Hola soy Carlos Battaglini. Ya es hora de que me quite la careta y te revele otro secreto.

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¿Qué es eso tan importante que tienes que decir? Pues allá voy. Amigos, lectores, millonarios, caraduras, humildes, buenazos, huevones, intelectuales, zoofílicos, listillos, gordos, ingenuos, capullines, camaradas y demás ¡ha llegado la hora de que me quite la careta! ¡ha llegado el momento de que me presente a todos vosotros (o ustedes)! Ahora escucha. Mi nombre es Carlos Battaglini, y soy un escritor español (de las Islas Canarias para más señas).

Escribo desde hace unos cuantos lustros. Desde mis viajes por el mundo, hasta reseñas literarias, pasando por reflexiones, y sin escatimar contar por otra parte lo que me pasa en mi día a día. Sí, es cierto: hasta ahora siempre he escrito con seudónimo, Nuno Cobre ha sido el último de ellos. Pero antes de Nuno, tuve otras caretas que respondían a nombres tan dispares como Ángel Leyto o Matías Ovelha. Ya sabes que durante estos años he tenido varios blogs de diferentes nombres, el último de ellos, Las Palmeras Mienten, www.laspalmerasmienten.com

Ahora míralo y cierra los ojos. ¿Ya? Vale. A ver, ya puedes mirar. Sí, ya no está. Exacto, Nuno Cobre ya no existe. Y eso no es todo. Dentro de poco, de escasos meses, unas cuantas semanas, (miles de respiraciones) el blog www.laspalmerasmienten.com desaparecerá para integrarse y facilitar el nacimiento de una web que llevará mi verdadero nombre www.carlosbattaglini.es, actualmente en construcción. Rum, rum.

¿Por qué has escrito con seudónimo todos estos años? Me preguntas con voz nasal (ligeramente desagradable). Te respondo con una pregunta, ¿te suena eso del pudor? Sí, ya sabes, hablo de esas paranoias mentales (¿o se dice pajas mentales?) que minan dramáticamente el potencial de tantos escritores, incluido el tuyo. Sí, por obra y gracia del pudor, me resultaba tremendamente complicado, cuando no me producía una gran vergüenza, tener que escribir en un blog con mi verdadero nombre.

Pongamos que pensaba en los compañeros de la oficina, en un jefe. O en dos. Pongamos que pensaba en algún familiar. O en tres. Pongamos que pensaba en los conocidos. Y pongamos que los veía a todos mirándome con caras de asombro, el horror, el horror. Así de grande se puede volver ese enanito cabrón que le susurra a muchos escritores detrás de la oreja derecha la lúgubre cantinela del que dirán. Pues por eso y por otros misterios sin resolver, siempre he utilizado seudónimo para escribir (salvo una primera época salvaje y engorrosa, pero eso otro día)

¿Cómo se vive con máscara tío? Pues mira, todos estos años he permanecido dentro del anonimato, tan agustito como inquieto. Agustito, porque podía escribir lo que quisiese sin enfrentarme a la paranoia made in me proyectándome las caras escandalizadas de públicos hostiles. Incómodo también porque en el fondo (ay, los fondos), quería escribir con mi verdadero nombre de una vez, dejar atrás todo el pudor, la vergüenza y dirigirme al público con todo mi ser. Toma ya.

Hoy, (sí, sí, me dirijo a ti) hoy repito, puedo decirte, que el desenmascaramiento es toda una realidad. ¿Cómo ha sido todo esto? A ver, acércate para que me escuches bien. Después de muchos años pensándolo, después de infinidad de caminatas por la playa, después de un montón de comeduras de tarro, resultó que solo había una certeza: los años iban pasando y al mismo tiempo mis sueños se iban aplazando una y otra vez. Más noches sin dormir, una vuelta para aquí, otra para allá, unas cuantas consultas selectivas, unos centenares de noches más sin dormir y por fin viene la gran decisión. Tan rotunda como mansa, inofensiva. Llena de fuego y armonía.

