Recordando las elecciones presidenciales de Liberia (5) de (5). ¿Ellen o Weah?

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LAS VERJAS SE IBAN CERRANDO EN EL CENTRO DE VOTACIÓN ENCLAVADO EN WATERSIDE, PERO NOS LAS ARREGLAMOS PARA ADENTRARNOS HÁBILMENTE. Aún había luz, pero el sol se iba despidiendo suavemente. Dimos varios pasos y nos encontramos con dos mesas a ambos lados de un suelo de tierra. Las urnas de plástico posaban orgullosas rellenas del papel de los votos, ebrias de posicionamiento popular y escoltadas por mucha gente joven de peto naranja. Formando un semicírculo, una legión de observadores con libreta, bolígrafo y caras tensionadas fiscalizaban el proceso.

Cada vez había más silencio en Waterside.

Uno tenía la impresión de encontrarse ante la partida de ajedrez más decisiva de la historia. Silencio, tensión. La noche iba cayendo y el cielo se anaranjaba detrás de unas nubes tiernas, las palmeras al lado del mar, velando. Y nosotros ahí, en un terreno invadido por dos conatos de oficinas que se derrumbaban al lado de un coche desguazado, sin ruedas, sin cristales e invadido por niños y gente que se subía en él para ver mejor el escrutinio.

Una mujer ataviada por una capa blanca, una peluca y un crucifijo plateado, nos decía algo sobre una ocasión anterior, algo que había pasado una vez en Liberia, hacía años mientras nos mostraba un folio con un membrete religioso para corroborarlo. Los suecos escucharon a la dama esotérica por espacio de quince segundos, y luego se giraron levemente mostrando ese perfil que uno pone para decir, no gracias.

La mujer de la capa blanca optó por sentarse y ahí estábamos todos. En silencio.

Las chicas de peto naranja comenzaron el escrutinio bajo ese ritmo africano que se desplaza con un arrastre de pies. Primero extendieron una lona grisácea, luego colocaron encima las urnas de plástico y a continuación cortaron el lazo de plástico que abría las urnas. Una vez que las urnas estuvieron abiertas, comenzaron a sacar las papeletas desplegándolas y situándolas ordenadamente encima de la foto de los candidatos escogidos. Ya era completamente de noche, no se movía nadie. El repelente anti mosquitos circulaba.

Los liberianos miraban a las chicas de peto naranja con una seriedad y solemnidad estremecedoras, una mirada que reflejaba el sufrimiento pasado y las ganas de salir adelante de una vez. Un rayito. De esperanza. Por un momento, me dio la sensación de que veía a Liberia crecer delante de mis ojos, como una flor que se va abriendo lentamente. Sobre la lona y junto a los papeles, se colocaron varias lámparas chinas, esas pequeñas lámparas cilíndricas de no más de quince centímetros de altura que despiden una luz entre celeste y violácea. Todo era celeste, naranja y violeta.

Los voluntarios empezaron a contar los votos. Al único hombre que había entre los contadores, lo expulsaron rápidamente después de haber cometido un error que podía considerarse como leve en un examen de conducir. Pa fuera. Pa la calle. El pobre muchacho sólo pudo hacer ese ruidito africano de labio, saliva y dientes que denota fastidio. Y de pronto se alzaron las voces para empezar el recuento, ¡Ellen Johnson del Unity Party! ¡Weah-Tubman del Congress for Democratic Change! ¡Prince Johnson! ¡Ellen, Ellen! ¡Weah, Weah!, comenzaron a gritar las chicas de peto naranja iluminadas por el humo celeste de la noche cerrada. Emma giró su cuello para captar todo el espectro nocturno y tras un largo suspiro exclamó, “esto es emocionante”.

En lo que a esta mesa respectaba, el triunfo de Weah-Tubman estaba resultando claro, como así corroboró el escrutinio final. El proceso se desarrollaba con tranquilidad y sin altercados en este lado. Pero cuando nos desplazamos a la otra mesa, la de la derecha, la cosa se empezó a poner fea. La polémica venía motivada por los votos dudosos, esos votos que no estaban claros, provocados por ejemplo por las cruces a bolígrafo que zozobraban sobre las casillas de voto dificultando así su verificación.

La bronca no la provocaban solamente los observadores ‘imparciales’ que tiraban para los suyos, sino que además una chica de las de peto naranja, muy bajita y menuda, incendiaba más la atmósfera con dardos verbales y demás provocaciones. Durante unos minutos, se cruzaron una retahíla de palabras mal sonantes y subidas de tono.

La bajita seguía metiendo cizaña, la mandaban a callar histriónicamente, la bajita volvía a insistir y así hasta que tuvo que intervenir una mujer policía y un militar que debía medir más de dos metros para frenar los altercados.

Por su parte, nosotros enmudecíamos, tomándonos muy en serio nuestro rol neutral, pero a la vez nos empezábamos a preguntar si una vez más, este país iba a mandar todo a la mierda.

En pleno escrutinio, mientras se revelaban los votos al son de ¡Ellen Johnson! ¡Weah-Tubman! ¡Prince Johnson! ¡Ellen, Ellen! ¡Weah, Weah! descubrí como la bajita de peto naranja sonreía ligera y diabólicamente, lo que demostraba que se lo estaba pasando bomba con aquel escándalo. Otra liberiana que había ahí, justo en frente suya, estalló de pronto en carcajadas, contagiada por la expresión risueña y maléfica de la bajita.

Afortunadamente, el cómputo de votos prosiguió sin mayores incidentes y de nuevo el Congress for Democratic Change de Tubman-Weah se alzó con el triunfo.  Aquí fue cuando el embajador sueco me estrechó la mano y me dijo, “he de irme, ha sido un placer”. “Un buen día, ¿no?”, le respondí yo antes de que se marchase. “Esto no ha hecho más que empezar”, contestó metiéndose en un coche negro.

El autor
Carlos Battaglini

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