¡Dejad de hacer viajes tontos, por favor!

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Hoy en día viaja hasta el tato. Hasta tú, pringado estás todo el día por ahí. Ahí van unos pocos datos que lo corroboran: según IATA, cada día más de 8 millones de personas vuelan. En estos mismos momentos en los que estás leyendo este blog, hay más de 12.000 aviones en el aire. Sí, una auténtica locura.

Recuerdo allá por el año 2003, 2004 cuando empezaron a ponerse de moda las compañías de bajo coste, las llamadas ‘low-costs’ como Easy Jet o Ryanair (con esta última por cierto me niego a volar más desde 2012 por su trato inflexible, déspota y pirata) De pronto irse a París, Londres o Berlín, salía por cuatro duros.

Claro, al final uno tenía que pagar las tasas y otros costes ocultos (ese grado de imprecisión del que hablan los físicos), pero aun así, el precio final seguía siendo una ganga. Lo que parece que hemos olvidado es que antes de la década del 2000, viajar no era un asunto tan sencillo, ni tampoco un objetivo tan deseado. Yo mismo durante la carrera que estudié en Granada (maravillosa ciudad), hice muy pocos viajes a lo largo de cinco años. Uno a Málaga, otro a Sevilla, otro a Córdoba, unos cuantos a Madrid… Poco más. Hoy en día, tal recuento suena a exiguo bagaje, más bien a ridiculez total.  

Pero luego ya sabemos lo que pasó: llegó el low-cost, el disparate y viajar un fin de semana a Estocolmo o Dublín era casi tan factible o incluso más fácil que irse a Vigo o Palencia. Ahí comenzó la ‘fiebre viajera’ que no ha hecho más que ir en aumento desde entonces. Viajar además se ha convertido en un síntoma de triunfo.

Basta con echar un vistazo al Facebook, para comprobar como todo el mundo desde que pone un pie fuera del pueblo lo cuelga en las redes con una sonrisa Colgate (y un mensajito interior que dice “jódete, jó-de-te, yo también viajo”). A nadie se le ocurre claro, poner una foto en la oficina haciendo el pringado. La dictadura de la felicidad se impone. Y te callas.

De modo que todo el mundo se pone a viajar desde que puede, atestando todos los aeropuertos del mundo mundial. Pero hagámonos una pregunta tan tonta como la mayoría de tus viajes, ¿cuántos de todos estos miles de viajes que se hacen al día son trascendentales?

Veamos, así grosso modo, parece que los viajes se pueden dividir más o menos en las siguientes categorías: aquellos que se hacen para irse de vacaciones o por ocio, los que se hacen por trabajo o negocios, cuando vas a la boda de alguien, por enfermedad o fallecimiento de algún ser querido, y poco más. Ahora escucha, ¿cuántos de estos viajes son prescindibles? Seguramente un montón, muchísimos. Porque muchos de estos viajes están destinados a hacer cursos bobos, a hablar de negocios que nunca se cierran, a montarte encima de un elefante, y sacarte un selfie con sonrisa de tonto, a visitar paraísos donde te aburres como una ostra… Sí, muchos de estos viajes se podrían ahorrar y los resultados serían los mismos o parecidos, con el consiguiente ahorro de tiempo y energía para hacer cosas más útiles.

Pero en favor del viaje y del viaje tonto en particular, también hay que decir que el viaje en sí, muchas veces es más importante que el objetivo del mismo, puesto que el viaje tiene un efecto rejuvenecedor en el viajero que desconecta por el simple hecho de encontrarse en un sitio nuevo.

Muchos viajes tontos, comprenden también lecciones directas o indirectas que el viajero pondrá en práctica en algún momento de su vida. Así que por éstas y otras muchas imponderables razones, se sigue viajando. Cualquier razón basta. Porque al ser humano le encanta viajar, no sólo por ocio sino también por trabajo, viajes éstos últimos que lo hacen sentir importante.

Es así: aunque se ponga cara de fastidio impostado, al bípedo le encanta decir eso, de “tengo que viajar allí, por trabajo” y acto seguido tuerce el gesto con una mueca falsa. El viaje por trabajo, les da casi tantas vitaminas como cuando dicen, “no puedo ir al concierto, mañana trabajo”, y ponen cara como de sufrimiento cuando en el fondo están contentísimos de pertenecer a alguna oficina, de que los quieran en algún lado. Como Sancho Panza.

En realidad, más que la tontería de muchos viajes, es más tonto el tiempo que te puede sobrar cuando haces uno de ellos. Resulta que muchas veces se viaja para hacer una tarea que llevará una hora, dejando el resto del día sin saber qué hacer. Si existiese la llamada ‘teletransportacion’, quizás viajar ya no molaría tanto.

Sí, por un lado, sería increíble plantarte en Nueva York en un segundo metiéndote en una cajita y apretando un botón, pero el problema es que tu jefe te diría que cuando acabes lo que tienes que hacer en Nueva York o Bali, regreses inmediatamente al curro. Y te callas. Entonces el encanto de muchos viajes tontos desaparecería.

Ya no habría tiempo después del curso tonto de tomarse una cerveza con los compañeros, tampoco podrías ir a ver a tu tío que vive en Hamburgo, o al colega del colegio aquel que hace años que no ves y ahora resulta que el tío vive en Múnich. Entonces surgirían voces contra la teletransportacion, la gente ya no querría viajar tanto, los aeropuertos se aliviarían y ya no quedaría más remedio que irse a buscar la tontería a otra parte.

¿Y tú lector? ¿Cuántos viajes tontos haces al año?

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

1 comentario
  1. jajaj muy buena reflexion, hago unos seis o siete viajes tontos al año pero como tu dices ,sirve para escapar de la rutina y desconectar viendo cosas nuevas, aunque sea un parque , un rio, un tranvía, un puente un edificio o una cara diferente

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