Y un día me fui al terreno liberiano (8) de (9) ¿Quién ha dicho que no hay mar en Bong County?

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YA ESTÁ AQUÍ. Rick me viene a buscar por la mañana al Hilltop Hotel de Gbarnga y nos montamos en un Toyota Land Cruiser. Rum, rum. Nos dirigimos al compound de la última ONG internacional que he venido a ver. Con Rick es otra cosa, pongamos que hablo de un hombre experimentado con muchas horas en esto del ‘terreno’: sabe mandar. El compound de la ONG está dominado por un pino enorme que supera a un árbol de mango que se posa a su lado. Entonces.

Nos adentramos en el compound y Rick me dirige a una habitación donde me encuentro a unos siete u ochos chicos jóvenes mirándome, algunos con mejores caras que otros. Rick me presenta, digo una cuantas palabras y tras el “thank you” final, son ellos los que empiezan a hablar de sus funciones. El más bajo es el último en presentarse y cuando su cierra su portátil nos ponemos todos en marcha. Vamos a ver más proyectos.

La expedición se compone de dos Toyotas Land Cruiser que no tardan en llegar a al pueblo de Dementa. Nada más bajarnos, se nos acerca una mujer y cuando la saludo con el clac (saludo liberiano chascando los dedos del saludado) me dice ¡muy bien  a lo african way! y nos hace un gesto con la mano para que la sigamos a un cuarto extenso y lleno de más mujeres que esperan ansiosas a que nos sentemos para ponerse a cantar en nuestro honor.

Estamos ahí Rick y yo, sentados detrás de una mesa ovalada con más gente de la ONG y todas las mujeres nos cantan dándonos la bienvenida. Emocionante. Son muchas mujeres, orondas en su mayoría, ataviadas de trajes largos de algodón y colores que gritan. Las hay de todas las edades y sólo aquí los componentes liberianos de la ONG demudan el lenguaje corporal adoptando una expresión cómplice. “Esta es mi tierra”.

Tras el canto, varias mujeres nos ponen encima de la mesa una caja fuerte que debe pesar lo suyo. Un candado vela para que nadie meta la mano ahí dentro. La líder del grupo, una mujer de potente voz nos va explicando la iniciativa. “Aquí guardamos parte de nuestros ahorros y a final de mes siempre tenemos intereses.”

La mujer refuerza el énfasis de sus palabras cuando dice, “esto es nuestro”. Y el resto de mujeres asiente con un “yessummm”. Es el poder del microcrédito, principal objetivo de este proyecto.

Cuando salimos afuera las chicas de la ONG nos llevan a ver las huertas financiadas por el proyecto. Por aquí hay de todo, lechugas, berenjenas, melones… y todas las mujeres se pasean alrededor de los cultivos como pavos reales, orgullosas de haber sido las autoras de estas cosechas.

De las palmeras y los mangos penden cuerdas que sostienen diferentes trajes coloridos y estampados de flores que se combinan con camisetas de fútbol del Barça o Chelsea. Tras haber dado unas vueltas más alrededor de las plantaciones, nos despedimos entre manos giratorias que nos dicen adiós calurosamente.

En Franjoe nos reciben con más cantos y nada más bajarnos en el siguiente pueblo, Deanville, un hombre regañado y con una camiseta negra dice, “todas estas historias son para las mujeres ¿y nosotros los hombres qué? Yo quiero participar”. Y yo como siempre, digo más o menos que sí pero que… En fin. La más guapa de la ONG me va mostrando todos los sembrados de Deanville. Vuelve a ver mucha lechuga, berenjena, melones. La tierra.

Rick también está por ahí, con más gente de la ONG supervisando varios cultivos y de vez en cuando le pellizca el hocico a un perrito. Las mujeres del pueblo van aparecen por todos lados como una emboscada perfecta. Nos han rodeado y después del clac, clac bajan todas la cabeza para rezar. A rezar, silencio, rezar, rezar. Todos a rezar.

En el ambiente bucólico que nos rodea miro los terrenos colindantes que se van multiplicando en insinuaciones y utopías. Por un momento pienso una vez más en dejarlo todo y ponerme a caminar a través del campo, atravesando veredas, mezclándome con las cosechas y tendiéndome de vez en cuando entre las flores, las plantas, el descanso. Parar un instante, un momento, unos minutos, una hora, treinta y siete segundos.

Y cuando sigo sumergiéndome en mis elucubraciones clorofílicas, la carmina burana, derivados, vuelvo a ver a Rick que me pregunta qué tal, y que me dice que tenemos que irnos. Siempre nos estamos yendo, siempre me estoy yendo. Otro lado, una nueva frontera y así, así.

Llegamos a Vielanai y no puedo más que sentirme bien. Sentirse bien. Vielanai es una aldeíta plagada de árboles de cacao, de flamboyanes, de vestidos amarillos y rosados… Acompaña una brisa que te muestra un mar que no existe. Porque aunque no haya mar en este pueblo, se ve el mar. Y aunque no se escuche el mar, se escucha el mar. Y cuando oyes las olas te fijas en unas cebollas, en unos tomates, en la guapa de la ONG, en un tipo que ha salido de su cabaña con cara desconfiada, casi asesina. En todo eso te fijas mientras escuchas el mar.

Algunos miembros de la ONG ya están cansados y se han desperdigado por la aldea, como supervivientes agónicos de una batalla sangrienta. Yo sigo atento a las explicaciones que varios tipos me ofrecen sobre las plantaciones y otras esperanzas. Me pongo de lado para que la brisa me dé mejor, para que penetre por el orificio de mi cuello, por mi oreja izquierda, por mi hombro izquierdo. Ni siquiera sé si eso es brisa, si soy yo, si es el mar y yo qué se, debe ser el efecto escarapela de este pueblo, el frufrú de los vestidos rosados o puede que sea algo más.

El autor
Carlos Battaglini

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