¿La vida del expatriado en Liberia es verdadera?

Liberia

EN REALIDAD YO VENÍA A ESCRIBIR OTRA COSA. En realidad, yo venía a escribir una historia incolora, inodora e insípida. En realidad venía a no escribir. En realidad venía a dejar escrito algo que no hubiese sido escrito nunca antes. En realidad, creí, pensé, que podía escribir algo donde no hubiese espacio, ni tiempo, y donde quizás cabría algo naranja. Un pasillo naranja escoltado por un fondo negro. Pero un fondo negro me resultaba demasiado luminoso, lleno de luz. El negro provenía de la luz. El negro brillaba. Y lo que yo quería escribir no llegaba a tener luz, era algo anterior. A todo esto. Muchísimo antes. A eso me refería.

La vida del expatriado en Liberia. Y el aire anterior. Se parecen.

Lo normal es que el expatriado se marche de Liberia. Lo normal es que los expats estén por un tiempo y luego se vayan para que vengan otros, y así. Dentro de un Toyota Hilux dirigiéndome a Bushrod Island con mi amiga Christine, me da por preguntar por alguno de esos que llaman “expatriados” (la palabrita) es decir, personal de la llamada Comunidad Internacional que viene a trabajar por un tiempo, por lo general al servicio de una organización internacional, una ONG, una agencia, un hospital o lo que sea. Y sea en inglés significa “mar”. Y el mar, siempre suena. Te llama. Aquí. Allí.

Lo cierto, la verdad, es que he perdido la pista de varias personas, tal vez amigos (amigos) que pienso que seguían aquí (aquí). En Liberia. Pero Christine me cuenta que Jonathan marchó a Guinea Conakry, “hace tiempo”, que Junior el brasileño volvió a Río, “hizo una fiesta de despedida, lo sé por Facebook”, que Jessica vive ahora en Jordania, que Boris se fue ayer para el Congo, “ni siquiera llamó para decir adiós”…

Al pensar en todas estas gentes, los veo dispersándose dentro de mi cerebro como hormiguitas incandescentes azules y naranjas que se enredan y confunden entre ellas como entes desordenados, caóticos y un tanto crueles. Porque siempre hace un poco de frío

¿No es cierto? Se abren paso por el mundo y por caminos inciertos, abandonando toda conexión con el ya de por sí debilitado punto de origen, ese punto ¿te acuerdas? donde nos conocimos y donde durante un tiempo, unos meses, tal vez un año, compartimos un espacio, un tiempo, una cerveza, quizás un aire. Y hasta unos labios.

¿Qué pensará el Sajj de todo esto? Pienso en la confusión del Sajj, el bar restaurante de rafia, punto de encuentro por antonomasia de Monrovia y me pregunto qué pensará el propio bar sobre el hecho de que por sus pasillos de cemento caminen seres humanos temporales, pasajeros, espectros que pisan un suelo, que bailan rítmicamente (levantan las manos, se giran) para no mucho después, quizás ese mismo día, combinarse con otros espectros que vienen de otros países tan lejanos como éste y que más tarde (hoy) no llegarán a conocer a los que se fueron hace una semana, un año, siete años, pero coincidirán con los que aparezcan unos meses más adelante, cuando ya no quede ninguno de los que estaban cuando él o ella llegaron a Liberia. Algo incoloro.

Imposibilidad de la raíz. Negación del hierro y la cristalización. Interrupción de la dialéctica. Todo queda digamos, en un intento de algo que siempre se queda en un intento de algo. Todo lleno de cristales fragmentados. Esparcidos. Sin eje. Miles de caras y paisajes circulando al ritmo de un tórrido invierno que insiste en el domingo, en el lunes por la mañana, arremetiendo contra el viernes, enfrentándose a las sonrisas. Para el expatriado (esa palabra) el asentamiento es una broma sarcástica porque nunca se la creerá, el nomadismo es la norma, el desarraigo se convierte en costumbre, el frío es un amigo.

Y me pregunto aquí en Liberia (me pellizco) qué pensará de todo esto el espacio que no abarco, los restaurantes, los baños, las calles, los muros, el cielo, las antenas, los faros, las máscaras, el hotel, el mango, las palanganas, los Nissan Patrol, las mujeres del mercado, la papaya, el coco, los plátanos y ellos y ellas, los que se van y vienen. Y no dicen nada. ¿Qué dicen ellas, eh, qué dicen ellos?

Por eso el viernes cuando vi por casualidad a mi amigo (amigo) pakistaní Menaka y me reveló que no se había podido marchar ese día de Liberia porque el avión había sufrido una avería, pensé que este hombre era responsable de llevarse consigo un aire incoloro, inodoro e insípido. Lo miré.

Allí estaba con su calva, con sus ojos sonrientes, su áurea de niño, fugitivo frustrado por un avión que no quiso despegar. Porque al avión también le molesta a veces el gris, el aire gris.

Y me entero señor Menaka que unos meses más tarde, dentro de algunas semanas (hoy, esta noche, ahora) preguntaría a Christine por usted, y mi amiga me diría a través de una boca de carne que usted ya no vive en Liberia, que usted ya se había marchado hace tiempo. Y mi cabeza continuaría la narración, “olvidando consigo el pasado y la experiencia, aferrándose a un futuro que no existe, negando el pasado que vuelve y aprieta y proyectando un futuro en otro espacio, inabarcable para mí”. Porque no puedo ver lo que usted comerá mañana en su apartamento de Islamabad. No lo puedo ver. Y todo eso, duele.

Así, pero al contrario, es la vida del expatriado en Liberia, en África, en todos lados. Una historia de colores, olores, sabores que resucitan las preguntas más sencillas de la vida en medio de un avión a no sé qué parte mientras una azafata trae una bandeja llena de panes. Ahí dentro la miro a ella, a la azafata, sin hablarle, sin atreverme a preguntarle si todo esto es verdad, sin saber si el que escribe esto soy yo, ignorando que el que lea esto tal vez desee tocar algo. Tocar por fin algo verdadero.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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