“¿Han cambiado las cosas en Liberia o no?”. Reseña literaria de BLUE CLAY PEOPLE de William Powers (3) de (3)

Para los que hayan vivido y trabajado en Liberia, o lo estén haciendo en la actualidad, Blue Clay People les resultará tremendamente cercana y familiar. Muchos expats (y también un buen puñado de liberianos) se reconocerán en la figura de Powers, harán suyos sus pensamientos, sus experiencias.

Y es que Powers nos hace partícipes de los típicos escenarios que el expat experimenta en Liberia, incluido las preguntas que se reciben en el aeropuerto antes de embarcarse en la aventura africana, “¿cómo es que te vas a ese sitio?”, le preguntarán a uno. En la misma línea, Powers reproduce una cena celebrada en los Estados Unidos con sus amigos de toda la vida, donde le preguntan, “Entonces, ¿cómo es Libia?” Sin duda, muchos expats sonreirán ante esta escena.

Uno puede seguir riendo con las partes cómicas del libro, por ejemplo, como no reírse ante esos “chistes del mundillo de la cooperación” que se hacen a costa de las pobres ONGs: “What does CRS stand for anyway? Is it “Can’t refuse Sex’ or “Cant’ remember Shit”?, preguntará alguien. O, “Save the children, but kill the parents”, “World Vision, Blurred Vision”, dirán otros.

Muchos también podrán sonreír (o llorar) al comprobar que pasados ya bastantes años después del periplo de Powers en Liberia y no parece que las cosas hayan cambiado tanto en este país, incluida la manera de gestionar el sector de la cooperación que aún rezuma un tufillo colonial.

Muchos personajes de la época aún están por ahí como el dueño de Wesua, esa particular compañía aérea. Si bien es cierto que hay que hay algunos motivos para festejar como el hecho de que al menos actualmente no hay guerra y de que Liberia ya no es el segundo país más pobre del mundo como por aquel entonces. Además, Charles Taylor está condenado a pudrirse en La Haya, mientras que los ‘Small boy soldiers’ tratan de reintegrarse en la sociedad liberiana.

Todas estas son buenas noticias. No obstante, Liberia sigue teniendo unos problemas muy importantes desde el punto de vista de las necesidades básicas. Ante este panorama, el mundo del desarrollo siguen viendo todos estos fenómenos con unas lentes frívolas y muchas veces ignorantes e indiferentes.

En otro orden de cosas, desde un punto de vista estrictamente literario, no se puede decir que Blue Clay People sea una virtud de técnica literaria. Powers hace uso de un estilo muy sencillo, sencillísimo y totalmente accesible a todos los públicos, a los que se dirige en tiempo presente. No hay espacio para el adorno o la virguería literaria, sino una intención de enviar claros mensajes al mundo de la cooperación. Todo ello revestido por muchos componentes de “literatura sociológica”, donde se combinan los tópicos con interesantes apuntes que ayudan a comprender mejor los entresijos de este mundillo.

Asimismo, los diálogos ayudan mucho a dinamizar la prosa e identificar a unos personajes que por lo general están bien caracterizados a lo largo de unos capítulos que Powers sabe cerrar con acierto y precisión. Es un libro también muy ambientalista y sin duda llamado a despertar conciencias. Alguien también puede pensar que Blue Clay People contiene todos los elementos para hacer una película: hay malos, hay buenos, hay chicas…

Por otro lado, hay también en la novela ciertos componentes místicos, religiosos que pueden considerarse normales si atendemos al origen católico de Powers, origen que no obstante no le condicionan (al menos, no del todo) para expresar su verdadera opinión.

Entre los “lunares” del libro, alguna gente que ha leído la novela les decepcionó el hecho de que William abandonase a Ciatta al final enferma de malaria y en unas condiciones precarias. El mismo Powers se justifica  al decir que en realidad nunca acabó de enamorarse de la liberiana y que si se hubiese quedado con ella, hubiese tenido además que mantener a toda su familia. Por otro lado, tampoco resulta del todo claro de que en Liberia exista harmatan como Powers afirma en la novela.

Muchos liberianos afirman sencillamente que no lo hay. Inexacto resulta también la insinuación (o no) de que la CIA tenga presencia en Liberia, como se deja entrever en la página 123. Por último, otras personas con las que he hablado, manifiestan que sería más coherente que Powers residiese en un país en desarrollo en lugar de en New York que es donde vive actualmente.

Sea como fuere, lo que es indudable es que Blue Clay People se trata de una novela sincera y escrita con mucha ternura y lo que es más importante, se puede sentir que se ha escrito con el alma y con el corazón.

Se trata además de un libro necesario, y es que si un expat o alguien no escribe esto, todo se podría olvidar muy fácilmente.

En definitiva, Blue Clay People no es sólo una entretenida novela que ayuda por ejemplo a conocer mejor la historia de Liberia, sino que se trata sobre todo de un documento de mucho valor para evaluar y mejorar el mundo de la cooperación. En efecto, las críticas afiladas de Powers al mundo de la cooperación deben recibirse como un ejercicio de autocrítica y una motivación para mejorar este sector y por ende el mundo.

Después de Blue Clay People (publicado por la editorial Bloomsbury) William Powers ha seguido escribiendo libros marcado por una permanente curiosidad que le viene de unos padres católicos liberales intelectuales a los que les gustaba mezclarse con los otros y salir de la burbuja norteamericana.

Así que a Blue Clay People le siguieron Whispering in the giant’s gear y Kusasu y el Árbol de la Vida sobre su experiencia en Bolivia, Twelve by Twelve sobre las duras sensaciones de volver al “mundo desarrollado”, y la última New Slow City o cómo vivir de manera sencilla en la ciudad más frenética del mundo.

Powers es también activista, colaborador en la New York University y miembro del World Policy Institute.

El autor
Carlos Battaglini

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