La policía chunga de Papúa Nueva Guinea

Papua Nueva Guinea

Érase una vez que veníamos todos de vacaciones, con esa sensación energética que uno siente los primeros días que suceden al asueto. Esos días en los que se puede cambiar el mundo, esos días en los que haces cosas distintas, esos días en los que dices cosas diferentes, antes de que la amenaza de la diosa rutina se pose sobre tus huesos. Así parecía sentirse también Helen, una amiga australiana que nos había invitado a todos a su casa de Ela Beach con vistas al Océano Pacifico.

Y fue así como me acerco allí con mi amiga argentina Marta, cargados con botellas de vino blanco sauvignon. Es la misma Helen la que nos abre una puerta que nos muestra a más de veinte personas al son de cervezas SP, ron cola y filetes de ternera. Se descorchan risas, se celebra la vida, Marta baila un tango con un australiano torneado.

Y esos puntitos que ves al fondo, son las islitas de Ela Beach con el Océano Pacífico al fondo. La fiesta es agradable, lo pasamos bien. Cuando la noche adquiere un color azul marino, casi oscuro, empiezan a marcharse los invitados con dos besos. Yo le doy uno a Helen y me retiro con mi amiga Marta en un Toyota Hilux blanco.

Veo el volante en frente de mí. Ahí está, en el lado derecho. Por supuesto. Acabo de llegar de España donde he estado conduciendo con el volante en la izquierda durante muchos días. Por supuesto. Pero estamos en Papúa Nueva Guinea y el volante va en la derecha porque hay que conducir por el lado izquierdo… Claro, sin problemas. Ahí voy.

Avanzo con el Toyota Hilux con confianza, de machote y me freno ante el semáforo en rojo. Cuando se pone en verde, me dirijo al lado derecho de la carretera, al carril diestro, pero con una sensación repentina de estar sacándome de nuevo el carnet de conducir o como si estuviese pisando trocitos de caca.

Algo parece que no fluye. “¡Vas a contramano!”, grita de pronto Marta. “¿Contramano? ¿Qué es eso?”, digo desconcertado. “¡Que vas por el lado equivocado, boludo!”, grita de nuevo mi amiga argentina. Joder, joder, ¿qué hacer? “¡Cámbiate!”, vuelve a gritar Marta.

Como si pisase un campo lleno de minas, sigo descendiendo por el asfalto, pidiéndole perdón al aire, pensando en cambiarme de carril en la rotonda de abajo, esa rotonda salvadora. Es cuando empieza a sonar un escandaloso ruido de sirena. “La policía está detrás nuestra”, me dice Marta con una voz que pretende ser tranquila. Joder, joder…

Ahí está la poli. Van apiñados en un todo terreno color turquesa. Saltan desde la parte de atrás como los hombres de Harrelson a punto de emprender una acción de alto riesgo. Puedo observar con claridad unas inmensas metralletas. Ahora sí que estamos rodeados. Un tipo con gorra militar y nariz achatada golpea con los nudos de sus manos la ventana izquierda, donde está sentada Marta, mientras su mandíbula se balancea al son del masticado de bettle nut, la nuez que coloca a los papús y los hace más imprevisibles todavía.

Cuando voy a bajar la ventana izquierda, otro tipo muy gordo golpea mi ventana, la de la derecha. Me dice que abra la puerta. La multitud se va abalanzando, lista para el show. Decenas de ojos nos rodean. Nada más salir a la calle, el calor nos abraza y siento la mano del tipo gordo que me aparta para sentarse en mi coche como un marajá. Marta abre la boca. Yo voy a decir algo, pero un tipo bajito nos dice que nos sentemos detrás ahora mismo.

Los asientos delanteros están ocupados ahora por el de la gorra militar y el gordo que vuelve a encender el Toyota Hilux que no dice nada. Detrás va el todo terreno turquesa con la sirena a toda pastilla. La multitud congregada nos hace un pasillo para dejar pasar el convoy. “¿A dónde nos llevan?”, pregunto desde el asiento trasero, sintiéndome como un judío en la Varsovia del 39.

El tipo de la gorra militar gira el perfil masticando en bettle nut y responde, “¿no lo has visto o qué?, usted ha cometido una ofensa muy grave contra el gobierno de Papúa Nueva Guinea y por ello debe ser detenido”. “¿Qué?”, dice Marta, “¿No basta con una penalización y punto?”. “Vamos a comisaría” dice el gordo con la boca toda roja de masticar bettle nut. “Esto ha sido muy grave”.

Detrás me giro para ver el todo terreno turquesa, la sirena loca, el ruido ensordecedor. La noche es más oscura aún, y a los pocos minutos estamos dentro de un patio, de donde salen más hombres uniformados. “Esta es la comisaría”, dice el de la gorra militar. Marta y yo permanecemos en el centro como dos presos. Nos rodean unos ocho tíos, cuatro de ellos sujetan grandes ametralladoras.

“Muy grave, muy grave, han cometido una infracción muy grave contra el gobierno de Papúa Nueva Guinea dice una voz serena pero inquietante. Proviene de un tipo bajito que ha salido de alguna parte y parece ser el comisario. “¿Qué tenemos que hacer?”, dice Marta. “Es que esto ha sido muy grave”, vuelve a decir el tipo bajito mientras da vueltitas alrededor de una baldosa. “Bueno, penalícenos y déjenos ir”, digo yo.

“Estás hablando demasiado”, me interrumpe uno sin dientes sujetando una metralleta. “Tengo derecho a hablar”, replico yo, “cállate”, contesta el de la gorra militar.

“Ha sido muy grave, la infracción ha sido muy grave contra el gobierno de Papúa Nueva Guinea”, vuelve a decir el comisario. Surge un silencio, dos silencios, pasa un siglo y Marta pregunta, “¿cuánto?”.

El comisario relaja el labio, los polis bajan las metralletas, los rostros se van volviendo amigables y el comisario dice de repente, “entremos dentro y solucionemos esto como buenos amigos”. “¿Cuánto llevas en el bolsillo?”, me pregunta mi amiga mientras nos dirigimos al interior de la comisaría.

¿Y tú lector?, ¿Alguna vez te ha atrapado la policía en un país imprevisible?

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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