Carlos Battaglini en Burkina Faso (1) de (6) “Fui a Burkina Faso porque soy tonto”

Burkina-Faso

Fui a Burkina Faso porque soy tonto y aún soy capaz de emocionarme con documentales revolucionarios como aquel que un tórrido día de verano me descubrió la figura de Thomas Sankara. Recordar que hasta no hace mucho, sobrevivían líderes políticos que apostaban por otro mundo más justo hizo que de nuevo resucitase en mí las ganas de acción. Ese mismo día de Agosto subí a mi cuarto y desplegué mis dedos sobre el mapamundi para buscar a Burkina Faso y comprobar como el por un tiempo denominado Alto Volta quedaba relativamente cerca de España. Cerca pero lejos, ya sabemos.

Unos mil días después me encontraba en Costa de Marfil asistiendo a un congreso medioambiental y pensé en Burkina, en Sankara y en el mapamundi de mi cuarto. Ni siquiera hacía falta desplegar los dedos: Burkina Faso estaba ahí en frente. En efecto, “la tierra de los hombres íntegros”, tal y como la había rebautizado Thomas Sankara tras dar el golpe de estado que le dio el poder y la llave de la revolución social africana, se besaba con Costa de Marfil.

Ahora estaba dentro de un avión de la compañía Air Burkina sobrevolando Uagadugú, la capital de Burkina Faso. “Esto es muy seco”, murmuró la marfileña que viajaba a mi derecha. Era cierto que el verde sonaba a utopía pareciendo que tan solo había lugar para el barro y el polvo. Seguí mirando por la ventanilla del avión y de pronto me asaltaron de nuevo esas preguntas que todo perdido encontrado se hace, “¿pero qué hago yo aquí?”, y luego (tras inspirar) el “venga, vamos”.

El avión aterrizó y puse mis pies en un aeropuerto pequeño, con aires de provincia. Afuera no encontré a Joana y por un momento me quedé navegando en la nada, sin saber qué hacer. En vista de que el tiempo caminaba y mi amiga no aparecía, decidí aceptar los servicios de un taxista sin dientes que me ayudó a introducirme en un mercedes muy frágil, de un color verde alimonado.

Bajo el sonido de cláxones y motores, nos adentramos por una Uagadugú invadida de coches, motos, bicicletas, camiones y otros artefactos brillando de debilidad y languidez, pero no por ello dejando de aferrarse a la funcionalidad y al mundo con tesón y firmeza.

Era así: en medio de las abundantes motos y bicicletas, me dio la sensación de que de repente había caído en un sitio donde resultaba increíble que existiese vida y pulso. Todo era como en miniatura, pero al mismo tiempo habilidoso y vertical. Milagros en movimiento en una ciudad, en un país, como de juguete, un país integrado en una maqueta orgánica y que un día había decidido soñar.

Llegamos al hotel Princess Yenenga que venía a caer justo detrás del edificio de la principal radio de Burkina, muy cerca también del Ministerio de Finanzas. Me senté en la terraza y en medio de un calor inclemente, conseguí por fin localizar a Joana, “he estado enferma, disculpa, pero ya mañana estaré en la calle”, me dijo mi amiga.

Joana tosió levemente y me preguntó, “¿Qué piensas hacer en Burkina?”. “Estaré por Uagadugú unos días, tengo pensado visitar la feria SIAO (El salón Internacional de la Artesanía de Uagadugú) y también quiero ir a Bobo-Dioulasso. El último día iré a ver la tumba de Thomas Sankara”, le contesté. “Ah, Thomas Sankara. De acuerdo”, me dijo mi amiga y nos despedimos hasta mañana.

Mis notas afirmaban que Uagadugú era una ciudad idónea para caminar, información que recibí con agrado. Así que abrí un mapa, lo posé encima de una mesa de cristal y empecé a marcar cruces, orientándome lo mejor que podía. No me encontraba lejos del globo terráqueo que entronizaba la Place des Nations Unies, la cual venía como a dotar de centro y orden a una ciudad que había asistido al agitado nacimiento de un país que no se independizó de Francia hasta 1960.

Burkina era el antiguo Alto Volta, tierra de los Bobo, los Lobi y los Gouronsi, quienes habían llegado alrededor del siglo XIII. Un siglo más tarde, llegaron los Mossi que hoy en día constituyen casi la mitad de la población. Los Mossi trabajaron duro y se hicieron fuertes con el paso de los siglos hasta el punto de que hoy día la influencia de su rey, el Moro-Naba, sigue siendo notoria y por ello se le rinde tributo todos los viernes por medio de una ceremonia que cuenta con la total aquiescencia del Gobierno burkinés.

A pesar de que el poder Mossi es hoy en día destacable, el gobierno francés intentó resquebrajar su organizada estructura en el siglo XIX anexando la región a la colonia del Alto Senegal-Níger. El Alto Volta sin embargo reclamó su autonomía, y el gobierno francés decidió considerarla una colonia separada en 1919, estatus que conservó hasta 1931, cuando el territorio fue repartido entre Costa de Marfil, Malí y Níger.

Cuando finalizó la segunda guerra mundial, la actual Burkina Faso consiguió recuperar sus fronteras pero esto no le otorgó ningún tipo de prerrogativas ya que Francia prefirió centrarse en Costa de Marfil, utilizando la población del Alto Volta principalmente como mano de obra barata.

Después de la independencia de 1960, el país pasó de la euforia a la desilusión del autoritarismo y los golpes militares que golpeaban sistemáticamente los intentos constitucionales de reforzar un estado de derecho.

Por medio de uno de estos golpes militares, Thomas Sankara llegó al poder en 1983 con un programa revolucionario y social, que no acabó de completar al ser asesinado cuatro años más tarde. Blaise Compaoré, antiguo amigo y miembro destacado del gobierno de Sankara, tomó el poder, un poder que se niega a soltar desde entonces.

El autor
Carlos Battaglini

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