Recordando las elecciones presidenciales de Liberia (3) de (5). “Bomi quiere votar”

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Ingrid aún no se había repuesto y seguía acostada dentro del coche proyectando un triángulo con su cuerpo paralizado y sumido en un sueño profundo o una horrible pesadilla.

Había llegado la hora de almorzar y no nos hizo falta salir del verde Bomi. Aparcamos por tanto los vehículos cerca del puesto ‘fronterizo’, es decir esa cuerdita que delimita los pueblos y los distritos en Liberia y que suelen estar custodiadas por un policía o gente de la localidad según el caso. Aquí encontramos un rincón al lado de una especie de colegio abandonado donde una mujer reposaba acostada sobre un muro. Frente a nosotros, se erigía un mango con varios vecinos debajo debatiendo en cabildo y mirándonos curiosos. Muy cerca, unas pocas mujeres y niñas del mercado deambulaban con sus cubos y palanganas sobre sus cabezas.

La mujer acostada se percató de nuestra presencia y se incorporó para sacarle al embajador una silla de mimbre que éste recibió entre risas de satisfacción. El resto se sentó en un banco o se quedó de pie. Los suecos se habían traído varios heladeras de esas que se llevan a la playa, cargadas de comida.

Con una limpieza y suavidad exquisita, Emma le preparó un perfecto plato al embajador que contenía queso, salami y otros apetitosos víveres. Me alegré cuando se les ofreció el almuerzo a los chóferes, ahorrándonos el apuro de verlos desconsolarse. Todos comimos. Todo eran tan coordinado…

Al rato el embajador se puso de pie y nos dijo que teníamos que ponernos en marcha. Al ritmo de las tortugas, llegamos a los arbustos que delimitaban Jenneh donde se respiraba más tensión que en los anteriores centros. En una de las esquinas, al lado de unas plataneras, un grupo discutía ardientemente por algo que nadie conseguía adivinar.

Alguien acusaba a alguien de esto y de lo otro. Me alejé de allí sin llegar a entrar en detalles dialécticos. A veces me descubría a mi mismo dando algunos paseos un tanto místicos, mirando el paisaje, el cielo, paseando con una lentitud analítica que me hacía levitar en África una vez más. Cada poco me cruzaba con los compañeros suecos, con los que intercambiaba una cómplice mueca.

Tras visitar repetidamente los cuartos donde se ejercía el voto sin llegar a detectar ningún accidente reseñable, decidimos irnos, pero nuestra despedida se vio interrumpida por los gritos de un tipo con una gorra de béisbol que sin duda llevaba unas copas de más, seguramente un exceso de vino de palma. El tío iba en líneas generales de buen rollo, pero se le escapaba una chispa un tanto agresivilla. Me decía algo así como que qué iba a ser yo en la vida y no sé que más. Conseguí tranquilizarlo un poco, hablándole muy despacio y ayudado también por un policía que se lo tomaba con sorna.

El embajador observó toda la escena tranquilo y tras aclararse la garganta exclamó, “seguimos”, y todos nos subimos en los coches para dirigirnos a St. Vincent Town, todavía en Bomi, donde nos recibió un paraje salpicado de mangos, papayas y plataneras. Nuestra llegada coincidió con la de varios autobuses (regalados por Japón a Liberia) repletos de votantes.

Los autobuses estaban bastante polvorientos ya y llenos de gente que se sumaban al ambientazo general que se vivía en Vincent Town. A ambos lados de un camino de tierra se desglosaban las mesas. Frente a la de la izquierda había una fila considerable, y la de la derecha, con una muy agradable pinta de caseta de verano, permanecía prácticamente vacía.

Ingrid ya se había recuperado y se paseaba de un sitio a otro con una energía insólita si lo comparabas con el estado que la muchacha presentaba hacía tan solo unos minutos. Cosas del cuerpo humano. Cosas de la mente humana. Fue Ingrid precisamente la que me dijo que junto a una de las cortinas, una mujer de peto naranja (el uniforme de los voluntarios) se dedicaba a espiar a todos los que votaban en esa esquina. Nos dirigimos los dos hacia allí, y miramos a la mujer que nos devolvió una expresión fruncida.

En efecto, aquí el desorden era más protagonista, el conato de caos asomaba, pero a pesar de todo, no parecía estar afectando a la votación. En medio del gentío,  junto a un huertito rodeado por palos de bambú, un hombre se puso a hablar conmigo. Me dijo que se llamaba Musa y se ajustó la gorra con una sonrisa.

Asentí con mi cabeza y le pregunté si era musulmán, a lo que me contestó entre risas que no, que él era cristiano. Como algo no me encajaba del todo, le pregunté si había sido antes musulmán, a lo que me respondió que sí, y luego le pregunté que por qué se había cambiado de religión.

De nuevo riendo, dudando un poco, me dijo, “I tell you”… se tomó unos segundos y a continuación me aseguró que desde que era pequeño se dio cuenta de que los cristianos eran los que tenían el poder, y que éstos también dominaban a los musulmanes y además tenían los mejores trabajos.

“¿O sea que te cambiaste por una cuestión de trabajo y poder?” Y él se carcajeó bajando la cabeza y me dijo, “bueno, eh… sí”.

Estuvimos un rato más en este agradable paraje bucólico, ideal para organizar una barbacoa o una merienda y finalmente dejamos Bomi para dirigirnos a Monrovia. Durante el camino, el verde se iba metamorfoseando en zinc y chabola, nos introducimos por unas calles y unas barrios que no había visto jamás, bordeando el mar, ciénagas, ríos, más pobreza.

Nos íbamos adentrando en una zona que no debía estar lejos de Bushrod Island a través de un camino de tierra y barro muy difícil de transitar y flanqueados por tumultos de gente que alternaban el saludo con miradas observadoras y rostros indiferentes. Muchas camisas del Barça y del Chelsea. Todo era pobreza.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir Samantha, Otras hogueras y Me voy de aquí.

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