Así son las fiestas de los expatriados en Monrovia

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La palabra fiesta explica el Universo. Evocar la fiesta supone una oportunidad de escapar de una Diosa poderosa y dictatorial de nombre Rutina. Rutina de los mares. Cuando los pulmones expulsan el sonido ‘fiesta’ la posibilidad de la posibilidad se manifiesta absoluta, cargada de adrenalina. Un alguien.

Desvelemos el secreto de una vez: la semana y la fiesta han firmado un contrato milenario. Llevan toda la vida compinchadas. El trato consiste principalmente (sin entrar en el preámbulo y en los anexos) en que la semana a lo largo de la semana va haciendo grande a la fiesta, a ese asueto del fin de semana.

Artículo 7: el yugo del despertador, el atarse los cordones, el escenario diario que se nos presenta de manera forzada y obligatoria, la seriedad del lunes, del martes, la corbata, los caminares rápidos por el pasillo, los papeles, un despacho. He aquí el trabajo de la semana. Y así (artículo 8) se va mitificando el fin de semana, se va creando la necesidad de la fiesta. Viernes y Sábado en los altares. Firmado: la semana, la fiesta.

Es por ello que cuando el viernes asoma, el humano está sediento de esa bebida de indescrifable receta denominada libertad. Algo nuevo joder. De ahí la fuerza de la palabra fiesta. Tal vez en la fiesta podamos conocer a alguien. Tal vez aquí cambie algo. Tal vez la noche.

Ahora estoy en un complejo de apartamentos en Sinkor, en el Sea suits compound frente a una piscina y por aquí hay bastante gente. Los africanos a la mínima oportunidad se han puesto a bailar, moviéndose como si no tuviesen huesos y Françoise ha venido para asegurarme que la fiesta buena es la del compound de al lado. “Eso se va a poner bueno, tío”. Suena el Ashawo, y a uno le dan ganas de saltar a un sitio muy alto cuando llega el estribillo con su ritmo, con su contagio, Waka waka baby, oh yeah, Wuru wuru baby, oh yeah… Oh baby sawale, Sawa sawa sawale, Sawa sawa sawale, ashawo…

Y detrás, el mar. Rompiendo. “La fiesta buena es la de al lado, tío”, me vuelve a decir más tarde Françoise después de ponerme una mano en el hombro. Françoise es un catedrático de la noche. Y así, al cabo de un rato esta fiesta efectivamente está muriendo: los que tenían cara de buenas personas se han retirado en grupo, despidiéndose con abrazos y estrechando manos.

Alguna baja sensible, lástima y al final la selección natural darwinista arroja un grupete de golfos, solteras y otros espíritus. Estamos ya una vez más en el Toyota 4Runner de Françoise. La música traspasa los cristales y todo el mundo está como dando saltitos en el asiento, muy excitados. Muy excitados.

Dos africanos vestidos de uniforme nos abren una puerta de hierro verde y el Toyota 4Runner se abre camino, triunfal en el Oassis compound. Descendemos y ya se puede escuchar una música de discoteca al otro lado del compound, detrás del cemento, junto a la piscina. Siempre la piscina. Caminamos sobre el césped herido y al fondo, de una manera cada vez más nítida puedo observar a mucha gente en bañador y otros torsos desnudos correteando alrededor de la piscina, cantando, gritando, empujando a más gente dentro del agua. Ahora lo veo. Hay dos altavoces enormes que despiden una música rápida, de esas músicas para gente guay, moderna, que le gusta Depeche Mode y llevan gafas oscuras cuando el sol se ha puesto. Cool. Ritmazo.

Todo está patas arriba. Sigo acercándome. Los que venían conmigo se han dispersado ya, se han mezclado en el pecado de manera torpe y decidida. Veo como se esfuma Luisa y su vestido verde de fin de año… Pero en la piscina. En la piscina hermano se está reproduciendo la divina comedia de Dante, un cuadro de El Bosco, un infierno lascivo que atrae con esa fuerza de los imanes prohibidos.

He conseguido un vaso de plástico lleno de cerveza y cuando bebo miro por encima de este vaso, un poco fuera de sitio, como un oso que se desorientó y acabó en medio de la autopista. Dentro del agua sólo se ven tórax desnudos, bañadores, algún sujetador y una mezcla de empujones, estupidez y carne, mucha carne. Repito, estoy pensando en Dante, en el Bosco y aquí me encuentro a mi amiga Yure que lleva una peluca violeta.

Me alegra ver una aliada en este campo de batalla tan duro. Yure se quita la peluca y me la coloca en mi pelo. Al principio, durante unos siete segundos, creo que me gusta, yo también soy guay, pero pronto me incomoda ese cabellera grasienta impregnada de malta… y se la devuelvo con una sonrisa falsa.

En la piscina ya no se ve nada. “Caballeros, la nitidez ha muerto”. Ahora todo parece un cuadro de Kandisky revuelto de abstracción y colores mezclados y perdidos. Por aquí también aparece de pronto Luisa, con su vestido verde y perdida.

Está fuera de juego, su físico, su destino le habían marcado una pista de baile de parquet barnizado, un baile con un caballero con pajarita y ahora… aquí revuelta en el fango libidinoso. Sigue cayendo más gente a la piscina. Tenemos que movernos de vez en cuando, esquivar especialmente los ataques de un tipo que está gordo y lleva un bañador hawaiano.

Quizás fue este tipo el que me hizo sonreír un rato después. El que me hizo sonreír para mí mismo al comprobar que una vez más se me había olvidado leer los anexos del contrato que han firmado la semana y la fiesta. La letra pequeña.

Y sin embargo. Volverá otro Viernes. Regresará otro Sábado.

El autor
Carlos Battaglini

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