Caminando por el infierno de Monrovia, capital de Liberia (4) de (14). “Mucha policía, poca diversión”

La ruta en realidad empezaba al cruzar el puente que me dejaría en Bushrod Island. He pasado por la zona de Johnson Street y he cruzado el río Mesurado por el puente con Providence Island debajo. A propósito del río Mesurado, sobre sus verdes y sucias aguas se deslizaba una hombre remando sobre su piragua al que no dudé en fotografiar. Iba realmente rápido.

He cruzado a la isla a pie como hice una vez hace unos buenos meses ya, aunque en aquella ocasión tan solo me acerqué al borde y luego me di la vuelta, también porque empezaba a llover.

Si te dijera que esto es más de lo mismo no exageraría… Bushrod Island es el almacén de Monrovia, de Liberia, el enclave industrial de la capital, del país. En la isla el tráfico loco avanzaba a duras penas. Todo el mundo tocaba el claxon, la pita. Ríos de gente por aquí y por allá.

Se trataba como siempre de vender y por ejemplo me he encontrado a la derecha con un montón de mochilas de colegio colocadas en fila, unas tras de otra. Al ir avanzando me iba encontrando con muchas ferreterías o tiendas de repuestos de coches casi siempre dirigidas por un libanés y a veces también por un indio.

Otros locales, otros establecimientos eran más oscuros, más sucios, donde parecía que las máquinas y los hombres se hacinaban cubiertos por una capa negra y carbonizada. Muchas tiendas también por aquí como de al por mayor, en grandes cantidades, tres por uno y todo eso.

Y es que no hay que olvidar que estamos al lado del puerto y por ende en los primeros sitios donde se descarga la mercancía. Todo estaba como dejado, desbordado y bajo un ritmo constante. Las edificaciones, los inmuebles se superponen de nuevo sin ningún tipo de rigor y armonía, donde el muro, la tapia, es norma y un protagonista que oculta lo que pasa del compound hacia dentro. Porque toda Monrovia, gran parte de Monrovia, ocurre de un compound hacia dentro, como desde el que estoy escribiendo yo ahora mismo.

He seguido caminando y he visto como un tipo se escanciaba una bebida extraña que podría ser vino de palma. Justo ahí me he puesto a revisar alguna fotografía que he sacado y el mismo tipo del vino de palma me ha amenazado diciéndome que no se me ocurriese sacar una foto, foto que no hice esta vez, por cierto.

En la calle de vez en cuando te encontrabas con sambos, manera liberiana de decir sign-board o cartel. En uno, un guaperitas que debía ser famoso decía que él confiaba en el banco LBDI, en otro una mujer saltaba de alegría dentro de un anuncio de Maggi y en otro, en el anuncio más reluciente de todos se anuncia la futura extracción de petróleo como símbolo de progreso y bienestar para Liberia. Vale. Mientras, el tráfico, los coches pasando sin parar. De vez en cuando coches de la ONU u otro tipo de vehículos transportando algún blanco que me miraba incómodamente.

Es duro caminar por aquí, sólo se escucha el ruido del motor de los coches o de las motos, los cláxones, voceríos, iiioooo, o alguien diciendo “socha socha”, para decir salchichas, sausages.

Da la impresión de que a un lado de la isla se mueve más la industria, mientras que el otro se reserva para los liberianos que se buscan la vida. Es difícil ver algo, concentrarse, porque están pasando tantas cosas, se están desarrollando tantos micro mundos que uno se pierde.

Veo sí, veo una foto preciosa a cada minuto, como un niño que juega con una especie de destornillador o esos rostros que se quedan como fijos, pensativos, respirando de hipnosis. Pero no puedo sacar esas fotos. Son demasiado ofensivas, demasiado claras. Puedo intuir los problemas que acarrearía apretar el botoncito de la Canon G 12 por aquí…

Es duro caminar por Bushrod Island, de vez en cuando te ataca un aire polvoriento, o te asfixia un humo traicionero. A pesar de todo, por fin hago una buena foto, un hombre adentrándose en el humo como visitando el final del fin. A veces tengo que respirar con la boca para evitar esnifarme ese humo, ese olor a gasolina dudosa, ese aire viciado y envenenado.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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