“La cena” de Clarice Lispector

Clarice-Lispector

Este fue el segundo cuento de Lispector que leí el 27 de Enero, tras “Mejor que arder”. “La cena” está narrada en primera persona, o en segunda, ya que el narrador se centra en un hombre viejo, voluminoso y poderoso que entra en un restaurante y comienza  a cenar.

A partir de ahí, se va describiendo la degustación carnívora del viejo, que llega a adoptar tintes caníbales, sangrientos, llenos de saliva, fruición, asquerosidad, dramatismo; mientras que una mujer, cerca, sonríe frívolamente, casi maliciosa. Todo el relato transcurre de esta forma: el viejo devorando en el centro del restaurante, y el narrador observando la escena, experimentando todo tipo de reacciones ante la brutal comida: asco, inapetencia, tensión, etc.

Sin embargo, en medio de tanto salvajismo, el viejo corpulento deja escapar de pronto una lágrima. Pero acto seguido continúa haciendo el bestia.

El relato finaliza con este párrafo, “Cruzó el ángulo luminoso del salón, desapareció. Pero yo todavía soy un hombre. Cuando me traicionaron o me asesinaron, cuando algo se fue para siempre, cuando perdí lo mejor que me quedaba, o cuando supe que iba a morir. –Yo no como. No soy todavía esa potencia, esta construcción, esta ruina. Empujo el plato, rechazo la carne y su sangre.”

Este final que me costó entender, creo que empiezo a comprenderlo. Considero así que el viejo ya no era un ser humano, al menos espiritualmente. O bien era un ser humano desposeído de toda virtud, generosidad, honradez etc. Pienso que al comerse la carne con esa vehemencia, se metaforiza el banquete que el mismo ha hecho con sus semejantes (“el viejo devorador de criaturas”), con otros seres humanos: se los ha comido, los ha anulado. Ya no es un ser humano virtuoso, ahora es un cerdo, una bestia, un empresario especulador sin escrúpulos que no tiene reparos en pasar por encima de quien sea con tal de lograr sus objetivos.

En medio de tanta destrucción, sí, el viejo suelta una lágrima. Puede que en un momento dado haya experimentado un conato de pena, de misericordia, pero pronto lo olvida. Tal vez, podría haber sentido incluso lástima de sí mismo.

Lo cierto es que el viejo devora a sus propios ‘hijos’, como Goya representó en uno de sus cuadros más famosos. En definitiva, una metáfora de la desintegración humana motivada por la ambición, el dinero, el poder, la maldad…

El texto está escrito con un lenguaje sencillo, agradecido, preciso y sobre todo con una potencia, una fuerza y vivacidad que logran mantener al lector atrapado en todo momento. Es un cuento inteligente, que hay que saber captar. Aún así, quizás, Lispector debía haber explicado mejor el final. Puede ser.

En una segunda lectura, descubro que el viejo se llama Plutón. Y Plutón, el rico, es el epíteto ritual del dios griego de los infiernos, Hades.

Ajá, de manera que el viejo, en cierto modo, representa al infierno, al diablo. De esta manera, la carne puede también simbolizar algo bueno, delicioso, de ahí la reacción desconcertada, brutal, del viejo.

Por último, me llama la atención el papel de la mujer en este banquete. Es una mujer que cena al lado del viejo de una manera frívola. No debe estar lejos del viejo. ¿Qué representa? Porque mientras el viejo devora, “ella ríe con la boca llena, brillándole los ojos oscuros. Sonríe con los ojos entrecerrados, tan delgada y hermosa”. Y luego, cuando el viejo se deprime al final tras el banquete (gana el bien, tal vez), ella “cada vez más bella, se estremece seria entre las luces”.

Quizá la mujer represente al género humano (o parte de él). Indiferente ante la desgracia ajena, frívolo, egoísta, y al final cuando el diablo se deprime, ella se asusta, pero está más bella. Es como si cayese por ejemplo el gobierno de George Bush de manera catastrófica, provocando el pánico, pero al mismo tiempo alimentando una esperanza…

Respecto al narrador, creo que también representa a la humanidad, pero a ese sector más solidario de la sociedad, más preocupado.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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