Y un día me fui al terreno liberiano (1) de (9) Paz y machetes en Gbarnga y otros pueblos de Bong County

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¿CÓMO LLAMARLO? ¿Selva? ¿Jungla? ¿Bosque? ¿Espesura? ¿Frondosidad? ¿Arboleda? Definitivamente no hay un término lo bastante preciso como para definir el sitio al que me dirijo. Campo tiene un pase pero tampoco me acaba de cuadrar ¿Selva? No, imposible, no puedo llamarlo selva. Calificarlo como jungla sería exagerado. Así que llamémoslo simplemente bush. Allá vamos.

A las ocho y algo de la mañana entro en un Toyota Land Cruiser de la ONG internacional y arrancamos hacia Gbarnga. El paisaje es verde, muy arbolado. Llueve y ya no se ve casi nada. Me noto quemado, una espina arañándome el iris. En realidad es un simple estrés, una menor preocupación cotidiana. El parabrisas descubre algunas luces, creo, gente pasando, creo, humanos moviéndose, creo.

El chófer ha notado que ya he dejado de darle vueltas a la cabeza porque cuando ya llevamos unos cuarenta y pico minutos de viaje y nos acercamos a Kakata, me sonríe, me enseña los dientes. O tal vez le sonreí yo primero. Y sé, de eso si estoy seguro, que cuando le dije mi edad me respondió con un, “Carlos, eres muy joven”. Pues sabes que te digo, ¡gracias compañero! Y así, rodeados de bosques de bosques, de árboles de árboles, atravesando de vez en cuando ríos (oxígeno), progresamos a través de una antipática carretera que nos va llevando hasta Gbarnga.

¿Las aspiraciones del chófer? Si mal no recuerdo, era alimentar a sus hijos. Eso fue lo que me dijo, quizás. Creo recordar ahora su sonrisa amarilla. Todo es amarillo. Y de pronto ya estamos en la concurrida Gbarnga, llena de gente, polvo, cacerolas y muchas motocicletas.

Nuestro coche avanza y se acaba introduciendo en el compound de la ONG de donde entra y sale bastante gente. Sin embargo, esta parte de Gbarnga es tan tranquila que dan ganas de tenderse boca abajo y abrazar la tierra. Abrazar Gbarnga con las dos manos bien extendidas.

Pero en lugar de tirarme al suelo, entro en el local de la ONG y Pedro, coordinador de programas de la ONG, me cuenta lo que pasa en Gbarnga y en el condado de Bong. “Aquí manda ella, la mujer de Taylor, ese al que todos conocen”. “Gbarnga es el termómetro de Liberia”, me sigue diciendo Pedro. “Si las cosas empiezan a ir mal aquí, Liberia se va a pique”.

Luego me presentan a otro miembro de la ONG, Fred, todo alto, todo calma, dándote confianza a través de sus resbalones, a través de sus conatos de caídas. Y comemos todos. Comemos en otro compound donde la presencia de una hamaca vacía en la entrada me ha reconciliado con la bendita lentitud y la parsimonia. Y tragamos un trozo de papaya, otro trozo de mango, y los dientes en la suavidad… Y. Al estirar el brazo para alcanzarme un tenedor, veo a una mujer en la cocina. Una mujer a la que sólo le veo la espalda y por unos segundos el perfil, un perfil lento, un movimiento de arena.

Llega la tarde y me vuelvo a meter en un Toyota que nos lleva por una carretera de tierra y baches durante un buen rato hasta que descendemos en la aldea de Tolomai, otro refugio del silencio. Otro secreto. Hay algunas casitas derruidas que intentan ser al menos casitas, sólo casitas.

Pisamos la tierra (pisar la tierra) y enseguida notamos otras pisadas próximas, alientos, y cuando mi cerebro le dice a mi cabeza que se gire a la izquierda descubro al pueblo entero acercándose a nosotros. Transmite el pueblo entero una mezcla de expectación y de miedo.

La mayoría lleva machetes que pendulean sobre sus rodillas. Se acercan, nos rodean. Relajo la expresión, sonrío, sonríen, saludamos con el chasquido de dedos, clac, clac. Unos cuantos abren la mano, quieren dólares. La mayoría vuelve a sonreír cuando les digo por las buenas que no puede ser.

Sigo caminando por ahí con Fred y Alex, un cooperante liberiano, monitoreando el proyecto agrícola, viendo lo que se hace por estas tierras donde ni siquiera habita el olvido. Mis acompañantes me enseñan las plantaciones de piña, la casava, el arroz, mucha madera quemada. Todo eso. El aire, la brisa, un verde. Caminamos, caminamos en medio de olvidos olvidados por el olvido, caminando, escuchando la suela que cruje sobre la tierra, tierna. A veces.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

2 comentarios
  1. Para mi…este ha sido uno de tus grande relatos….¡¡¡¡que bien lo haces Carlos!!!!espectacular!!!
    Sigue deleitándonos es un honor leerte!!!!
    Besos

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