¿Qué decisión? Ahí va: pues que voy tomarme un respiro del trabajo por un tiempo para poder entregarme a la escritura. Porque seguramente a estas alturas, ya no hace falta que te diga que la literatura no es un juego. Ya lo hemos hablado, muchos creen que los escritores escriben cuando caen rendidos bajo los efectos de una especie de embrujo divino que se ha venido a simplificar en la denominada inspiración. Sí, creen que el escritor recibe de repente un impulso imparable, casi místico que lo hace levitar hasta una silla de caoba donde se pone a escribir unas letras bañadas en oro.

De hecho, una vez te conté que yo también pasé por esa época donde pensaba que sólo había que escribir cuando se recibía ese impulso irrefrenable que debía provenir de los cielos. Entonces me senté a esperar a la susodicha inspiración. ¿Vino? Sí, vino a visitarme, pero ¡dos veces en diez años! Para más inri, esa fiebre ‘inspiradora’ y que yo creía naturalmente creadora, superior, escupía unos textos que transcurrido el riguroso tiempo, sólo podían ser calificados como de pasables. Y gracias.

Sí, lo comentamos una vez: la realidad no es exactamente así. Ni mucho menos. Con el tiempo, te das cuenta sencillamente de que la buena escritura, como todas las actividades que aspiran a crear algo nuevo, requieren algo llamado horas, horas y horas. Y más horas. Y ponle más horas. Y más horas. La vida era esto. En lugar de esa varita mágica, de esa inspiración, de esos cuentos de hadas, se hacía sitio a codazos la cruda realidad para concederte, tal vez, el fugaz, efímero, irreal e ingrato placer literario. Eso sí, sólo después de haber posado el culo en una silla miles de horas.

¿Qué hacer? Pues teniendo en cuenta que si se trataba de ir en serio (y tú yo somos de esos) la imposibilidad de combinar un horario laboral absorbente (chupar, chupar) con una actividad literaria más exigente todavía, era evidente. Y es que como te conté una vez casi llorando, con ese tipo de vida, era muy complicado producir una obra regular, acabar un dichoso libro.

Seguro que te lo imaginas, horas y horas en la oficina frente a la pantalla, preguntándome angustiosamente si no debería estar en otra parte, rompiendo de una vez a escribir. ¿Y por las noches? Continuaba el martirio, hermano. Llegaba a casa muy cansado, sacando fuerzas de flaqueza para escribir prácticamente todos los días, año tras año. Siempre entre suspiros nocturnos. Continuaban los paseos por la playa, comentaba mi decisión solo a la gente que podía entenderlo, muy pocos por cierto.

Muy pocos, porque como tu bien has dicho muchas veces, la mayoría se aferra a la estabilidad (creen que nunca morirán) a la hipoteca, a los hijos, para no perseguir sus sueños, para no lograr sus objetivos. La renuncia a sus verdaderos anhelos les proporciona una vida burguesa, crecen las barrigas, se viaja por el mundo, pero son los ojos, los que no brillan. Son los ojos los que han dejado de brillarles. ¿Queremos ser uno de ellos?

A ver, afortunadamente, te vas a morir, como yo. Esa es la buena noticia. Porque dicha certeza, nos debe impulsar a recorrer nuestro verdadero camino de una vez por todas. Y es así como un día voy y escribí un e-mail dirigido a mis jefes. Llevaba por título, “una nueva vida”. Y le di a enviar. Y acto seguido sentí un miedo aliviador. Tanto alivio, tanto miedo. Por fin, lo hemos hecho. Con miedo claro, pero lo hicimos. Y entonces sabes que se trata de una fuerza imparable. Ya no hay quien te pare.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

2 comentarios
  1. Me gusta mucho Nuno Cobre, reminiscente de protagonistas de comics serios en lugares exóticos, pero si usted se empeña en erradicarlo de su vida no tengo nada que objetar. Battaglini es un nombre importante. Salud y mucha suerte en su nueva andadura, que no deja de ser la misma, camarada!

    1. Muchas gracias, Herminia. Nuno Cobre seguirá ahí, para nada lo quiero erradicar de mi vida, solo que ha llegado el momento de escribir con mi verdadera identidad. Estoy seguro de que Nuno saldrá por algún lado en el momento más inesperado. ¡Abrazos!

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