“Problemas con la gente”

Hace unos minutos paseaba por el muelle, el mar a mi izquierda, y me preguntaba de qué iba a hablar hoy. Venía de cruzarme una mirada con el vendedor de helados. No nos hemos saludado. Venía de cruzarme más que una mirada con un tipo que casi me pisa un pie con su furgoneta.

Venía caminando con una sensación de hastío, repetición, hartura. De repente, necesito tocarme las orejas, los dedos, la nariz, el pelo, para dejar de imaginarme que me corto la cabeza, y esta rueda por los adoquines de una iglesia. No sé qué pasa por mi mente, pero pasa. 

Debe ser una especie de nube de mierda que se ha instaurado en el ambiente. Muere gente cercana por un lado, por otro, se saca petróleo de las Islas Canarias de manera vergonzante, se bombardea una vez más Palestina ante el silencio cobarde de la comunidad internacional, que desde sus despachos templados por la calefacción, piden un hipócrita alto el fuego. Como cuando ves en la calle, a un bestia pateando a otro más indefenso, y dices muy bajito, “para ya” y sigues caminando. Es así.

Debe ser también que estoy hasta los mismísimos de estudiar. De saber que mis días se parecen unos a otros, que al levantarte, lo mismo, me espera un cuarto pequeño, unos apuntes y como decía Alberti, “la espantosa frialdad de la máquina de escribir”

Que en mi caso es un portátil, claro. Debe ser de todo un poco. A veces me da asco la gente, no puedo comprender ciertos comportamientos colectivos. Otros días, como anoche, me vuelvo un amante de la humanidad. Un ferviente optimista. Amaos los unos a los otros. Debe ser de todo un poco.

Y eso que pasé unas vacaciones teóricamente buenas. Rodeado de energía positiva, pero a mí me faltaba algo, y sigo sin saber muy bien qué. Debe ser que espero el resultado de mi examen durante estos días. Seguramente. Debe ser que me jode que a veces uno tenga que callarse muchas cosas para conservar un cierto status, unas buenas relaciones con gente que tal vez no apetezca molestar, un trabajo. Estamos encadenados como decía Rousseau. Ni siquiera la soledad más absoluta nos libera, como afirmaba Papini. Siempre acarreamos la mente, los pensamientos, algo.

No sé lo que es todo esto. Lo siento.

Y eso que pasé unas buenas vacaciones a la vera de Harvey Pekar y Robert Crumb. Creo que cuando uno viaja, debe llevarse algo ligero para leer. El viaje, el avión, el cambio, nos produce una excitación que nos dificulta la concentración en la lectura. De ahí que agarrase un cómic de “American Splendor”.

Todo empezó, creo por el año 2005. Me hallaba en Madrid y paseando por los Renoir, descubrí un póster que llamó mi atención. “American Splendor”, rezaba. Y allí estaba Paul Giamatti, quién me había hecho reír de manera colosal en “Entre copas”. “American Splendor”, era de estas pelis raras que a mí siempre me apetece ver. 

Pasé un buen rato viendo dicha motion picture. En ella, se reproducía la vida de Pekar, un archivador cutre de un hospital de Cleveland, que un buen día, decide ponerse a escribir guiones de cómics, influenciado entre otras cosas por el gran Robert Crumb al que conoció en Cleveland.

Pekar en sus cómics, lo único que se dedica a hacer, es a reproducir la vida cotidiana del hospital, caracterizando a unos personajes que nos son de sobra familiares puesto que convivimos con ellos. Somos nosotros. Da igual que todo pase en un hospital hediondo de Cleveland: toca. 

Pekar es un tipo con suerte y sobre todo muy inteligente. Detrás de esa imagen de perdedor, se esconde un tipo frío, conocedor del marketing y la venta a la perfección. Quiere hacerse famoso y un buen día consigue que lo entreviste el prestigioso presentador Letterman.

Las entrevistas son un disparate delicioso, donde Letterman, creyéndose muy listo, piensa que se está bacilando a Pekar, pero éste, con su mirada de loco, sus camisetas coloridas, sus cuatro pelos desordenados, sabe lo que está haciendo perfectamente. Sabe que hay que tocar los huevos para darse a conocer y no se le ocurre otra cosa que meterse con una poderosa multinacional eléctrica que es dueña de la televisión que lo está entrevistando.

Letterman le llama la atención, pero Pekar pone su pie izquierdo encima de la mesa del presentador e insiste. Unos años después, Harvey Pekar es todo un personaje en los Estados Unidos. Conocido, respetado, admirado, leído y disfrutado. Yo me incluyo entre sus lectores y doy fe que sus cómics (editados por La Cúpula) son una garantía de risas.

Y sin embargo, así estoy, con esa sensación extraña, comprendiendo más que nunca a Dostoyevski, Tolstoi, Chejov y demás rusos. Sé por qué todo lo que escribían les salía triste. Comprendo que el vodka fuese y sea protagonista de la vida rusa.

Ese halo gris que a veces se posa sobre nosotros, como una maya pringosa, húmeda y constante. En todo eso pensaba hace unos minutos, mientras paseaba por el muelle, con el mar a mi izquierda.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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