Recordando las elecciones presidenciales en Liberia (4) de (5). Energía inmortal en Liberia

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A LAS AFUERAS DE MONROVIA. EN MEDIO DE LA ESCACEZ Y UNA ENERGÍA INMORTAL, nos bajamos de los Toyotas Prado y nos plantamos frente a un colegio casi derruido que acogía varios centros de votación dispersos. En estas mesas parecía que ya había votado todo el barrio porque los cuartos estaban prácticamente vacíos, tan solo ocupadas por los voluntarios de peto naranja. Una de estas voluntarias me enseñó el libro de registro y comprobé como casi todas las caras venían acompañadas de una cruz a bolígrafo, indicación de que la mayoría de los ciudadanos de este área ya se habían posicionado. Era increíble, todo el mundo quería votar.

Salimos afuera y Emma se metió rápidamente en uno de los Toyota Prado. Esta diligencia contrastó con la parsimonia de los tripulantes del otro coche, sobre todo con la actitud relajada del embajador y el Chargé d’affaires que se habían entregado a una divertida y cómplice cháchara, donde sólo se echaba de menos una barra y unos pinchitos de merluza. Por su parte, uno de los chóferes hablaba con Ingrid, pero ésta se dio la vuelta de repente y empezó a hurgar en el portabultos desesperadamente.

Entonces recordé que Ingrid no había comido en todo el día, simplemente se había echado a la boca unos cacahuetes por la mañana y poco más. No cabe duda de que el hambre la estaba martirizando… La muchacha tenía en la mano derecha un paquete plastificado con queso en su interior, pero resultó que Ingrid no encontraba el pan y por más que buscaba no había forma, hasta que la pesquisa infructuosa la hizo desesperar y gritar en medio de las chabolas y la energía inmortal, “¿dónde está el pan? ¡¡tengo hambre!!”, y esto último lo dijo casi llorando, con esa cara que ponemos los humanos justo antes de que nos salgan las lágrimas.

Mientras tanto, el embajador y el Chargé d’affaires, ajenos a la escena, seguían departiendo amigablemente.

Por fin Ingrid encontró el pan y se giró con un reverso de baloncesto, pegando su espalda al cristal trasero del coche y entonces comenzó a devorar el bocadillo con una fruición frenética. Los trocitos de queso se le derramaban por los labios, y su boca se abría y cerraba como una mandíbula exasperada a la que dan de comer después de un durísimo ayuno.

La comida en este barrio además, brillaba, resultaba irremediablemente burguesa y casi provocadora. Pero Ingrid no podía más, y devoraba, devoraba, mirando también de reojillo, para asegurarse de que no era el centro de atención. Fue el centro de atención curiosamente para todos excepto para el embajador y su segundo que no se dieron absolutamente cuenta de los bocados. Un milagro.

Se nos iba haciendo un poco tarde, y tuvo que salir Emma a decirles sutil y eficientemente a los dos diplomáticos que nos teníamos que ir y acto seguido los motores de los coches se accionaron y nos pusimos en marcha. Proseguimos sobre el barrio y el siguiente centro de votación lo localizamos de casualidad a los pocos minutos.

Se trataba de un ruinoso edificio azul muy oscuro y vigilado en la puerta de la entrada por un responsable del Gobierno liberiano que lucía un uniforme negro, casi policial y que intentaba controlar a las masas con una expresión sobria y unos movimientos serenos de manos. El edificio albergaba un largo pasillo salpicado por cuartos atestados de hombres y mujeres. Aquí todavía faltaba mucha gente por votar, a pesar de que se trataba de un centro bastante cercano al anterior.

Participar aquí era más que nada un ejercicio estrecho, oscuro y no muy higiénico. Con todo, fuimos metiendo nuestros cuerpos como podíamos dentro de las diferentes habitaciones, y cuando nos aseguramos de que el proceso de votación transcurría con normalidad nos marchamos y volvimos a salir a la calle donde nos recibió. El zinc y la energía inmortal.

Una vez más. Habíamos visitado dos centros en este barrio de Monrovia y no nos daba tiempo de ir al de Sinkor. “Carlos, nosotros vamos a ir ahora a las mesas pegadas a la embajada, en Waterside. Si quieres te podemos dejar en casa”, dijo el embajador. “Gracias, pero mi casa puede esperar”, dije fílmicamente. “Excelente, te vienes con nosotros entonces”, apostilló el diplomático.

Volvimos a la base, a la embajada de Suecia. Ahí estaba de nuevo Dolores con sus movimientos ágiles, observada desde lo alto por el retrato del rey Gustavo, y mezclándose con la gente que paseaba por aquí tranquilamente. Comí unas cuántas galletas combinadas incoherentemente con un poco de salami y luego nos dirigimos al centro votación de Waterside. Ahora empezaba lo bueno.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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