Ruidos

Acabo de decidir el asunto de hoy. Un día más me hallaba sin ideas frente al ordenador, cargado de ausencias, sin ganas realmente de decir nada. Entonces he conectado el cronómetro y éste, evidentemente ha empezado a correr. Hacia atrás. Y ahí seguía este folio, níveo, en blanco, esperando ser rellenado por unas hormigas negras, transmisoras de ideas, perturbadoras. Algo de vida, supongo.

He recordado Crimen, la novela de Agustín Espinosa, y sus primeras páginas. Esas que parecen rendirle un homenaje a los cinco sentidos. Supongo que por eso he pensado en los ruidos. Imagino que también ha influido que ahora nade de vez en cuando, y tenga el oído derecho un tanto tapado. Sabes como es esto, de estar ligeramente sordo.

Sientes como si te teletransportaran a un espacio extraño, como si estuvieses en la planta segunda de una discoteca intentando mantener una conversación, pero ésta se viese continuamente interrumpida por la música atronadora de la primera planta. Algo así.

He pensado también que tengo que afeitarme, que debo descansar a partir de este viernes, al menos quince días. Sé que durante esos quince días descansaré poco, volveré a leer como un poseso, y me enfangaré en el laberinto de las letras.

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, me cuesta reconocer donde estoy. He perdido la noción del tiempo, casi la del espacio. Me siento incómodamente bien. Estoy cansado.

Pero los ruidos. He querido hablar de los ruidos hoy. Ruidos que escucho ahora, desde mi habitación nublada por un día gris y ciego. Ruidos como el de las teclas de mi portátil mientras escribo. Es un sonido como de hormigas gigantes construyendo el hormiguero, trabajando sin descanso.

Ruidos como el del coche que acaba de pasar, arrastrándose como una ola, notando como sus ruedas pisaban un charco al final, despedida húmeda; ruidos como el de la perrita al rascarse todo el rato, como si se picase una mina interminable; ruidos como aquel, el que acabo de escuchar: una máquina que corta la madera, sonido a carpintería.

También escucho ahora la lluvia, cayendo con retraso. No viene del cielo sino de las tuberías, de las gárgolas, es el agua retrasada, la que se acumuló, que ahora desciende para recordar al hidrógeno, al oxígeno. Ruidos como el de la fregona que acaba de golpear, más bien acariciar, tampoco, puede que tropezar, sobre mi cuarto, sonando a bofetada acolchada, puede que cariñosa, la impotencia de un niño golpeando a su padre.

Ruidos de la chica que trabaja en casa bajando por la escalera, como un dominó abatiendo a sus compañeras las fichas. Ruidos del palo de la fregona golpeando puntual y accidentalmente al pasamanos de la escalera, como un coscorrón de advertencia; ruidos de un pájaro, puede que una tórtola, a lo lejos, puntual y triste, graznando una vez, ahuecadamente, dos veces.

De nuevo la máquina que corta la madera, o tal vez estén horadando el asfalto; ruidos de una puerta de un coche cerrándose, despidiéndose cruelmente de un amor ingenuo y esperanzado. La vida puede ser una mierda.

Alguien acaba de toser, no sé si ha sido dentro de mi casa o fuera. Un camión, o un coche o puede que un todoterreno acaba de hacer sonar la pita, el claxon, como un violín desafinado, como un músico borracho que estropea la armonía de la orquesta.

De nuevo un coche, unas gomas, el caucho atravesando los charcos. Escucho la voz de un hombre dirigiéndose a alguien. Es una voz fuerte pero tranquila, una voz de trabajo, con aliento a orden. Esas cosas.

Ruido como el de mi silla giratoria ahora mismo, como si hubiese cumplido noventa años y se quejase de no poder correr. Ruido de mi zapatilla arrastrándose orgánicamente: sonido de lija lijando. El ruido de mi zapatilla pateando el transformador del portátil inconscientemente, como si se cayese una piecita de plata de alguna mesa burguesa. Secamente.

La lluvia sigue cayendo, más bien los chorros, el sonido del retraso, el atrevimiento que surge cuando se ha perdido la oportunidad, la confianza de no tener ya nada que hacer. Jugando la final de consolación.

De nuevo el graznido del pájaro, a tortura sabe, como si le empezasen a cortar un dedo. El ruido que viene de mi oído derecho: como si abriese la ventana de un avión en medio del atlántico. De nuevo las voces, esta vez más contundente, ahora son varios los pajaritos los que se han puesto a cantar alegremente, debe estar saliendo el sol.

Ruido de mi nariz: acabo de suspirar. Ruido de mi nariz: inspirando. El ruido de los dedos de mi mano izquierda acariciando levemente mi sien izquierda, sonido de peine, también de hormiga, por qué no.

Los pájaros, el agua, la máquina que corta la madera, alguna voz, los coches, de pronto un claxon, también quiere participar el portátil, cada vez que guardo los cambios, eructa levemente, pero tapándose la boca… todo eso se escucha desde mi habitación. Y yo, un día más, sigo buscándote. Feliz Navidad.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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