“LAS MALVINAS DESDE LAS ENTRAÑAS”. Reseña literaria de LOS PICHICIEGOS, de Fogwill

Fogwill

Y va Fogwill y cuenta lo de las Malvinas como nadie, con un estilo propio y reconocible, ese objetivo eterno al que debe aspirar todo gran artista, y que el escritor argentino exhibe desde los primeros renglones de su obra magna, Los Pichiciegos. Desde el primer instante, el escritor argentino introduce al lector en un mundo particular donde se desarrolla la historia de un grupo de conscriptos argentinos que sin comerlo ni beberlo se hallan de pronto en las inhóspitas y gélidas islas Malvinas, en medio de un conflicto que ni entienden ni parece interesarles.

Por ello y por puro instinto de supervivencia, optan por crearse su propio nicho subterráneo, la llamada pichicera (que hace referencia al pichiciego, un pequeño mamífero placentario de cáscara dura y caparazón que hace cuevas) mientras afuera se desarrolla el combate entre sus compatriotas argentinos y los ingleses.

Bajo el férreo mando de varios soldados que manejan el cotarro y que se hacen llamar, los “Reyes Magos”, los pichis le dotan a su cueva de todo tipo de ventajas. Se trata de unas condiciones impropias para soldados rasos, que los pichis consiguen a base de astucia y de un tráfico regular con el enemigo británico del que reciben alimentos y recursos a cambio de información estratégica. Así pues, formalmente, los pichis no solo se convierten en desertores, sino también en traidores. Y es que los pichis, la mayoría de los pichis, lo que quieren es acabar la guerra y regresar a casa cuanto antes.

La atmósfera claustrofóbica de la pichicera, donde los alimentos no sobran, se convierte en todo un laboratorio sociológico, donde salen a relucir los instintos más humanos, y para ser más preciso, argentinos. Se da el miedo naturalmente, pero también brota el humor, la guasa, las putadas, la crueldad, el despotismo. Tampoco falta la homosexualidad puntual y hasta se dan conatos de racismo.

Saltan también las rivalidades con el Uruguay, con Chile y demás detalles que revelan la idiosincrasia del argentino medio, con el porteño acomodado a la cabeza, conviviendo con los formoseños, bahienses o cordobeses, éstos últimos siempre más humildes pero también con truco. Enfrente, un rival británico arrogante, haciendo gala de una evidente superioridad militar, que ejerce principalmente a través de los aviones Harrier que causan en los argentinos casi tanto pavor como los temidos gurjas.

Aunque el punto de vista del narrador no resulte del todo evidente, la historia la cuenta el pichi Quiquito, que habla en primera persona o bien responde a preguntas de un entrevistador, dando así, varios saltos en el tiempo. Los diálogos juegan un papel fundamental en la obra, a través de los cuales la historia fluye liviana y real. Son unos diálogos llanos, argentinos, exactos, fidedignos, muy bien plasmados y a los que siempre acompañan unas acertadas acotaciones.

El humor también desempeña un rol significativo. Sencillamente, es imposible no reírse de vez en cuando leyendo Los Pichiciegos, por poner un simple ejemplo, ¿cómo olvidar al pedante estudiante García y su frase predilecta, “¡es notable!”? Como se ha dicho, Fogwill marca su propia voz, enarbola un estilo propio, que si bien no es muy estético, es sin duda natural, preciso, expresivo, visual, sentido y definitivamente inteligente.

Sus descripciones parecen tan sencillas, que parecen obviar la indudable complejidad que la construcción de las mismas conlleva. Todo es “simple”, pero profundo. Fogwill va enlazando hilos conductores uno tras de otro (nunca se pisan, nunca combina) donde todo asunto parece correctamente escogido, salvo quizá, el micro relato del barco y los ahogados que constituyen una buena historia, pero que se desarrolla en un contexto equivocado.

De los personajes, resulta complicado olvidarse de algunos, sobre todo del Turco, el pichi líder por antonomasia que rige los destinos del cuchitril más bien por instinto y carácter que por sabiduría. Le acompañan el narrador, pero también otros muchos pichis singulares que tratan de sobrevivir como pueden. No faltan tampoco, los militares déspotas que cometen crímenes de lesa humanidad al calor del río revuelto de la guerra.

Fogwill sabe al fin y al cabo que la guerra es bella, y la narración de sus tripas, sólo puede aumentar su gloria, siempre salpicada por lo absurdo, el desconcierto, la injusticia y la muerte. Moralmente, muchos dirán que el comportamiento de los pichis es sencillamente inadmisible y por ello un tribunal militar debería sentenciarlos a todos a muerte sin vacilación.

Sin embargo, no parece en absoluto que la intención de Fogwill fuese condenar a unos adolescentes que no sabían no sólo ni lo que estaban haciendo allí, sino que además reniegan de la obligación patriotera y fanática, que los trata de envolver en un conflicto que les resulta ajeno.

Con todo, no hablamos de una novela que trata de rebatir a la beligerancia. El mismo Fogwill escribe en el prólogo que Los pichiciegos, no fue escrito contra la guerra, sino contra una manera estúpida de pensar la guerra y la literatura”. A pesar de ser una obra ficticia, con Los Pichiciegos, Fogwill nos acerca al conflicto desde un ángulo tan real como argentino, convirtiéndose en una pieza imprescindible para entender de primer mano lo que ocurrió en el conflicto de Las Malvinas.

Las cicatrices de la guerra de las Malvinas aún siguen escociendo en Argentina, un país que aún trata de reconciliarse con un pasado de dictaduras militares que han resultado en centenares de causas contra los represores de la época que todavía hoy siguen abiertas.

Rodolfo Enrique Fogwill, conocido como Fogwill a secas, dejó este mundo en 2010. Su novela Los Pichiciegos, lo ayudó decisivamente a emprender una exitosa carrera literaria que combinó con una también triunfante carrera profesional como directivo de empresas de publicidad y de marketing.

Su irrupción en el mundo literario, aportó innovación, frescura, provocación y por encima de todo, calidad literaria. Después de la muerte de Borges y Cortázar en los ochenta, Fogwill se subió con César Aira y Ricardo Pliglia al pedestal de los mejores escritores argentinos de los últimos tiempos. Los Pichiciegos, novela que lo consagró como escritor con mayúsculas, la escribió en seis días a base de cocaína.

Escribió muchos más libros, incluido cuentos y poemas. De personalidad extravagante y polémica, se peleó con todo el mundo, desde el mismo Pligia, pasando por las Madres de la Plaza de Mayo y muchos más. Siempre genial, Fogwill fue según sus propias palabras, “el primer tipo de la historia de la literatura que puso un consolador eléctrico en un texto literario”. Disfrutémoslo.

El autor
Carlos Battaglini

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