BUSCANDO A SCARLETT JOHANSSON EN LISBOA

Scarlett

Nada como la fuerza del tiempo, del clima. De repente, el gris desaparece y el sol, radiante, omnipresente, hace su aparición. Todo está tan claro aquí… Como por arte de magia, todo cambia. La gente sonríe por las calles, desde mi cuarto escucho risas y carcajadas, la carne se convierte en protagonista, las cervezas vuelan, las terrazas se llenan, la playa espera. Todo es posible. Sí, eso es lo que parece. Parece que todo está pasando, muchas cosas están ocurriendo y tú tienes que hacer algo para no perderte nada de este espectáculo. Fotovoltaico.

Es el sol.

El sol ha llegado a Bruselas. Pero hablo del sol. Esto es diferente. No es lo mismo que salga el sol en las Islas Canarias o en Ibiza que en Bruselas. Esta ciudad triste cuando sonríe tiene la fuerza del depresivo alegre. La tormenta del alcohólico que un día feliz y eufórico se siente invencible. Esto es Bruselas. Que salga el sol aquí es mucho más que eso. Es mucho más.

La poca costumbre hace que miles y miles de “guiris” salgan a las terrazas, se sienten en el parque, en los jardines, coman fuera. Cualquier rayo puede salvarte la vida. Sí, recuerdo algo de Londres. Me acuerdo cuando llegó el sol a la jungla londinense. Por aquel entonces yo estaba loco por ella. Ella me daba y me quitaba. Me iba a matar. Entonces, salía el sol en Londres y tú querías palpar a la chica, sentir sus manos rodeándote la cintura y recorrer el Támesis, saludar a la estatura de Tomás Moro y luego parar…

Pero en lugar de eso, sólo recibía sufrimiento. Del bueno. Del de la patada y los desgarros en el pecho. Aquello era imposible. Por eso lo perseguía. Porque yo quería lo imposible. Como siempre… El sol en este tipo de ciudades tiene un componente cinematográfico. Uno está en Londres, en París, hace buen tiempo. Se supone que en estas ciudades es donde pasan las grandes cosas, las aventuras, los amores. Uno, responsable, siente la presión del guión, Mastroianni en el cuello, Audrey Hepburn en la garganta, Scarlett.

Pero cuando en lugar de eso, no tienes nada, sino penas y sueños sentimentales frustrados o a medio hacer miras al cielo y preguntas ¿por qué? ¿De qué va esto? Una vez me pasó en Lisboa. Había llegado allí con un amigo. Al cabo de un par de horas caminaba a la deriva como aconsejaba Guy Debord, buscando estúpido de mí a Scarlett Johansson. Cuando era Scarlett Johansson. Acababa de ver Lost in Translation, herido por aquella historia. Nunca volvería a ver esta película. Aquellos amores por realizar, inacabados. Son los más duros. Me recordaba a Londres,  al gusto suicida, al enganche y el morbo de la autodestrucción.

Qué más podría hacer yo. Cuando abracé a aquella chica en una casa de las afueras de Londres. La abracé, borracho. Ella hizo lo mismo. La gente nos miró y calló. Hubo un silencio eterno. Pegados, minutos y minutos, abrazados, sintiendo la fluidez química, aquello era clima. No era amor. Era clima, era la primavera, era clima porque ella no me amaba. O a su manera. Yo nunca comprendí nada. No me amaba.

Me monté en el metro. Era primavera. Me monté en el metro después de abrazarla, volvía a casa, harto de estar harto, harto de no estar con ella, bebido, mi amigo me pasó la mano por el hombro y me dijo, “no te preocupes, hombre”. Era Londres, no había nada que hacer. Las casualidades eran casi imposibles. Yo no volvería a verla a no ser que la llamase insistentemente. De nasa servía pasear por South Kensington, por Gloucester Road, atravesar Hyde Park: aquello era muy grande. Y mientras, el sol, el buen tiempo, el lago, todo perfecto, menos ella.

Grité un día por la ventana. Grité su nombre a la 1 de la mañana. Grité, grité a unos pinos a unas ventanas inglesas, a unos ladrillos, alguna luz encendida, la oscuridad, la nada, la tristeza. Lo imposible. La tristeza también tiene su cosa, ¿no? Eso es lo que tiene el clima: una fuerza sobrenatural que nos transforma y nos hace superhombres, nos incita a vivir el momento, a aprovechar cada rayo.

Y lo voy a decir. No hay nada más doloroso que una lágrima en primavera, un lloro en verano. Un desgarro en el pecho en una playa, en medio de carcajadas, en medio de alegrías. En medio de…

Te llamaré clima.

El autor
Carlos Battaglini

Lo dejé todo para escribir, acompáñame. Más sobre mí

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