torno a dicho objetivo.

Siguiendo con los artistas, quizá los actores también tengan una vida un tanto dinámica, pero tampoco pueden huir (los buenos, matizo, los buenos, vuelvo a matizar) del duro trabajo para triunfar. Horas y horas de interpretación. Horas y horas de ensayos. Y así. En cambio, los que más se divierten, probablemente se queden en el camino, haciendo sólo algunas pelis de relevancia.

El don nadie sin embargo, se lo monta mucho mejor. Hoooombre. De eso no cabe duda. Que guay es eso de jugar al padel, al tenis, a las cartas, o verte un partidito de fútbol con los amigos rodeado de unas buenas cervezas. Que agradable es eso de tocarse los eggs, eso sí, soberanamente, durante la mayor parte del día, esperando nada, simplemente eso, que pase el día, o bien esperando a que anochezca para irse a dormir o fumarse un porro.

La opción cómoda siempre es tentadora, tendemos seguramente a la pereza, no hacer nada es sencillamente maravilloso, salir todas las noches puede ser muy divertido. Pero esa no es la senda de los elegidos, de los buenos. El elegido, el bueno, también se lo puede pasar bien, claro está, pero su vida será un tránsito continuo a través de un camino pedregoso, lleno de baches, espinas, sacrificios.

Ningún artista de verdad pasó a ser un clásico sin habérselo currado. Si acaso el único ejemplo de brevedad iluminada, sea Rimbaud. Salvo él (y habría que discutir la capacidad de trabajo del francés, que ya me atrevo a decir que fue mucha) todo fue siempre trabajo, trabajo.

Yo que sé, fíjate en Dostoyevski, Proust, Galdós, trabajo, Benedetti, trabajo, Kapuscinski, Dickens, Victor Hugo Océano!, Balzac, más trabajo, Miller, Joyce, Cervantes, Capote trabajo, trabajo, trabajo. 

Muchos, algunos, pocos, no sé, vivieron vidas interesantes. Pero muchas horas, muchísimas horas de esas vidas muy o nada interesantes transcurrieron sobre una silla, frente a un pupitre y muchos folios. ¿Es eso divertido? ¿Es eso divertido? 

Claro que escribir es divertido: se puede viajar, sentir, sumergirte… Pero físicamente hablando no hay escapatoria: se trata de un ser humano sentado en frente de un folio o un ordenador durante muchísimas horas. Eso es todo. Asombroso o no, lo que nos parece natural, tal como una novela que siempre parece que ha estado con nosotros, fue en realidad escrita por un tipo o tipa a base de mucho curro. Muuuchas horas.

Bueno, lo mejor parece ser como siempre el término medio. ¿No? Es decir, escribir, pero también vivir la vida: viajar, conocer a gente interesante y gente que no vale la pena, hacer deporte, ver de vez en cuando los partidos de tu equipo favorito, salir con alguien. Y escribir.

Se puede hacer claro, pero uno, una vez más, no puede escapar de la dureza laboral si quiere llegar a ser alguien. Vivir y no vivir. Ahí puede estar el término medio del escritor, ganando siempre claro, el sin vivir.

Cuestión de organizarse supongo, a lo mejor por eso, la inmensa mayoría prefiere divertirse y jugar al tenis y morir sin más, sin huella, sin rastro, sin nada detrás. Tan solo dejando como legado un par de pelotas. De tenis. Salud.

El autor
Carlos Battaglini

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